Siempre que veo imágenes de Doña Leticia pienso que no me cambiaría por ella por nada del mundo. Creo que ni siquiera aunque estuviera muy enamorada. La presión a la que debe estar sometida me sería muy difícil de sobrellevar. La admiro por ello, ya que, además, se trata de una persona que no pertenecía la realeza, ni siquiera a familias emparentadas con ella o la alta sociedad. Lo que hace aún más de admirar su papel. Precisamente esta increíble subida de estatus social es lo que me ha hecho volver a pensar en cuánto pueden influir en las relaciones las diferencias socioculturales y los prejuicios, propios y ajenos.
Me he visto en ambas situaciones alguan vez en mi vida. Sin ser demasiado conscientes de ello, al menos en mi caso, solemos enamorarnos de personas similares a nosotros, que se desenvuelven en nuestro mismo ámbito social, cultural y hasta económico. Tenía una amiga en la facultad con la que siempre discutía porque decía abiertamente y sin ningún tipo de pudor que ella no salía nunca con alguien que no tuviera carrera, porque tenía muy claro qué tipo de vida quería llevar. Entonces yo me escandalizaba; ahora admiro su sinceridad, porque creo que todos, en mayor o menor medida, hacemos una selección, una criba entre nuestras posibles parejas antes de decidirnos. Aun el más moderno y reaccionario hace esta criba, ya que se fija en personas tan reaccionaria o modernas como ella. A veces me hace mucha gracia a los que critican a los pijos por lo supuestamente elitistas que son, ya que ellos mismos se muestran elitistas con esta postura.
Por suerte, también nos enamoramos de las personas sin preguntarnos quiénes son ni cuánta cultura o dinero tienen. Pero entonces la criba suele venir después. Esto le ha ocurrido a alguien que conozco, que después de varios años completamente enamorada de su pareja, empezó a desenamorarse por las grandes diferencias socioculturales que había entre ellos. Cuando se conocieron ella estudiaba y él trabajaba. A ella nunca le importó que él no tuviera estudios, hasta que su propia vida laboral empezó a dejar la de él a años luz. Hasta que sus conversaciones comenzaron a tener poco en común. Hasta que los modales de él empezaron a chocar con los de ella y su entorno. Ella ganaba más que él, pero ése no era el problema, sino más bien las expectativas intelectuales de ella.
Hablar de este tipo de cuestiones sin ser mailinterpretado es difícil. En absoluto defiendo que uno deba mantener relaciones con personas de su mismo estatus, eso es un pensamiento absurdo, rancio, estúpido y snob, más aún cuando, por suerte, la sociedad en la que vivimos se caracteriza por la movilidad social. Tampoco hablo de tener o no estudios. De hecho, uno de los hombres más interesantes y cultos que conocí, y del que caí enamorada, no había estudiado nunca; pero sí había tenido un vivo interés por viajar, leer y adquirir cultura, y era exquisitamente educado. Pero sí creo que hay casos en los que las diferencias socioculturales matan las relaciones porque se generan prejuicios por ambas partes.
Yo misma he vivido ambas situaciones. De jovencita tuve un novio encantador, guapísimo, de buenísima familia, que me adoraba pero que, como dicen en mi tierra "era más bruto que un arao". Toda la planta que tenía se le venía abajo en cuanto intentabas mantener una conversación con él, cuyo principal motivo de reflexión eran los "guarros", las ovejas o los tractores que tenía en su finca. Antes de que le dejara, el muchacho me llegó a decir que había decicido no lavarse más los dientes porque eso era un invento moderno (creo que en ese momento escupí pensando en todos los besos que nos habíamos dado). Tenía coches, tierras y dienero para aburrir, pero era imposible hablar de nada medio interesante con él.
Años más tarde empecé a salir con un compañero mío del colegio dondé hice BUP. Se trataba de un colegio privado muy conocido al que mis padres me enviaron haciendo un esfuerzo económico porque querían darme una buena educación. Mi nivel sociocultural estaba por debajo del de la mayoría de mis compañeros. Nunca me sentí desplazada por eso, hice increíbles amigos que aún conservo, pero sí me supuso un freno en relaciones como las que os cuento. Este chico era de una de las mejores familias de Madrid, de esas que veranean con la familia real en Mallorca. Y claro, a mí, que veraneaba en un pueblo de Badajoz, aquello me vino un poco grande. Fui yo misma quien tuvo prejuicios, no él, una persona sencillísima y educadísima. Pero yo no me veía, no me sentía a gusto, sabía cómo comportarme con gente de tan alta alcurnia, no compartía sus aficiones ni podía permitírmelas, por lo que sentía incómoda y fuera de lugar. No sé si es que no estaba realmente enamorada de él, o es que mis prejuicios me impidieron enamorarme.
Las diferencias culturales también son tremendamente importantes en las relaciones. Y no hablo de un noviazgo entre alguien de un barrio humilde y alguien de la Moraleja, sino de personas de diferentes países. Por ejemplo, el caso de una amiga mía que estuvo seis años saliendo con un islandés. Él se vino a España porque la adoraba, pero no conseguía adaptarse a la cultura, los españoles le parecían poco cultos, casi nadie le hablaba en inglés; tampoco le gustaba la comida ni la forma der vida en una ciudad como Madrid. Ella no podía ni imaginarse vivir y mucho menos envejecer en Islandia, así que las diferencias culturales se llevaron por delante su relación.
El amor es capaz de saltarse todas las barreras sociales, culturales, económicas y hasta vitales que se le pongan por delante. Pero de vez en cuando se pega unos tortazos tremendos.
¿Habéis sufrido alguna vez una ruptura amorosa por prejuicos o diferencias sociales?