La playa puede ser un lugar maravilloso... o un auténtico infierno. De ahí lo de parafrasear el título de la peli de Johnny Depp, "Miedo y asco en Las Vegas". A mí, que me fascina estar junto al mar, sentir la arena bajo el cuerpo, el sol y el agua en la piel, según donde vayas puede que lo que sientas sean otras cosas mucho menos agradables.
Entiendo que cuando vas con la familia, sobre todo con niños, tienes que elegir playas de fácil acceso, agua más o menos tranquila y cálida, chiringuitos y restaurantes cerca... Aunque creo que a veces los niños se deberían adaptar más a los padres, y no a la inversa, pero ése es otro tema. Pero si eres más o menos libre de ir donde quieras, no entiendo muy bien lo de ir a las playas donde hay que hacer cola para poner la toalla. Porque así, en mi opinión, la playa se convierte, más que en un lugar placentero y relajante, en una fuente de estrés.
Mi destino preferido de playa es Cádiz, porque por mucha gente que haya (que cada vez es más), las playas son tan grandes que siempre puedes encontrar un sitio donde estés prácticamente solo. Y si quieres compañía, te acercas a algún chiringuito, los hay con buena música, buenos cócteles, buenas vistas para la puesta de sol y la gente justa, como el Gran Baba. El Aborígena, el mítico chiringuito de El Palmar, por desgracia, cada vez ilustra mejor el título de este post: miedo y asco. De ser un sitio increíble al que acudir al final del día para ver la puesta de sol, se ha convertido en el refugio de los desfasados de la zona, en una pasarela de modelitos y, según el día, en una pocilga gracias a los cigarros, petas, copas, comida y otras porquerías varias que la gente "se deja olvidada" por la arena. Y estas cosas, suelen ir a parar al mar, que es el olvido...
Volviendo a las aglomeraciones. Cuando era pequeña fui muchas veces de vacaciones a Levante con mis padres y mis hermanos. Disfrutaba como la enana que era, pero de mayor, mi visión sobre las playas levantinas en temporada alta ha cambiado sustancialmente. Especifico en temporada alta, porque fuera de temporada Levante tiene sitios maravillosos. Las dos veces que, en los últimos años, he ido a estas playas en julio o agosto, he creído morir del agobio, no he conseguido disfrutar de ninguna de las sensaciones y propiedades relajantes y curativas que para mí tiene la playa; sino más bien todo lo contrario, he vuelto neurótica perdida con tanta gente, con el volumen de ruido tan monstruoso que puede llegar a producir una multitud de niños y bañistas a la orilla del mar, con un tremendo agobio existencial por la falta de espacio, con un pelín incluso de agresividad por tener que pelear cada mañana por poder plantar la toalla. Fuera de la playa, el exagerado bullicio, ruido y caos de restaurantes, bares o tiendas me resultaba agotador y acrecentaba por momentos mi nerviosismo.
La gente cochina en la playa también me pone de los nervios. Bañándome hace unos años en Benidorm, vinieron flotando hacia mí, sinuosa y calladamente, un zapato y una compresa, con lo cual salí del agua como alma que lleva el diablo y ya no me volví a mojar más que en las duchas de la playa y cuando estaba ya al borde de la insolación. Recuerdo que cuando era pequeña me encantaba andar por la orilla del mar con mi cubito para recoger conchas y tesoros del mar; si haces eso ahora en casi cualquier playa lo que te encuentras son colillas (odio esa costumbre de algunos fumadores de enterrar los cigarros en la arena), botes, plásticos, anillas de latas, preservativos y otras lindezas.
Cuando estoy en la playa me gusta también que la gente se adapte al contexto. Estás en la naturaleza, bajo el sol, frente al mar y sobre la arena; y lo ideal es fundirse con todo eso. Me explico, no entiendo muy bien a esas mujeres (y cada vez más hombres) que van a la playa como si fueran de fiesta. En Cerdeña me maravilló este fenómeno: las italianas iban con tacones de vértigo a la playa, con montones, de "joyones", súper maxigafas, ropa de "megamarca" y muchas, maquilladas. E ir pintada a la playa me parece una de las cosas más absurdas que existen, por muy waterproof que sea un maquillaje o una máscara de pestañas, tras varias horas bajo el sol aquello debe convertirse en mantequilla.
Siguiendo con el contexto, tampoco me gusta nada un fenómeno que se da mucho en Ibiza: el desfase en la playa. Para mí, que voy como una niña y veo la playa como prístino lugar de renovación física y espiritual, ver a gente "pedo", bebiendo sin parar o drogándose en la playa me produce una sensación de asco si cabe mayor que cuando veo la basura que las olas traen a la orilla. Si encima hay niños por ahí correteando, la sensación desagradable aumenta.
Por suerte, la moneda siempre tiene dos caras. Frente a las playas masificadas, sucias y recalcitrantes (entiendo bien a esos hombres que odian la playa si a las que van son de ese tipo) también las hay limpias, enormes y solitarias. Como las de Cádiz, Huelva o el norte. En general, para encontrar algo bueno hay que buscar y estar dispuesto a sufrir un poquito; a las calas y las playas más bonitas se suele acceder por largos y dificultosos caminos que ponen a prueba la voluntad y verdaderas intenciones del visitante.
¿Habéis sentido alguna vez estos agobios en la playa?