Cuando eres pequeño tu madre te obligaba a comer un montón de cosas que "odiabas a muerte": filetes de hígado, guisantes, espinacas, pescado, queso fresco, coliflor, potajes... En mi caso, mi madre no solía consegurilo ni aunque me lo pusiese al día siguiente para desayunar, era una niña totalmente inapetente. En los comedores del colegio también se suelen pasar muchas penurias; los niños desarrollan tácticas de supervivencia avanzada para hacer desaparecer la comida: envolverla en servilletas y guardarla en los bolsillo, partirla en ciento de trozos milimétricos, dejársela en los carrillos como un hamster y luego escupirla...
Que un niño no coma resulta un martirio para sus padres. Nunca se me olvidará el día en que, como yo no quería desayunar por tercer día consecutivo, mi madre me echo el café con leche por la cabeza y me mandó así al colegio. Cuando llegué le dije a la profesora y a mis compañeros que me había caído en un charco... Lo curioso es que, una vez que eres adulto, te independizas de tus padres, dejas el colegio y nadie vigila lo que metes en tu nevera, ¡sigues comiendo cosas que no te gustan! Años soñando con mandar a tomar por saco los filetes de higado, las vísceras y otras porquerías, y ahora llenamos nuestra nevera de tofu, leche de soja, algas, pavo desgrasado, apio, alfalfa, levadura de cerveza, yogures bioactivos y otras muchas cosas que, en realidad, no nos gustan pero nuestro sentido común nos dice que tenemos que comer si queremos conservar la salud, la línea, el pelo y hasta la paz interior.
¿A qué edad se supone que vamos a poder hacer lo que nos venga en gana? Ahora que de mayor me gusta todo y tengo el apetito con el que siempre soñó mi madre, resulta que tampoco me como todo lo que me gusta porque mi conciencia me lo impide. Tampoco me privo, lo confieso, pero sí hay cosas que como porque sé que son buenas para mi cuerpo, para cuidar mi salud o para mantenerme en mi peso, pero que me como con mucha fatiguita. Por ejemplo, mis salchichas vegetarianas a base de tofu y verduras. No están del todo mal, pero cuando veo a mi novio comiéndose un bocadillo de chorizo frito mientras yo ceno mis finústicas salchicas con una ensalada de endivias y pepino, me dan ganitas de llorar. Lo mismo me pasa con las algas; me han dicho que son excelentes para el pelo y ahora me las hago en ensalada, una ensalada que me como con convencimiento pero con una cara de pena que si me viera mi madre me llevaba a un Burguer King.
¿Qué otras cosas como porque sé que son buenas para la salud pero no me gustan? La leche de soja. La de vaca me sienta mal, y ésta la tomo porque sé que es muy saludable, pero el sabor me da asquillo. Excepto un par de marcas que tolero mejor, las demás las escupiría como cuando eres pequeño y te atragantas con ese colacao que no se disuelve nunca. Tampoco me encantan los cereales biológicos sin azúcares o conservantes añadidos, pero me los tomo para desayunar porque sé que engordan menos y son más sanos. Pero, ¡ay! como me acuerdo de los Chococrispis de toda la vida.
Tengo amigas, muy naturistas ellas, que son de las que comen ajos crudos y se hacen batidos de apio y otras verduras poco apetecibles porque dicen que son buenísimos para prevenir enfermedades. Hace unos días una amiga me contó que a su novio, el homeópata le había prohibido comer casi de todo y le había prescrito una dieta a base de cereales integrales, verduras crudas y otras cosas poquísimo apetecibles para limpiar su hígado y que le hicieran más efecto las medicinas. Aunque sea buenísimo para la salud, yo a tanto no llego, me parece que renunciar al placer de comer es como morir en vida.
Sin llegar a estos extremos, o sí, ¿qué cosas coméis, aunque no os gusten nada, por vuestra salud o vuestra línea?