"Vuelve, a casa vuelve, por Navidad". Tal vez éste haya sido el anuncio más emblemático de las Navidades para muchas generaciones de españoles. Volver a casa por Navidad, reencontrarse con la familia... puede ser maravilloso o una auténtica pesadilla.
Ahora que hace años que no vivo en mi casa, me encanta cenar o comer con mi familia en Navidad, intento no perderme ninguna celebración porque, además, desde que mis hermanos se casaron ya no es tan fácil coincidir todos. Mis padres están felices de recibirnos, cuantos más mejor, hijos, nueras y nietecitas; preparan la cena encantados de la vida y todo es alegría y harmonía. No puedo decir lo mismo de algunos años atrás, cuando yo, ruín e inmadura de mí, aprovechaba que había testigos para discutir con mi madre con la menor excusa, intentar que los demás me dieran la razón y, sobre todo, se la quitaran a ella. Después de haber asistido a las peleas familiares de otros, me doy cuenta de lo incómodo y violento que debía resultar para mis pobres cuñadas y mis hermanos, que se comían, además de la cena navideña, unas broncas de órdago.
Reunirse con la familia es lo mejor de la Navidad, sin duda, aunque muchas veces supone desenterrar un hacha de guerra que la distancia y el olvido se encargan de enterrar durante todo el año. A veces tampoco es el mejor plan del mundo tener que aguantar a una familia política insoportable, que las hay o se acaban convirtirtiendo en ello tras años de convivencia. Luego están los típicos familiares caraduras que se te cuelan en casa por Navidad, se ponen morados a comer -sin aportar nada por supuesto- y encima se instalan varios días en casa, los mismos que tardan en saquerte la nevera y acabar con tu paciencia. También están las familias cotillas o pesadas que aprovechan estos eventos familiares para sonsacarte acerca de tu vida privada o hacerte los típicos comentarios de "a ver cuándo te echas novia", "cuando te casas que eso de vivir juntos no me gusta a mí" o "como esperes más para tener un hijo se te pasa el arroz".
Familias cargantes y petardas en Navidad las hay de muchos tipos, sobre todo cuando no se trata de la tuya propia, en cuyo caso los años de experiencia hacen que se sobrelleven mejor. En mi casa no somos muy dados a cantar villancicos, cosa que sé que algunas amigas mías tienen que hacer con la familia de sus respectivos, pero mi padres siempre han sido muy dados a cebarnos en Navidad, por lo que a mitad de la cena puede verse a alguna de mis cuñadas resoplando y rojas como un tomate intentando decir amablemente que no al decimotercero plato que mis padres intentan hacer que se coman.
Las Navidades también son complicadas para aquéllos que acaban de pasar alguna ruptura amorosa o están en plena crisis, porque a ver cómo le explicas tú a tu tía abuela que te has peleado con novio, que no te vas a casar con él y que además no viene a cenar porque ayer se cogió una cogorza tremenda y está todavía durmiendo la mona. Por no hablar de las familias no muy bien avenidas, que, enardecidas por el abundante alcohol, se acaban tirando el pavo a la cabeza por culpa de la herencia de una tatarabuela o algo similar.
¿Qué es para vosotros la familia en Navidad, "uff" o "síí"?