Qué sería de nosotros sin la risa. Todos deberíamos trabajar nuestro sentido del humor para encarar, cuando no encajar, la tragicomedia en que consiste la vida. Tomarse las cosas con humor nos ayuda a sobrevivir, diluye la angustia y hasta conjura el miedo. Quien no sabe reírse de si mismo tiene que soportar una carga muy pesada, ya que que no hay día en que no estemos, parafraseando a Borges, por un instante en el paraíso. Yo añadiría que no hay día tampoco en que no pongamos un pie en el infierno.
A todos nos pasan cosas risibles, absurdas, divertidas, surrealistas o cómicas cada día, estoy segura. No hace falta ir al teatro, al cine o quedar con alguien gracioso para reírnos; hay mil situaciones que pueden sugerir comicidad; la tragedia puede, y debe, desdramatizarse y hasta ser reída a la vez qie llorada. El sentido del humor comienza por saber reírse de uno mismo; también hay que saber arrimarse a la gente alegre y divertida, para tristezas nos bastamos con las propias.
Mi sentido del humor es bastante peculiar, lo reconozco; tiene un punto de humor snegro azonado con una pizca de humor extremeño, lo que da como resultado una extraña interpretación de lo que es o no divertido. Me río mucho con Faemino y Cansado; me partí hasta las piernas con Chiquito y me hacen reír películas como "La fiera de mi niña", "La cena de los idiotas", "Algo pasa con Mary", "La extraña pareja", "Los Tennenbaums" e incluso ciertas escenas de "Ojos negros". No me hacen ninuna gracia las típicas películas americanas como "Aterriza como puedas", "Yo, yo mismo e Irene" o la serie "American Pie". Me reí mucho con comics como Mafalda y libros como "Sin noticias de Gurp", "El laberinto de las aceitunas" o "La conjura de los necios".
Pero la realidad siempre supera a la ficción; cada día ocurren mil situaciones divertidas, auténticos gags cotidianos a que te gustaría que presenciasen los demás porque cuando los cuentas suenan increíbles y no hacen la misma gracia que en momento. Para empezar a practicar eso de reírse de uno mismo, os contaré una cosa muy surrealista que me pasó en una peluquería de Las Palmas, ni más ni menos.
Hace un par de años, andaba yo en plena crisis sentimental tras dejarlo con mi pareja. Una de esas épocas en las que las mujeres nos sentimos espcialmente feas y en las que siempre decidimos ir a la peluquería para hacerte un cambio radical. Fui. A LLongueras para más señas. Creo que en alguna ocasión os he dicho que odio las peluquerías, me producen estrés, nerviosismo y hasta miedo. El caso es que confié mi maltercha imagen a una peluquera que se habíaa granjeado mi confianza. "Corta y cambia de color", le dije en un alarde de seguridad en mí misma. El resultado fue un avance del famosísimo e imitadísimo "bob" que pondría de moda la pobre Victoria Beckam (no decir otra cosa más piadosa de ella). "Le voy a realizar el champú", me dijo el "moderno" de turno que me lavó la cabeza; y en qué momento dejaría que me tocasen ni un pelo. Salí de la peluquería con un color de pelo y un corte rarísimo que nunca fui capaz de peinarme; me miraba en el espejo y veía como una imagen rejuvenecida de mi madre, cuando mi intención era resultar atractiva, seductora e irresistible al máximo. Aquel nefasto cambio de imagen me supuso una bajada inmediata de la autoestima y un crecimiento casi insoportable de mis cuitas. Así que decidí un cambio de aires y me fui a Canarias a ver a una amiga.
Incapaz como era ya al segundo día de estar allí de peinarme, decidí acercarme a una peluquería del barrio de mi amiga. Allí sufrí lo más parecido a una lobotomización que pueda imaginarse. Me explico. Según entré ya me dio la impresión de ser una peluquería demasiado de barrio: mobiliario de mimbre de los 70, papel psicodélico en las paredes, unas peluqueras con muy pocos visos de modernidad y ELLA, la "madama" del local. No me malinterpretéis, nada que ver con un negocio sexual, pero ELLA era indiscutiblemente el alma del local, el leit motiv para ir a una peluquería de tal pelaje: pelucón morado a lo drag queen, varios kilos de escandaloso maquillaje, labios como morcillas, uñas rojas y larguísimas, pechos a lo Amarcor. Nada más entrar me agarró por los hombros mientras me decía palabrasa melosas tipo "ven para acá mi niña o ven mi amol", nada tranquilizadoras. El lavado de pelo que me hizo esa mujer fue una de las experiencias más aterradoras de mi vida. "Yo las cabezas las lavo como antes, frotando bien el cuero cabelludo para que bien limpito mi niña", me decía mientras me desgarraba el cerebro con esas uñas de gavilán y me meneaba la cabeza rítmicamente entre sus manos como una coctelera. Dejé de ver, dejé de oír, perdí el habla y creo que hasta la noción tiempoespacial durante un rato. Para terminar, agua congelada "para darle brillo al cabello m'hijita". Cuando me pasó con la peluquera para que me peinase, tenía unas ganas de llorar y de salir corriendo que me aguanté porque ya tenía una edad. La fase siguiente no fue mucho mejo; tirones de pelo para dejármelo bien liso (en el suelo, pensaba yo, porque en mi cabeza no iba a quedar ni un sólo pelo). Cuando terminó creo que alguna lagrimilla se me escapó, parecía un híbrido entre un beatle y una señora de mediana edad: pelo totalmente lacio y el flequillo, que debía ser recto, puesto a un lado con un quintal de laca.
Cuando llegué a casa de amiga y vi la cara de espanto contenido que puso, corrí al cuarto de baño a mojarme el pelo, algo que las chicas solemos hacer mucho después de ir a la pelu. El disgusto me duraba aún de vuelta a Madrid, pero poco al poco, el tiempo y la memoria, que siempre ejercen un plácido efecto benéfico, fueron transformando aquella traumática experiencia en una anécdota que he contado montones de veces.
Cumplir años fastidia, pero por suerte te ayuda a desdramatizar y a buscarle el lado positivo y cómico a todo lo que te ocurre. Por eso agradezco tanto que tres amigos míos, Quique, Hernán y Tato, hayan creado, por iniciativa propia y sin ninún tipo de subvención, una web de gags (duendestv.com) en la que desarrollan un peculiar humor absurdo, negro y surrealista. Os pongo el enlace para que os paséis un rato divertido y me déis vuestra opinión sobre su personalísimo humor.