Por tarantos y soleares, así cantaba yo el otro día mientras me hacían la depilación láser en las ingles. Tres sesiones todavía y a cada cual más dolorosa. "¿Otra vez se te ha olvidado echarte la pomada anestésica?", me decía con voz melosa la técnico en cuestión. "Pues, sí -le contesté yo-, entre las 15.542 cosas que tenía que hacer hoy antes de poder venir a que me achicharráseis los pelos, estaba la de encontrar, comprar y aplicarme la maldita pomada". "También es que tu piel es muy morena y te quema más", continuó. "Pues como me des otra pasada más te arranco la mano de un mordisco", pensé yo mientras me agarraba a la camilla y apretaba los dientes con los ojos inyectados en sangre. "Hija, para estar guapa hay que sufrir"... Lo tuvo que decir... ¿Por qué tipo de karma cósmico las mujeres estamos obligadas a sufrir para estar guapas?
Mesoterapia. Una técnica estupenda y que funciona muy bien contra la grasa localizada y la celulitis. Si no fuera porque consiste en acribillarte a pinchazos para que las sustancias activas vayan directas al "meollo" del problema. Te pinchan en la tripa o en el culo, duele y luego salen moratones. No me lo he hecho nunca pero me lo han contado amigas que lo han probado.
Pedicura y manicura. Parecen inocuas y agradables, pero no lo son... Como soy un desastre en lo que se refiere al cuidado de manos y pies (me los lavo y me echo crema como mucho; ¡ah! y estoy aprendiendo a limarme las uñas sin dejarlas como ruedas dentadas) me dejé hacer ambas cosas por la esteticista rusa de la pelu a la que menos miedo le tengo. Rusa... Sé que no váis a creer lo que os cuente, pero ocurrió. Me torturó física y psicológicamente, lo juro. Primero, y con un tinte en la cabeza, me llevó a su "guarida estética" y me hizo meter los pies en una palangana como la que usaba mi abuela para calmar los juanetes en verano. Luego sacó un paquete de cuchillas (´momento en el que mi tinte y yo nos incrustamos en el respaldo del sofá) y empezó a quitarme las durezas con un quitacallos de lo menos glamouroso, esparciéndolas además por todo el suelo y por encima de ambas. Después me retiró las cutículas con un palo, o al menos lo usó como tal porque me hizo un daño horroroso. Por la sensación que tuve, creo que los padrastros me los arrancó con los dientes. Todo esto mientras me contaba, con un inquietante español con acento ruso, la historia de su amiga, que se había juntado con un español por su dinero. "No puedes hasserr, yo le digo, no puedess hasserr, tienes que ganar dinerro porr ti". Una y otra vez me contó la historia sin piedad. Al menos sus argumentos eran buenos. Cuando me hubo puesto la cabeza como una lavadora, procedió a pintarme las uñas, saliéndose generosamente por todos los lados, dejándome los pies como si me los hubiera mordido un gato. Hecho esto, pasaríamos de nuevo al salón para hacerme las manos mientras me secaban el pelo. ¡Qué momentazo amigos...! Como no tenía las chanclas básicas que en cualquier centro medio decente de estética usan y yo no me podía poner mis zapatos hasta que se secasen las uñas, me hizo ponerme sus sandalias. Juro que no tengo prejuicios respecto al vestir de cada uno, pero eran horrorosas, tremendas, abominables, y encima me estaban tres números grandes.
Recapitulemos: tinte en la cabeza, orejas y frente negros por el susodicho tinte, que ya me escocía en la cabeza, babero de plástico, pies como si me los hubiera mordido un gato y enfundados en una sandalias horrorosas... El momento ideal para que aparezca el hombre de tu vida, vamos. Y aún me esperaba otra buena tunda. Yo quería decirle que las manos no me las hiciese ya, total, después de lo de los pies no iba a poder ni andar... Pero me dio corte y opté por hacerme la medio dormida para que por lo menos no me hablase. Lo de las manos fue mucho peor. Me tiró tanto de los padrastros que me hizo sangre en varios dedos. Me los envolvió en tiras de papel, con lo cual ya daba yo por arruinado de por vida mi sex-appeal; por lo menos una herida iba a quedar en mi orgullo. Como empecé ya manifiestamente a inquietarme, la rusa se empezó a poner nerviosa, nerviosismo que transmitió a sus movimientos y dio como resultado que el corta-padrastros se le cayese en punta y se quedara ¡clavado en mi pie! (os juro que es verdad). Después de eso yo ya quería ser fea, cateta y desaliñada, maloliente a ser posible. Tras terminar la "faena" (dos orejas y el rabo sin duda) se puso a mirarme fijamente a la cara y me dijo que me hacía falta una limpieza de cutis. "Casualmente ayer me hicieron la primera de mi vida", le dije medio llorando ya. "Da igual -me contestó impertérrita-, limpiessa de cutiss siemprre viene bien", sentenció.
Liposucción. Por suerte, nunca me he hecho ninguna, me aferro al gimnasio con uñas y dientes para que no llegue nunca ese día. Pero alguna de mis amigas sí, y se pasa canutas, por no decir una grosería. Negro. Así se te queda el cuerpo de los moratones, y encima te tienes que poner una mega faja con la que pareces el muñeco de Michelín. Sólo ir a hacer pis requiere un esfuerzo tan sobrehumano que eres capaz de no beber en todo el día con tal de no tener ganas.
Extensiones. También parecen inofensivas, pero puedes acabar con el pelo como una rata, como le pasó a una pobre amiga mía. Se las puso en una peluquería bien cara y de buena calidad, pero no se las pusieron bien. Al día siguiente aquello empezó a enmarañarse, así que volvió a la peluquería, donde le dijeron que el pelo con extensiones había que cuidárselo mucho y le encasquetaron un montón de carísimos productos para tal efecto. Nada, aquello se seguía enmarañando y mi amiga se pasaba la vida, en la compra, en el cine, de copas incluso, con el cepillo en la mano. El sumum llegó un día que nos fuimos a dar un masaje tailandés (no todo iban ser sufrimientos). Como no iba armada con todos sus productos, después de la ducha necesaria tras el unte de aceite, el pelo se le transformó en una especie de nido de cigüeñas con cría incluida. En mi vida he visto una maraña igual, ¡ni una rasta de 20 años!, aquello era todo el pelo directamente como una rasta. Le entró tal histeria que se empezó a cepillar el pelo y no paró en cuatro horas, tras lo cual se había arranacado las extensiones, y la mitad de la cabellera también.
Podría contaros muchas más historias, pero también me gustaría reírme también un poco con las vuestras. ¿Qué sufrimientos soportáis para estar bellas? Hago la pregunta extensiva a los chicos...