Deseo. Simplemente pronunciar esta palabra lo invoca, lo sugiere. Deseo, sin duda, uno de los vocablos más poderosos en cualquier lengua: désir, desire, deseo... una de las sensaciones más intensas que pueden producirse entre dos personas. Confunde, transforma, embriaga, excita; convierte en poderoso a quél o aquélla objeto de deseo; puede llegar a enloquecer al que desea y no consigue.
El deseo es el motor del sexo. En las mujeres, suele ser de índole psicológica, nace en la mente, se potencia con la seducción. En el hombre, por el contrario, tiene, además del mental, un fuerte componente físico. Cuando el deseo surge de las percepciones, del intelecto, de la química, de la energía percibida inconscientemente, resulta arrollador, profundo, misterioso y perdurable.
Desgraciadamente, el deseo es frágil. No siempre su evocación verbal se materializa con placer real en un acto físico. Cuando deja de existir en nuestras mentes, desaparece en nuestros cuerpos. Por muy bella, exuberante, y en teoría deseable que pueda resultar una persona, si el sutil mecanismo que desencadena el deseo se trunca, éste desaparece, muere.
La costumbre, la rutina, la escasez de recursos intelectuales, las "desintonías" energéticas, matan mucho más el deseo que el propio tiempo. Todas las parejas pasan o llegan inevitablemente a este temido momento: la desaparición del deseo, una situación, si cabe, más frustrante cuando éste fue arrollador en un comienzo.
¿Puede regresar el deseo? Los especialistas dicen que sí. Pero requiere un trabajo en pareja que pasa, primeramente, por reconocer esta dolorosa realidad. Pocos se atreven a dar el paso de buscar ayuda profesional; los más caen en la apatía, el conformormismo o la infidelidad. Suelen ser las mujeres las que dan el primer paso, las que mejor verbalizan el problema.
La mayoría de las terapias de pareja que trabajan en este sentido consisten en la reeducación de los encuentros sexuales, de los intercambios verbales, conductuales o afectivos, atendiendo a lo que cada miembro de la pareja precisa para sentirse bien con él mismo y con el otro.
Creo que el deseo, aunque transformado o mitigado, puede volver; que, con inteligencia, puede regenerarse y desencadenarse una y otra vez. Pero sé que esa primera vez en la que el deseo nace entre dos personas es absolutamente irrepetible, más intensa si cabe que su propia realización.
¿Sigue existiendo el deseo en vuestran relación? ¿Habéis conseguido reinventarlo?