Ir de boda debería convertirse en una profesión remunerada. Ya que uno va las más de las veces por obligación, que por lo menos no le cueste dinero. Para casarse, a mi entender, lo que hay que tener es mucha afición o mucha inconsciencia. El nivel de estrés que una boda puede suponer para los novios, los familiares -sobre todo las madres, que se lo toman a vida o muerte-, los invitados y hasta los curas u oficiantes del evento, me temo supera en mucho los niveles señalados como perjudiciales por la OMS.
Detesto cariñosamente las bodas, pero por algún tipo de deuda cósmica que debo tener pendiente, no conozco a nadie que haya asistido a tantas como yo. Religiosas, civiles, típicas, atípicas, ostentosas, horteras, elegantes, soporíferas, intratables, incluso abyectas; emotivas, hermosas y especiales las menos. He ido a tantas que mi batería de anécdotas sobre bodas es ya de uso común entre mis amigas, como aquélla en la que la tarta la llevaba un robot teleredigido tipo Guerra de las Galaxias, pero ambientada en los salones Winston. El momento "reportaje fotográfico" es uno que os recomiendo no perderos; las caras y poses que llegan a poner los novios son indescriptibles.
Respeto profundamente el que dos personas quieran formalizar su amor en una ceremonia, del tipo que sea, teniendo por testigos a sus amigos y seres queridos. Ahí estoy yo en primera fila, atea perdida, persignándome si es necesario, para acompañar a los novios si su acto de amor es verdadero y su decisión respecto al tipo de enlace -religioso, civil o festivo- parte de la coherencia y el respeto. Lo que no soporto es ir a bodas religiosas en las que sé con certeza que la novia se casa por la Iglesia por ponerse un vestido blanco o porque el evento luce más. Si es por hacer feliz al cónyuge creyente, no me parece mal.
Uno debería, y éste fue mi propósito desde la última boda a la que fui, ir solamente a las bodas a las que realemente le apetece. Suena obvio ¿no? Pues creo que si de verdad lo hicéramos, iríamos a muy poquitas; las de los hermanos, amigos íntimos y poquísimo más. Por qué entonces, si ésta es una conclusión a la que cualquiera puede llegar fácilmente, se empeñan en invitarnos a su boda los primos lejanos que nunca vemos, los compañeros de trabajo a los que no hemos tratado jamás fuera del susodicho trabajo, las amistades que ves de siglo en siglo y casi por obligación, los amigos de tu pareja a los que ni siquiera conoces.
Este último punto, el de las invitaciones extensivas a las parejas, me gustaría tratarlo más a fondo. ¿Por qué uno tiene que acompañar a su novi@ a las bodas de sus amigos cuando no le apetece, le supone un esfuerzo económico o tiene mejores cosas que hacer? Siempre le he dado la opción a mis novios de asistir o no a las bodas a las que yo era invitada. A algunas especiales sí me apetecía ir acompañada para compartir esa celebración, pero siempre hubiera entendido que no quisieran ir.
Ir por obligación a una boda es una de las peores cosas que te pueden pasar. Yo he ido así a tantas que desarrollé todo un protocolo de actuación, aguante y posterior "escaqueamiento". El drama era cuando la boda se celebraba en otra ciudad, porque a ver cómo te vas de un pueblo segoviano a las 5 de la madrugada, en traje de fiesta, taconazos y sin tener coche propio. Sutilmente, yo le dejaba caer a todo el que me presentaban que tenía asuntos urgentísimos que resolver al día siguiente por si podía acoplarme con alguien que se fuera pronto; para estos menesteres funcionan muy bien los padres con niños pequeños y los abuelillos.
Otro de los asuntos intolerables en las bodas es el desembolso económico que suponen. A la tercera despedida de soltera a la que fui, las borré de mi existencia. Excepto las despedidas de las amigas íntimas, tipo viaje o algo así, el resto de propuestas son intolerables; no quiero ni mencionar el tema diademas con adornos. Entre la despedida -cena, copas, regalos a la futura novia, etc.-, tu modelito (vestido, zapatos, bolso y complementos varios), el regalo a los novios (tremendo lo del ingreso bancario), el dinero del hotel y desplazamiento si la boda es fuera, puede resultar que el último mes te lo hayas pasado trabajando como un negr@ para ir a un evento que ni siquiera te apetece. Este odio se recrudeció en mi cuando me fui a vivir con mi novio y ninguno de aquellos malditos casados que me habían arruinado se dignaron a regalarme un triste cactus. Porque esa es otra, si te casas todo el mundo tiene que hacer un macrodespliegue en todos los sentidos; si te juntas con alguien, tienes suerte si te llevan unos tristes pasteles.
Al estrés económico y al producido por la dinámica propia del evento, compuesta por la ceremonia, el cóctel, las conversaciones tipo "a ver si nos vemos en otras ocasiones y no sólo en las bodas", el posterior baile con ese "musicón" creado especialmente para las bodas en no se sabe qué discográfica maldita, se suma el estrés estético que nos añadimos las mujeres. Cualquier día paseando ves un montón de modelitos perfectos para una boda, pero el día que te vas a buscar "el vestido", no encuentras nada, todo te queda horroroso y encima es carísimo. Al final, la cabeza embotada y los pies llenos de ampollas, te compras un vestido que no te convence y encima te vas tener que dar otra paliza para buscar los zapatos y los complementos, jamás lo encuentras todo el mismo día. Si decides ir a la peluquería, hacerte las uñas o cualquier otro aderezo femenino, sabes que el mes siguiente te lo vas a pasar a pasta y arroz.
Tras tantas bodas, tengo un armario atemporal dedicado exclusivamente a los casamientos que básicamente consiste en un vestido y un bolso que me pegan con tipo de zapatos y accesorios. A la pelu ni voy, con dos copas la gente ya no sabe ni cómo van vestidos ellos mismos.
Lo que no me quiero ni imaginar es el grado de estrés que una boda debe producirle a los propios novios; aunque algo sé por uno de mis hermanos, que en su propia boda, tras tanto afán de perfección y excesos innecesarios, se quedó rígido como un bacalao y fue el que peor se lo pasó de todos, aparte de mí, que me compré unas sandalias un número menor y cuando me levanté de la cena no podía, y esto es verídico, dar un paso sin unos dolores infernales. Pero en el caso de los novios, por tantos sufrimientos que me han hecho pasar, casi me parece justo que padezcan ese estrés, luego ya tienen un fantástico viaje para olvidarse de todo.
Se acerca la temporada de casamientos y esta vez ¡no voy a ir a ninguno! Pero me encantaría que me habláseis de vuestra relación de amor u odio con las bodas.