Pocos recuerdos son para mí tan embriagadores como los de las noches de verano. Cuando le robas horas al sueño sin reproches, cuando el ambiente y la gente se empapan de una energía nueva y misteriosa, cuando el calor llena de sensualidad el ambiente... Todos parecemos despertar de nuestro letargo personal en verano; cuando nos reencontramos con nuestro propio cuerpo y el de los demás.
El verano es vital y alegre por definición. En una noche de verano uno tiene la sensación de que puede ocurrir cualquier cosa...
Recuerdo noches de verano profundas y solitarias en Grecia; recuerdo noches bulliciosas y vibrantes en Marrakech; recuerdo noches locas y aceleradas en Madrid; recuerdo noches llenas de mar, bruma y estrellas en Cádiz; recuerdo noches llenas de exotismo en Estambul. Recuerdo con especial cariño las noches de verano de mi adolescencia en Badajoz, cuando por fin podía regresar a casa al amanecer...
El verano, el calor, la noche, la visión de nuestros cuerpos ligeros de ropa, incitan inevitablemente a la sensualidad, al deseo, al sexo; tal vez al amor. Quien está soltero, ve exaltados en verano sus deseos de vivir una aventura; quien tiene pareja...
El verano suele ser una estación deseada, esperada, anhelada. Para muchos significa descanso y, sobre todo, disfrutar de las vacaciones más largas del año. Para otros el verano resulta penoso y largo, el calor les supone un hándicap indeseable. Pero siempre habrá alguna noche en que la brisa corra, en que el mar les adormezca con el arrullo de sus olas, en que la naturaleza les inavada con su sonoro silencio...
En una noche de verano, la duermevela y los momentos de soledad se llenan de una intensa belleza; también de anhelos, recuerdos y sensaciones que reverberan como un eco en nuestro interior. Todo el mundo debería vivir en soledad una noche de verano; todo el mundo debería reír en compañía en una noche de verano; todo el mundo debería compartir la piel de otro en una noche de verano...
De niños, de adolescentes, el verano supone un tiempo sin tiempo, en el que el horizonte no es sino la línea que marca el ocaso de cada día. Juegos en la playa, la piscina, el campo; vacaciones en familia; las primeras juergas, los primeros amores... Sensaciones, situaciones, personas que sólo existen de verano en verano.
De adultos, el verano pierde casi por completo su pátina mágica. El tiempo existe; el cuerpo, sometido a duros ritmos, pide descanso; la mente alberga ideas, prejuicios, bloqueos... Pocos son los que pueden perderse en ese tiempo sin tiempo, en ese devenir inesperado, en esa embriagadora sensación de no tener que pensar en el mañana...
Pero a veces, ocurre. Tras una sucesión de veranos en calma, con conciencia del tiempo y la propia realidad, una noche de verano, en el que éste ha llegado por sorpresa, te descubres riendo en la calle con tus amigos sin saber qué hora es. Te maravillas en la soledad de tu habitación empapándote de la energía y la belleza del amanecer. Tomas conciencia de tu cuerpo amando a otro, aunque sea sólo durante ese instante, en un lecho improvisado...
¿Habéis vivido intensas noches de verano?