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Artículos - mayo 2008

# jueves, 29 de mayo de 2008 15:16

Erotismo femenino

Juntos, sexo y erotismo resultan arrolladores, aunque no tienen por qué ir ligados. Condicionadas por prejuicios y convencionalismos, las mujeres nos hemos dedicado al "arte" del erotismo más que los hombres, quienes no tenían tantos problemas para expresar y disfrutar su sexualidad. La lencería, la ropa, el maquillaje, los gestos, las insinuaciones, los juegos, las transparencias, el famoso "no" que en realidad quiere decir "sí, estoy deseando"... han sido durante mucho tiempo nuestras armas de seducción. Las nuevas boutiques eróticas, muchas de ellas exclusivamente femeninas, nos han abiero nuevos horizontes respecto al erotismo y al sexo.

Hace poco entré por primera vez en La Belle Isabelle, una preciosa boutique erótica femenina ubicada en el barrio de Malasaña de Madrid, de la que siempre me llamaban la atención los corsés y preciosos accesorios eróticos de sus escaparate. Por fin me decidí a entrar y todavía me alegro, ya que tuve una interesantísima conversación con su dueña, Isabel Waldburger, a propósito del gusto erótico de las mujeres, de nuestras preferencias, dudas y tabúes. Para Isabel, las españolas aún estamos forjando nuestro gusto erótico, estamos aún tras los pasos de las liberadas escandinavas, inglesas o parisinas. Y doy fé, porque en mi última visita a París estuve con mis amigas en una espectacular tienda erótica del barrio de Pigalle en la que, si no nos compramos de todo, fue porque no nos quedaba ni un duro.

Max, de La Juguetería, la tienda erótica de referencia en la capital y los pioneros en acercar el erotismo a las mujeres, piensa que hemos dado grandes pasos en la conquista de nuestro propio placer. A Max le conozco del barrio (Chueca) y aunque he estado en su tienda varias veces, reconozco que no he pasado de comprar un triste libro orientativo o un aceite de masaje. En mi visita a La Belle Isabelle, alentada por la normalidad y simpatía de su dueña, fui más pródiga en mis compras.

Max, con quien también he tenido un par de interesantes conversaciones sobre juguetes eróticos y sexualidad femenina, piensa que actualmente las mujeres hablamos mucho más de sexo (¡cuánto ha ayudado Sex&The City!), nos atrevemos con sesiones de tupper sex y con juguetes que en la época de nuestras madres hubieran supuesto un escándalo. De entre todos los juguetes que venden, Max dice que la estrella sigue siendo el vibrador, la llave del placer clitoriano. ¿Sabíais que el clítoris es la única parte del cuerpo que sólo sirve para proporcionar placer? Eso es debido a que en una zona tan minúsucla se acumulan más de 9.000 terminaciones nerviosas. Por lo visto, hay uno llamado Delight que ha dejado a años luz al famoso Rabbit al que se engancha Charlotte en Sexo en Nueva York.

Para Isabel, la lencería y la cosmética erótica (¡hay auténticas virguerías, como el "painting de chocolate", el bálsamo de calor, los lubricantesd comestibles, los polvos de miel...) son las principales armas eróticas de las mujeres. Marcas de juguetes, lencería y cosmética sensual como Late Chocolate o Bijoux Indiscrets, ambas españolas y absolutamente glamourosas y elegantes, han sabido entender a la perfección el gusto erótico femenino. Max, con años de experiencia a sus espaldas en La Juguetería, me habla de un público femenino mucho más atrevido, que busca la forma de incrementar su placer solo o en pareja. Dice Max que una de las grandes preocupaciones de las mujeres es encontrar su Punto G (Punto P o prostatal para ellos...). Entre las armas eróticas de este tipo de mujeres están los juguetes eróticos como el vibrador que, según me contaban ambos expertos, aún causa cierto recelo en los hombres.

Tras mis conversaciones con Max e Isabelle, reconfirmé mi idea de que, igual que en la moda, cada mujer debe encontrar su propio "estilo erótico". No sólo en cuanto a la lencería o los juguetes, sino en cuanto a su propia forma de comportarse, de moverse, de vestirse, de hablar, de sentir y hasta de disfrutar del sexo. Nadie pensará que eres sexy o erótica si tú misma no te sientes así. Cualquier cosa, una canción, un beso inesperado, un abrazo, una palabra susurrada, un gesto, puede convertirse en un potente acto erótico. El erotismo debería empezar por uno mismo, igual que el sexo, para después disfrutarlo al máximo en pareja.

Me fascina el estilo de Dita Von Teesse, que ha hecho del burlesque todo un arte y un nuevo estilo erótico. Dita insinúa pero no enseña, se viste con ropa vintage y accesorios absolutamente femeninos, reivindicando las curvas propias de una mujer. No creo que haya un sólo hombre que no la encuentre profundamente sexy, erótica y deseable...

¿Cómo es vuestro gusto erótico? ¿Cuáles, vuestras armas de seducción?

# martes, 27 de mayo de 2008 14:22

Adict@s al sol

Aunque los dermatólogos no se cansan de advertir sobre los peligros del sol, su exposición controlada es, no sólo beneficiosa, sino necesaria para todos los seres vivos, entre ellos, nosotros. Junto con Julio Iglesias, durante mucho tiempo me consideré una auténtica adicta al sol por los efectos tan placenteros que me causaba, además del favorecedor bronceado. La helioterapia o tratamiento curativo con baños de sol viene a confirmar mi permanente necesidad de sol y luz.

Una cosa es echarse Coca-cola, té, sospechosas cremas tropicales de coco y hasta aceite de oliva para "pillar bronce a toda cosa" (algo que toda adolescente de mi generación ha hecho alguna vez), y otra disfrutar de los beneficios terapéuticos del sol sobre el cuerpo y la mente, que son muchos. Tomar el sol de forma moderada durante todo el año tiene espectaculares efectos, entre ellos:

- Es un antidepresivo natural. La luz del sol resulta imprescindible en la regulación de la secrección de hormonas y neurotransmisores. Cuando el sol escasea, como en el caso de los pobres escandinavos, aumentan las posibilidades de sufrir depresiones. Incluso viviendo en un país mediterráneo la falta de luz puede provocarte problemas de insomnio y desórdenes en el estado de ánimo. En general, todo los que trabajamos en oficinas vemos demasiado la luz artificial y poco la natural. Éste es uno de los efectos por los que más me gusta tomar el sol.

- Efecto antibiótico. Muchas bacterias pierden la capacidad de reproducirse bajo la acción de los rayos ultravioleta, que limpian la atmósfera de gérmenes. Cuando nos exponemos al sol, el efecto antibiótico se produce directamente sobre la piel, aumentando también la cantidad de células inmunitarias -glóbulos blancos- en la sangre.

-  Antiinflamatorio. El sol estimula la circulación sanguínea y las terminaciones nerviosas de la piel, lo que produce un efecto analgésico sobre dolores musculares e inflamaciones superficiales. Incluso se reduce la tensión arterial.

Por supuesto, todos estos beneficios se producen cuando se trata de exposiciones breves y progresivas al sol (desde 6 minutos hasta 40 sin protección solar y hasta 2 h con un fotoprotector). Tostarse al sol vuelta y vuelta sin protección y durante horas lo único que te reportará son quemaduras, ampollas, deshidratación, dolor de cabeza y, seguramente, una buena insolación. Para saber cuánto tiempo puedes exponerte al sol de forma segura y qué tipo de fotoprotector tienes que usar (por debajo de 15 no valen para nada), debes conocer tu fototipo de piel. Mi recomendación es acudir a un dermatólgo para que evalúe tu tipo de piel, además de observar manchas y lunares.

Por todos los beneficios que os he dicho, los baños de sol están recomendados en casos de anemia, trastornos digestivos (¡como el estreñimiento!), enfermedades respiratorias, osteoporosis (el sol es fundamental para que el organismo realice la síntesis de vitamina D, necesaria para fijar el calcio en los huesos), diabetes (el sol estimula el funcionamiento del metabolismo), afecciones de la piel (acné, eccema, psoriasis...), enfermedades renales y urinarias y trastornos nerviosos (depresión, falta de vitalidad, anorexia...). El sol le viene bien hasta a tus genitales: en las chicas alivia las reglas dolorosas, las infecciones por hongos, la sequedad vaginal y la insuficiencia de los ovarios; en los hombres mejora la impotencia, las erecciones débiles y las inflamaciones de la próstata. Este verano, como Dios nos trajo al mundo...

Si al sol le sumas el aire puro de la montaña, el disfrute del paisaje, el aire marino, el yodo y los iones negativos del mar, te pones hecho un adonis de belleza y bienestar. De ahí que a todo el mundo le siente tan bien la playa, el mejor balneario natural. Por supuesto, también existen contraindicaciones frente al sol: personas con fototipo I, bebés, ciertos medicamentos, hemorragias, afecciones cardiacas, fiebre, herpes labial... Para tomar el sol hay que evitar las horas centrales del día; a primera y última hora del día es un auténtico placer. 

Además de emplear cremas protectoras, que tampoco son la panacea, podemos proteger nuestra piel de los efectos perjudiciales del sol (sobre todo el envejecimeinto cutáneo) mediante la alimentación. La clave son los betacarotenos, que la Naturaleza nos proporciona en dosis abundantes en primavera y verano: melocotones, zanahorias, albaricoques, mangos... Los frutos secos y semillas contienen ácidos grasos que protegen la piel. Como bebida, el agua, combinada con té verde (de gran poder antioxidante), es tu mejor aliada.

Ya no me doy en absoluto las palizas de sol de antaño, me cansan y me salen manchas. De mis tiempos del aceite tropical o la crema de zanahoria he pasado a buenas cremas de elevado índice protector, sobre todo para la cara. Tampoco soy de las que se quedan dorándose en la toalla, me encanta bañarme y moverme bajo la luz. Pero me sigue encantando tomar el sol.

¿Sois unos adict@s al sol? ¿Cómo os protegéis de sus efectos perjudiciales?

 

 

# jueves, 22 de mayo de 2008 20:43

Operación "triquini"

Chic@s, la prueba del bañador está a la vuelta de la esquina, si es que no nos habéis tenido que enfrentar ya a tan temido momento. Desde todas partes -tv, revistas, escaparates...- nos acechan cuerpos esculturales, culos perfectamente moldeados, pieles bronceadas y libres de celulitis, michelines y otras inconveniencias. Ante tanta perfección uno se echa a temblar, no sabe si apuntarse a un gimnasio, contratar un entrenador personal, a un gurú, hacer la "dieta del esparadrapo en la boca", apuntarse a sevillanas, ir a ver a un santero o todo eso a la vez. Plenamente consciente de mis limitaciones, este año yo he decidido hacer la "operación triquini".

Ejercicio hago algo, más o menos camino a diario, y como bastante sano, pero no soy capaz, de ninguna manera, de ponerme a dieta. Desde la cocina, cada tarde, mientras trabajo en casa, oigo, como cantos de sirena, los susurros de las galletas de chocolate insinuándome que tampoco engordan tanto. Y realmente no son tan calóricas... si no te comes siete seguidas, claro. Luego, en la soledad de mi habitación, me habla mi tripa, entre gruñidos y retortijones, quejándose de tanto exceso calórico. 

Mis amigas están igual, todas diciendo que se van a poner a dieta para poder entrar en el biquini, mientras nos ponemos moradas de croquetas, huevos estrellados, ensaladilla rusa bien de mayonesa, y una degustación de postres porque "si no te das un capricho de vez en cuando qué asco de vida es ésta". Eso sí, luego nos tomamos un poleo con sacarina para compensar un poco. Mi amiga Laura, embarazada de casi seis meses, lo que se plantea no es ya la operación biquini sino la operación "que no me ponga como el muñeco de Michelín, por Dios".

Las plataformas vibratorias, como la que acaba de lanzar Reebok para uso doméstico, se han convertido en la estrella de la "operación biquini" en los centros de estética y clubes deportivos de lujo. Como os decía en otro post, no hay famosa que se precie que no tenga una en casa o la utilice en su entrenamiento. ¿Por qué están tan de moda? Supuestamente porque en tan sólo 10 minutos consigues, tonificar los músculos, quemar calorías, activar el metabolismo, mejorar la celulitis y producir endorfinas. La solución perfecta para quienes odian hacer ejercicio o tienen poco tiempo. ¿El problema? Es caro: una buena plataforma puede costarte unos 800 € y las sesiones en los centros de estética tienen que ser semanales y constantes, lo que supone un goteo permanente de dinero que pocos pueden permitirse.

La intención, como la de la mayoría de los que acudimos al gimnasio por esta época, la tenemos todos. Y lo intentamos, pero qué fácil es sucumbir. Uno desarrolla estrategias mentales de todo tipo para autoconvencerse de que todavía tiene tiempo, de que con dejar de comer pan bajará lo que le sobra, de que la semana siguiente va a hacer una clase de spinning todos los días. Los hay, tenaces y esforzados, que lo consiguen, que son capaces hasta de llenarse la boca de piedras para no comer o de apuntarse a una maratón para quitarse el michelín. Esos son los que luego se pasean orgullosos por la playa o la piscina luciendo tipo como si la cosa no fuera con ellos.

Los más, lo intentamos y algo mejoramos el tipo, pero nunca llegamos a los objetivos marcados. Por pereza, por falta de tiempo, de dinero, por aburrimiento o porque, simplemente, no nos da la gana sufrir tanto para estar un poco más guapos. Y no es que no esté bien cuidarse, es sano y recomendable por salud física y mental, pero como una hábito más de vida y no como una necesidad imperiosa y estresante una vez al año.

Este año, para no agobiarme con la operación biquini y poder estar visible en la playa, yo me he apuntado a la operación triquini, que, bien elegido, tapa estratégicamente la tripa, la zona donde a mí se me cumulan todas las galletas de chocolate. Otra buena solución es comprarte un bañador de premamá, de esos que constan de coulotte y camisetita amplia de tirantes, y decir que vas a la moda "lolita bay doll".

¿Cómo estáis enfrentando este año la "operación biquini"?

 

# martes, 20 de mayo de 2008 15:51

Bodas, estrés y demás parientes

Ir de boda debería convertirse en una profesión remunerada. Ya que uno va las más de las veces por obligación, que por lo menos no le cueste dinero. Para casarse, a mi entender, lo que hay que tener es mucha afición o mucha inconsciencia. El nivel de estrés que una boda puede suponer para los novios, los familiares -sobre todo las madres, que se lo toman a vida o muerte-, los invitados y hasta los curas u oficiantes del evento, me temo supera en mucho los niveles señalados como perjudiciales por la OMS.

Detesto cariñosamente las bodas, pero por algún tipo de deuda cósmica que debo tener pendiente, no conozco a nadie que haya asistido a tantas como yo. Religiosas, civiles, típicas, atípicas, ostentosas, horteras, elegantes, soporíferas, intratables, incluso abyectas; emotivas, hermosas y especiales las menos. He ido a tantas que mi batería de anécdotas sobre bodas es ya de uso común entre mis amigas, como aquélla en la que la tarta la llevaba un robot teleredigido tipo Guerra de las Galaxias, pero ambientada en los salones Winston. El momento "reportaje fotográfico" es uno que os recomiendo no perderos; las caras y poses que llegan a poner los novios son indescriptibles.

Respeto profundamente el que dos personas quieran formalizar su amor en una ceremonia, del tipo que sea, teniendo por testigos a sus amigos y seres queridos. Ahí estoy yo en primera fila, atea perdida, persignándome si es necesario, para acompañar a los novios si su acto de amor es verdadero y su decisión respecto al tipo de enlace -religioso, civil o festivo- parte de la coherencia y el respeto. Lo que no soporto es ir a bodas religiosas en las que sé con certeza que la novia se casa por la Iglesia por ponerse un vestido blanco o porque el evento luce más. Si es por hacer feliz al cónyuge creyente, no me parece mal.

Uno debería, y éste fue mi propósito desde la última boda a la que fui, ir solamente a las bodas a las que realemente le apetece. Suena obvio ¿no? Pues creo que si de verdad lo hicéramos, iríamos a muy poquitas; las de los hermanos, amigos íntimos y poquísimo más. Por qué entonces, si ésta es una conclusión a la que cualquiera puede llegar fácilmente, se empeñan en invitarnos a su boda los primos lejanos que nunca vemos, los compañeros de trabajo a los que no hemos tratado jamás fuera del susodicho trabajo, las amistades que ves de siglo en siglo y casi por obligación, los amigos de tu pareja a los que ni siquiera conoces.

Este último punto, el de las invitaciones extensivas a las parejas, me gustaría tratarlo más a fondo. ¿Por qué uno tiene que acompañar a su novi@ a las bodas de sus amigos cuando no le apetece, le supone un esfuerzo económico o tiene mejores cosas que hacer? Siempre le he dado la opción a mis novios de asistir o no a las bodas a las que yo era invitada. A algunas especiales sí me apetecía ir acompañada para compartir esa celebración, pero siempre hubiera entendido que no quisieran ir.

Ir por obligación a una boda es una de las peores cosas que te pueden pasar. Yo he ido así a tantas que desarrollé todo un protocolo de actuación, aguante y posterior "escaqueamiento". El drama era cuando la boda se celebraba en otra ciudad, porque a ver cómo te vas de un pueblo segoviano a las 5 de la madrugada, en traje de fiesta, taconazos y sin tener coche propio. Sutilmente, yo le dejaba caer a todo el que me presentaban que tenía asuntos urgentísimos que resolver al día siguiente por si podía acoplarme con alguien que se fuera pronto; para estos menesteres funcionan muy bien los padres con niños pequeños y los abuelillos.

Otro de los asuntos intolerables en las bodas es el desembolso económico que suponen. A la tercera despedida de soltera a la que fui, las borré de mi existencia. Excepto las despedidas de las amigas íntimas, tipo viaje o algo así, el resto de propuestas son intolerables; no quiero ni mencionar el tema diademas con adornos. Entre la despedida -cena, copas, regalos a la futura novia, etc.-, tu modelito (vestido, zapatos, bolso y complementos varios), el regalo a los novios (tremendo lo del ingreso bancario), el dinero del hotel y desplazamiento si la boda es fuera, puede resultar que el último mes te lo hayas pasado trabajando como un negr@ para ir a un evento que ni siquiera te apetece. Este odio se recrudeció en mi cuando me fui a vivir con mi novio y ninguno de aquellos malditos casados que me habían arruinado se dignaron a regalarme un triste cactus. Porque esa es otra, si te casas todo el mundo tiene que hacer un macrodespliegue en todos los sentidos; si te juntas con alguien, tienes suerte si te llevan unos tristes pasteles. 

Al estrés económico y al producido por la dinámica propia del evento, compuesta por la ceremonia, el cóctel, las conversaciones tipo "a ver si nos vemos en otras ocasiones y no sólo en las bodas", el posterior baile con ese "musicón" creado especialmente para las bodas en no se sabe qué discográfica maldita, se suma el estrés estético que nos añadimos las mujeres. Cualquier día paseando ves un montón de modelitos perfectos para una boda, pero el día que te vas a buscar "el vestido", no encuentras nada, todo te queda horroroso y encima es carísimo. Al final, la cabeza embotada y los pies llenos de ampollas, te compras un vestido que no te convence y encima te vas tener que dar otra paliza para buscar los zapatos y los complementos, jamás lo encuentras todo el mismo día. Si decides ir a la peluquería, hacerte las uñas o cualquier otro aderezo femenino, sabes que el mes siguiente te lo vas a pasar a pasta y arroz.

Tras tantas bodas, tengo un armario atemporal dedicado exclusivamente a los casamientos que básicamente consiste en un vestido y un bolso que me pegan con tipo de zapatos y accesorios. A la pelu ni voy, con dos copas la gente ya no sabe ni cómo van vestidos ellos mismos.

Lo que no me quiero ni imaginar es el grado de estrés que una boda debe producirle a los propios novios; aunque algo sé por uno de mis hermanos, que en su propia boda, tras tanto afán de perfección y excesos innecesarios, se quedó rígido como un bacalao y fue el que peor se lo pasó de todos, aparte de mí, que me compré unas sandalias un número menor y cuando me levanté de la cena no podía, y esto es verídico, dar un paso sin unos dolores infernales. Pero en el caso de los novios, por tantos sufrimientos que me han hecho pasar, casi me parece justo que padezcan ese estrés, luego ya tienen un fantástico viaje para olvidarse de todo.

Se acerca la temporada de casamientos y esta vez ¡no voy a ir a ninguno! Pero me encantaría que me habláseis de vuestra relación de amor u odio con las bodas.

# jueves, 15 de mayo de 2008 11:28

La moda "detox"

Desintoxicar el cuerpo y la mente es absolutamente saludable y deseable. Pero últimamente las depuraciones parecen haber alcanzado, abanderadas por las celebrities, la categoría de moda. Más aún cuando llega el verano y todos queremos estar, si no espléndidos, al menos presentables en bañador. Sirope de savia, limpiezas de colon, agua con limón, batidos de proteínas, la dieta del doctor Joshi... La tendencia "detox" hace furor.

La idea de eliminar toxinas del organismo no es nueva. Las purgas y los ayunos se han practicado a lo largo de los siglos en diferentes culturas. En la medicina ayurvédica son algo fundamental, para los yoguis hindúes es parte de su disciplina. Las terapias alternativas -homeopatía sobre todo- han traído la depuración a Occidente. Y, como todo lo que tocan las sociedades desarrolladas (entre comillas a mi entender), la han desvirtuado intencionadamente por puro interés. Desintoxicarse no puede ser algo de moda, no se puede hacer con el objetivo de adelgazar para ir a una fiesta o para ligar en verano. Y, por supuesto, nadie puede hacer una dieta desintoxicante guiándose por lo que dice una revista, sin ningún tipo de control, preparación previa y adaptación posterior. 

Los llamados "gurús" de Hollywood han puesto de moda en todo el mundo esta tendencia "detox", lanzada al estrellato por famosas como Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Sharon Stone Victoria Beckham (uf) o Cate Blanchett. Tras ellas, una legión de gente, conocida o anónima, se ha sumado a esta tendencia. Unas veces por motivos de salud, otras por estética y otras porque resulta "cool".  

En sí, la teoría "detox" es fantástica: sostiene que ciertos alimentos ayudan a purificar los órganos, tan castigados por la mala alimentación, las grasas saturadas, el estrés, el tabaco, el alcohol, los pesticidas, las hormonas, antibióticos y hasta la polución. Con una dieta desintoxicante ayudamos al organismo a eliminar las toxinas acumuladas en el hígado y el tracto gastrointestinal. ¿Por qué es tan importante que el oranismo consiga deshacerse de todas estas sustancias? Porque de no hacerlo, el sistema inmune se debilita y aparecen las enfermedades.

¿Por qué, pese a lo duro que resulta, es tan atractivo hacer una dieta desintoxicante? La respuesta está en los beneficios para la salud y la estética: desaparción de alergias, estreñimiento y dolores de cabeza, aumento de la energía, descenso de peso, piel sana y luminosa, vientre plano... entre otros muchos. Por algo los tratamientos "detox" son la estrella en las clínicas de adelgazamiento y spas de lujo.

¿Cómo es una dieta "detox"? Las hay de todo tipo, desde las que se basan en una alimentación sana y ligera, hasta las extremas que suprimen prácticamente la ingesta de alimentos. Todas tienen en común la reducción de calorías, la eliminación de ciertos alimentos -lácteos, carnes, grasas, café, alcohol...- y la sustitución por jugos de fruras y verduras, preparados naturales como el sirope de savia, purés, batidos de proteínas, frutas y verduras frescas, cereales... La duración está entre 3 y 15 días (siempre con supervisión) y lo recomendable es hacerlas varias veces al año, al principio de cada estación.

Si nunca habéis hecho una dieta desintoxicante, no tenéis información de primera mano o alguien cualificado puede supervisaros, no os recomiendo hacerla por vuestra cuenta a no ser que se trate simplemente de comer más sano y ligero. Desintoxicarse sin control, de forma repetida y sin un criterio lógico (una desintoxicación no puede confundirse con una dieta de adelgazamiento) puede producir anemias,  problemas cardíacos, déficits de vitaminas, problemas musculares, mareos, dolor de cabeza, etc., razones a las que aluden los detractores de este tipo de dietas, entre ellos endocrinos y cardiólogos.

¿Habéis hecho alguna vez una dieta o plan desintoxicante? ¿Cómo fue la experiencia y cuáles los resultados en el cuerpo y en la mente?

 

# domingo, 11 de mayo de 2008 14:48

Deseo, désir, desire

Deseo. Simplemente pronunciar esta palabra lo invoca, lo sugiere. Deseo, sin duda, uno de los vocablos más poderosos en cualquier lengua: désir, desire, deseo... una de las sensaciones más intensas que pueden producirse entre dos personas. Confunde, transforma, embriaga, excita; convierte en poderoso a quél o aquélla objeto de deseo; puede llegar a enloquecer al que desea y no consigue.

El deseo es el motor del sexo. En las mujeres, suele ser de índole psicológica, nace en la mente, se potencia con la seducción. En el hombre, por el contrario, tiene, además del mental, un fuerte componente físico. Cuando el deseo surge de las percepciones, del intelecto, de la química, de la energía percibida inconscientemente, resulta arrollador, profundo, misterioso y perdurable

Desgraciadamente, el deseo es frágil. No siempre su evocación verbal se materializa con placer real en un acto físico. Cuando deja de existir en nuestras mentes, desaparece en nuestros cuerpos. Por muy bella, exuberante, y en teoría deseable que pueda resultar una persona, si el sutil mecanismo que desencadena el deseo se trunca, éste desaparece, muere.

La costumbre, la rutina, la escasez de recursos intelectuales, las "desintonías" energéticas, matan mucho más el deseo que el propio tiempo. Todas las parejas pasan o llegan inevitablemente a este temido momento: la desaparición del deseo, una situación, si cabe, más frustrante cuando éste fue arrollador en un comienzo.

¿Puede regresar el deseo? Los especialistas dicen que sí. Pero requiere un trabajo en pareja que pasa, primeramente, por reconocer esta dolorosa realidad. Pocos se atreven a dar el paso de buscar ayuda profesional; los más caen en la apatía, el conformormismo o la infidelidad. Suelen ser las mujeres las que dan el primer paso, las que mejor verbalizan el problema.

La mayoría de las terapias de pareja que trabajan en este sentido consisten en la reeducación de los encuentros sexuales, de los intercambios verbales, conductuales o afectivos, atendiendo a lo que cada miembro de la pareja precisa para sentirse bien con él mismo y con el otro.

Creo que el deseo, aunque transformado o mitigado, puede volver; que, con inteligencia, puede regenerarse y desencadenarse una y otra vez. Pero sé que esa primera vez en la que el deseo nace entre dos personas es absolutamente irrepetible, más intensa si cabe que su propia realización.

¿Sigue existiendo el deseo en vuestran relación? ¿Habéis conseguido reinventarlo?

# martes, 06 de mayo de 2008 15:12

Permarexia: siempre a dieta

Ya existe un término para definir a aquellas personas que se pasan la vida a dieta: permarexia. No se trata de una patología propiamente dicha, pero sí, y eso quiero resaltarlo, de un desorden alimenticio. Porque controlar siempre lo que uno come o hacer un régimen detrás de otro, supone un comportamiento obsesivo. Detrás se esconden el estrés y la ansiedad, el miedo a engordar, la falta de aceptación de uno mismo, seguida del miedo a no ser aceptados por los demás.

¿Qué mujer no vive, em mayor o menor medida, a dieta? Aunque no sea con el objetivo de adelgazar, a cierta edad las dichosas hormonas femeninas nos obligan a controlar nuestra alimentación si queremos mantener a raya la grasa corporal, el azúcar en sangre, los triglicéridos bajos... La fisiología femenina es, en muchos casos, desagradecida; pero en otros, somos nosotras mismas quienes pretendemos, a toda costa, ir en contra de esa fisiología. Siempre hay cosas que se pueden mejorar, pero normalmente estamos bien en nuestro peso, aquel en el que tenemos un aspecto saludable.

Quienes padecen permarexia hacen de estar a dieta su forma de vida. Lo saben todo acerca de calorías, alimentos sanos, dietas o trucos para adelgazar. No son anoréxicas ni bulímicas, porque comen y no vomitan, pero no tienen una relación sana con la comida ni una relación de cariño con su cuerpo.

Se puede vivir así, e incluso para muchas personas éste sea un estilo saludable de vida. Pero puede que tengas que convivir con problemas gástricos o endocrinos de por vida. El sentimiento de privación constante puede llegar a convertirnos en personas demasiado inflexibles, con límites que pueden ir mucho más allá de la propia comida. Y lo más triste: estar siempre a dieta puede hacernos padecer, también permanentemente, el temido efecto yo-yó; es decir, que encima de privarnos de comer lo que nos apetece, no consigamos adelgazar.

Las dietas debe prescribirlas siempre un endocrino o un nutricionista. Y no hay ninguno, por humanidad sobre todo, que mantuviera a sus pacientes a dieta de por vida. Otra cosa es mantener unos hábitos alimenticios saludables, comer de forma equilibrada, moderar las cantidades y evitar aquellos alimentos poco saludables. Algo que no significa dejar de comer ni renunciar a los placeres gastronómivos. Vivir siempre a dieta es algo muy diferente.

¿Pensáis que podéis padecer permarexia?

# lunes, 05 de mayo de 2008 14:46

Adictos a las marcas

En el mundo occidental es difícil encontrar a alguien que no consuma marcas. Todos los hacemos, desde la ropa a la tecnología, pasando por cosas tan cotidianas como los productos de limpieza o la comida. Existe todo un marketing de empresa orientado precisamente a crear marcas atractivas para el cliente; las que relacionan su producto con una experiencia emocional, como Coca-cola, Nike o Sturbucks, son las qué más fidelizan al público. El problema aparece cuando consumir cosas de marcxas se convierte en algo vital, en algo que nos proporciona status, que nos da seguridad e incluso nos hace sentir alguien.

No es la primera vez que escribo sobre la adicción a las marcas, que tiene mucho que ver con las/los adict@s a las compras, una patología que actualmente afecta a muchas personas, que llegan a gastarse su sueldo, antes de cobrarlo incluso, en cosas que a veces ni siquiera llegan a utilizar. Siempree he pensado que tras esta necesidad de tener, existe un gran componente de inseguridad, de baja autoestima, de ansiedad e incluso de falta de cultura (mucha gente piensa que lo caro, que las marcas, son sinónimo de lujo, de bueno, de status y caen, sin querer, en lo ostentoso y en la vulgaridad).

He vuelto a tocar este tema, que a todos nos afecta en menor o mayor medida, porque leí una entrevista hecha a un conocido adicto a las marcas y a las compras, Neil Boorman. Este londinense se hizo famoso por quemar en una hoguera pública, en pleno centro de Londres, todas sus pertenencias de marca. Y eran muchas, ya que después de superar un problema de alcoholismo, este ejecutivo, director de una elitista revista, se enganchó al consumismo "cool": no podía llevar nada que no fuera de una marca considerada "cool", e incluso se negaba a tener en cuenta la opinión de alguien que no fuera vestido según su código "fashion".

Boorman se planteó un reto que creo muy pocos llegaríamos a alcanzar: desprenderse de TODAS sus cosas de marca. Ropa, coche, agua, cigarrillos, menaje, ropa, productos de higiene.... Lo consiguió comprando genéricos, ropa de segunda mano o sin marca comprada en Internet, ropa interior de mercadillo, recetas artesanales para hacer jabón... El resultado de su odisea es el libro "No marcas", que ha presentado recientemente en Madrid.

¿Qué había detrás de esta obsesión de Boorman por las marcas? Él mismo lo ha contado: cuando era niño, sus compañeros de colegio se burlaban de él porque sus padres se negaban a comprarle ropa de marca. Como dice este ex ejecutivo, las marcas no pueden desaparecer y la publicidad se seguirá aporvechando de nuestras debilidades para hacernos consumir. Pero sí que podemos intentar mantener una relación "sana" o al menos normal con las marcas, es decir, una relación que no nos arruine, que nos haga consumir para calmar nuestra  ansiedad, que no nos haga sentir poca cosa cuando no podemos llevar o consumir cosas caras.

¿Cuál es vuestra relación con las marcas?

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