"Son más bellos los sueños de los locos que los del hombre cuerdo". Ésta es una frase que encontré en mis cuadernos de notas parisinos, como me gusta llamarlos; viejos cuadernos que llené de historias, poemas, pensamientos y hasta alucinaciones durante la época en que viví en París. Ya no recuerdo si era una frase mía o sacada de alguna de mis lecturas existencialistas y decadentes tipo Boudelaire, Rimbaud o Ghoete. Volver a leer esta frase me ha hecho pensar, doce años después, en la locura.
No es tan difícil volverse loco; a veces, creo, es una elección. Cuando la realidad es tan dura, tan absurda, tan difícil o insalvable que vivir duele, perder la cabeza es una forma de evasión a la que muchas personas, consciente o inconscientemente, recurren. El caso de Britney Spears me parece un claro ejemplo. Si la presión mediática a la que se ve sometida no le concede una tregua, acabará por perder la cabeza, puesto que ya le cuesta mantenerse serena y totalmente cuerda. La espiral sin sentido en la fama ha convertido su vida, sumado, sin duda, a un carácter de por sí inestable, han hecho que esta chica comience a despegar con demasiada frecuencia los pies del suelo.
¿Existente una tendencia, una herencia genética o una predisposición a la locura? Según los especialistas, sí. Pero a todos nos puede pasar. Todo depende de las circunstancias a las que sometamos nuestra vida. Por ejemplo, ante los horrores vividos en los campos de concentración, algunos presos enloquecían, lo que, en cierto modo, les salvaba de tanto sufrimiento. Ante una gran tragedia familiar no es difícil perder la cabeza, al menos temporalmente.
Porque, ¿quién no ha sufrido alguna vez, hasta el más cuerdo, de locura transitoria? Basta una situación desestablizante pero repetida para hacer que una persona deje de actuar de forma totalmente racional. Una ruptura amorosa puede hacer caer a una persona en una depresión que le lleve a perder la cabeza. Todas las drogas, aún en pequeñas dosis, pueden inducir a la locura.
Hay también quien padece un tipo de locura feliz o creativa, como aquellas personas imbuidas de un talento fuera de lo común, ya sea para la música, la escritura, la interpretación u otras manifestaciones artísticas. Hay quien actúa conscientemente de forma loca porque no consigue, o no quiere, tomarse en serio la vida.
Las personas que padecen una depresión fuerte o algún problema psicológico temen, muchas veces más que a su propia dolencia, la idea de volverse locos. Esto le ocurre a una amiga mía que sufre fuertes episodios de ansiedad y miedo; su mayor temor es no poder controlarlos y volver loca. Creo que, en mayor, o menor medida, todos hemos sentido este temor alguna vez en la vida. De hecho, es un miedo tan recóndito, que el simple hecho de que nos llamen locos suele ser un insulto de los más ofensivos, sobre todo cuando este calificativo se recibe por parte de la pareja.
Aunque no suelo discutir, cuando lo hago con mi pareja, con mis amigos o con cualquier otra persona, no me gusta llamar loco a nadie, aunque lo que haya hecho ponga en duda su racionalidad. Todos, aunque sea por un instante, cometemos actos de locura, ya sea por amor, envidia, mezquindad, miedo, avaricia u otros motivos. Pero no por ello merecemos un calificativo tan fuerte. Por eso me dan tanta pena Britney Spears y otros famosos que viven las 24 horas del día acosados por la prensa. Creo que si yo estuviera en esa situación también perdería los nervios, las formas y la cabeza de vez en cuando, si no permanentemente.
¿Alguna vez os habéis sentido enloquecer?