Si el 14 de febrero mi novio me despertase con una música suave, lenta y melodiosa. Si me llevase a la cama un desayuno lleno de cosas comestibles en forma de corazón. Si me esperase en el cuarto de baño con todo lleno de velas. Si me fuera a buscar al trabajo y me regalase un conjunto de lencería sexy y una caja de bombones roja. Si me llevara a cenar a un restaurante romántico donde tuvieses un menú especial de San Valentín. Si me diera un masaje con aceites aromáticos, me hiciera el amor lentamente y me dijera infinitas veces "te quiero". Si todo eso me ocurriese el Día de San Valentín creo que, primero, vomitaría, y después le daría una paliza.
Pocas fechas hay en el calendario, aparte de la Navidad, tan comerciales y tontas como el Día de San Valentín. A mí me da hasta vergueza salir a cenar esa noche con mi novio; procuro quedarme en casa tranquilamente y no hago, ni quiero que me hagan, la más mínima referencia a tan denostadísima celebración. Ese día, lo más que tolero, es ver a mi padre regalarle a mi madre, como cada año desde que tengo uso de razón, un ramo de flores.
¿De verdad os gustan todas las parafernalias típicas de este día? ¿Os sale ser cariñosos, románticos y especiales justo este día? A mí me resulta absolutamente forzado. A no ser que tengas quince años y te acabes de enrollar con alguien, hayas encontrado al amor de tu vida y estés cegado por el amor, o lleves meses sin ver a tu pareja, me parece tremendamente artificial todo lo que se hace en San Valentín. ´
El rechazo a este día me viene desde siempre. Igual que un amigo mío, que dice que al que no le guste el jamón ibérico no es de fiar, a mí me pasa algo parecido con los hombres que celebran San Valentín. Sé que no me van a gustar. Y nunca me he equivocado. El caso más extremo de novio "creyente" en San Valentín fue el primero formal que tuve, a los veinte años. El día de los enamorados se volvía completamente loco, con llamadas melosas desde primera hora de la mañana, regalos empalagosos, rosas plastificadas por todas partes, cenas románticas y poesías incluidas. Yo no sabía cómo corresponderle, no pudiendo de ninguna manera imbuirme de ese romanticismo tan atroz. Viví dos San Valentines con él y no sé cuál fue peor. Por supuesto, no llegamos al tercero.
¿Os parece San Valentín un día de pesadilla?