Chic@s, la prueba del bañador está a la vuelta de la esquina, si es que no nos habéis tenido que enfrentar ya a tan temido momento. Desde todas partes -tv, revistas, escaparates...- nos acechan cuerpos esculturales, culos perfectamente moldeados, pieles bronceadas y libres de celulitis, michelines y otras inconveniencias. Ante tanta perfección uno se echa a temblar, no sabe si apuntarse a un gimnasio, contratar un entrenador personal, a un gurú, hacer la "dieta del esparadrapo en la boca", apuntarse a sevillanas, ir a ver a un santero o todo eso a la vez. Plenamente consciente de mis limitaciones, este año yo he decidido hacer la "operación triquini".
Ejercicio hago algo, más o menos camino a diario, y como bastante sano, pero no soy capaz, de ninguna manera, de ponerme a dieta. Desde la cocina, cada tarde, mientras trabajo en casa, oigo, como cantos de sirena, los susurros de las galletas de chocolate insinuándome que tampoco engordan tanto. Y realmente no son tan calóricas... si no te comes siete seguidas, claro. Luego, en la soledad de mi habitación, me habla mi tripa, entre gruñidos y retortijones, quejándose de tanto exceso calórico.
Mis amigas están igual, todas diciendo que se van a poner a dieta para poder entrar en el biquini, mientras nos ponemos moradas de croquetas, huevos estrellados, ensaladilla rusa bien de mayonesa, y una degustación de postres porque "si no te das un capricho de vez en cuando qué asco de vida es ésta". Eso sí, luego nos tomamos un poleo con sacarina para compensar un poco. Mi amiga Laura, embarazada de casi seis meses, lo que se plantea no es ya la operación biquini sino la operación "que no me ponga como el muñeco de Michelín, por Dios".
Las plataformas vibratorias, como la que acaba de lanzar Reebok para uso doméstico, se han convertido en la estrella de la "operación biquini" en los centros de estética y clubes deportivos de lujo. Como os decía en otro post, no hay famosa que se precie que no tenga una en casa o la utilice en su entrenamiento. ¿Por qué están tan de moda? Supuestamente porque en tan sólo 10 minutos consigues, tonificar los músculos, quemar calorías, activar el metabolismo, mejorar la celulitis y producir endorfinas. La solución perfecta para quienes odian hacer ejercicio o tienen poco tiempo. ¿El problema? Es caro: una buena plataforma puede costarte unos 800 € y las sesiones en los centros de estética tienen que ser semanales y constantes, lo que supone un goteo permanente de dinero que pocos pueden permitirse.
La intención, como la de la mayoría de los que acudimos al gimnasio por esta época, la tenemos todos. Y lo intentamos, pero qué fácil es sucumbir. Uno desarrolla estrategias mentales de todo tipo para autoconvencerse de que todavía tiene tiempo, de que con dejar de comer pan bajará lo que le sobra, de que la semana siguiente va a hacer una clase de spinning todos los días. Los hay, tenaces y esforzados, que lo consiguen, que son capaces hasta de llenarse la boca de piedras para no comer o de apuntarse a una maratón para quitarse el michelín. Esos son los que luego se pasean orgullosos por la playa o la piscina luciendo tipo como si la cosa no fuera con ellos.
Los más, lo intentamos y algo mejoramos el tipo, pero nunca llegamos a los objetivos marcados. Por pereza, por falta de tiempo, de dinero, por aburrimiento o porque, simplemente, no nos da la gana sufrir tanto para estar un poco más guapos. Y no es que no esté bien cuidarse, es sano y recomendable por salud física y mental, pero como una hábito más de vida y no como una necesidad imperiosa y estresante una vez al año.
Este año, para no agobiarme con la operación biquini y poder estar visible en la playa, yo me he apuntado a la operación triquini, que, bien elegido, tapa estratégicamente la tripa, la zona donde a mí se me cumulan todas las galletas de chocolate. Otra buena solución es comprarte un bañador de premamá, de esos que constan de coulotte y camisetita amplia de tirantes, y decir que vas a la moda "lolita bay doll".
¿Cómo estáis enfrentando este año la "operación biquini"?