Si nuestros padres fueran hubieran sido más sinceros con nosotros respecto al amor, creo que mi generación (los que ahora tenemos trentaytantos) no hubiera sufrido tanto con los desengaños amorosos. Muchos de los que vinieron después fueron hijos de divorciados, lo que, aun siendo una tragedia para un niño, les ofrecía otro punto de vista acerca de las relaciones: que éstas pueden romperse, que no tienen por qué ser para siempre y el mundo no se acaba por ello.
Cuánto hubiera agradecido que, ante mi primer fracaso sentimental, mis padres me hubieran dicho "no pasa nada", "ya te enamorarás de otro chico". Porque lo que me dijeron es que no entendían por qué había salido con ese chico -que me quería con locura y era el novio perfecto para ellos- si luego iba a dejarle. No les culpo, su intención era buena; ellos venían de una generación en la que uno se casaba y se conformaba. En las siguientes rupturas que sufrí tampoco tuve de ellos las palabras que me hubiera gustado oír; simplemente un "hay muchos más hombres en el mundo". Para ellos pasar de una relación a otra no era normal, no estaba bien, no lo entendían.
Esta falta de apoyo de mis padres -entendía yo-, sumada a una falta de educación sentimental realista y a las fantasías que todas las niñas tenemos desde pequeñas respecto al amor, me hicieron sufrir mucho. Y no porque yo quisiera imperiosamente tener novio, todo lo contrario, era muy independiente y nada noviera, sino por todo lo contrario, porque no quería sufrir por no tenerlo y porque no quería que me pesase el no haber convertido en "amor para siempre" las dos o tres relaciones que había tenido.
Madurar te convierte en alguien realista. Eso le quita inocencia, espontaneidad y locura a tu comportamiento y a la vida en general, pero también aporta mucha serenidad. Creo que empecé a relajarme con las relaciones -no me gustaba atarme ni comprometerme por si acaso no era "el bueno"- cuando comprendí que el amor para siempre es sólo una posibilidad, y además remota, en las relaciones. Cuando acepté que, aunque se sufre muchísimo, no pasa nada por romper con una pareja. Cuando entendí que no tiene por qué haber un solo hombre de tu vida, aunque eso sea lo que todos deseamos.
No quiero con esto abogar por abandonar a tu pareja ante la mínima señal de desgaste, rutina o aburrimiento. En absoluto. Una relación debe cultivarse y trabajarse con ganas y ahora tal vez se abandonan demasiado a la ligera. Pero sí creo que si el amor se ha acabado, lo mejor para ambos es separarse para volver a encontrar otro, para poder vivir de nuevo esa maravillosa sensación que es enamorarse, empezar a sentir algo inesperado por alguien. Sin sentirse fracasados, derrotados o acabados por no haber podido convertir nuestro amor en eterno.
Para que las separaciones no resulten traumáticas, sobre todo si hay niños por medio, por supuesto son necesarios algunos ingredientes de los que muchas veces adolecemos: inteligencia emocional, empatía, tolerancia, civismo y cariño. Para dejar que el otro vuele si ya no nos quiere, para no manipular a nuestros hijos en contra de nuestra ex pareja, para saber mantener una relación cordial con él/ella y su nueva pareja si es que llega. Pero, sobre todo, para poder asumir sin tanto dolor que el amor se acaba en una relación, pero que no se agota para nosotros en el mundo.
Me encantaría llegar al final de mis días con mi actual pareja, pero también contemplo la posibilidad de que no sea así. Y si un día tengo hijos, quiero decirles que no tengan miedo de un fracaso sentimental, que se pueden tener varias parejas a lo largo de la vida y ser normales y felices. Aceptar que el amor se puede acabar, tal vez sea la clave para conseguir que dure.
¿Creéis en el amor eterno?