Matarte de hambre para estar lo más delgada posible, ir cada día al gimnasio hasta caer rendido, pasar horas frente al espejo para disimular defectos, gastarnos una burrada en ropa para gustarle a los demás... ¿Quién no ha hecho alguna vez este tipo de sacrificios, sobre todo de joven?
A los 30 le dije adiós a las dietas, las horas y horas de gimnasio, las prohibiciones de alimentos, los tacones imposibles, los miles de preparativos antes de cualquier cita y otros sacrificios absurdos, costosísimos y, en realidad, inútiles. No era más feliz antes. Es ahora, cuando como lo que quiero, hago ejercicio de forma moderada, me visto con lo que me sienta bien y no lleno mi armario de ropa súper de moda ni mi cuarto de baño de miles de productos carísimos, cuando más a gusto me siento con mi cuerpo, cuando estoy más segura de mí y mejor me van las cosas en todos los aspectos de mi vida. Por supuesto, la experiencia me ha ayudado a prescindir de todos estos sacrificios inútiles que son, en definitiva, una falta de aceptación de uno mismo y una preocpuación excesiva por gustar a los demás.
Cuidarse es bueno y recomendable, tanto física como intelectualmente, pero cuando uno sufre sin una pizca de disfrute, no merece la pena. los sacrificios absurdos de los que os hablo no tienen nada que ver con el esfuerzo, el trabajo o la dedicación a uno mismo, a los demás o al trabajo, que producen un resultado constructivo, positivo y enriquecedor. Los sacrificios de los que os hablo son el tributo de una tiranía a la que nos sometemos nosotros mismos. La insatisfacción, la inseguridad, los complejos, la falta de autoestima y el perfeccionismo mal orientado están detrás de una persona que se castiga a sí misma hasta el punto de pasar hambre, dolor y hasta soledad.
Recuerdo como si fuera ayer una conversación que tuve con una chica extremadamente delgada que me decía la envidia que sentía al verme comer un Kit Kat. El único motivo que le impedía a ella comer dulces, chocolate e incluso alimentarse de manera normal era que a su novio le gustaban las mujeres delgadas. ¡Qué horror! ¿Cómo es posible que alguien que te quiere te obligue a pasar hambre? Y no me refiero a su novio, sino a ella misma.
Sacrificios. Son muchos los que la vida nos impone. ¿Por qué sacrificarnos nosotros aún más? Veo a gente en mi gimnasio que vive por y para su cuerpo, que pasa horas cada día entrenando sus músculos. Conozco a chicas incapaces de concederse el placer de comerse un trozo de pastel o chocolate por miedo a engordar. He conocido a hombres y mujeres incapaces de salir a la calle sin pasarse antes horas arreglándose; que incluso se quitan horas de sueño para conseguirlo. Leo revistas en las que veo a famosas y modelos extremadamente delgadas y guapas cuya belleza se consigue a base de grandísimos sacrificios. No sé si sus vidas son más felices que la mía.
Sigo arreglándome y cuidándome, sigo utilizando cremas, comprando cosas bonitas y haciendo ejercicio, pero solamente cuando hacerlo me reporta disfrute y beneficios objetivos. Leer, trabajar, escribir, viajar o estar con gente a la que quiero también me belleza y me hacen sentir mucho mejor que pasarme el día a base de ensaladas.
¿A qué sacrificios les habéis dicho por fin adiós?