Cómo me gusta observar a la gente con sus mascotas. Creo que son un buen reflejo de su personalidad y hasta de su apariencia fìsica. Hay una tira de Mafalda que siempre me ha encantado, en la que se para mirar por la calle el parecido físico entre las personas que pasan y sus perros. Entre dueño y animal hay, sin duda una relación especial que muchas vece llega al amor, sobre todo por parte de la mascota.
Querer a un animal es fácil, sobre todo a un perro, el amigo más fiel y desinteresado que se puede tener aparte de un padre (y no siempre). Hace no mucho leí una cosa curiosa sobre personas, sobre todo mujeres mayores solas, que tenían perros a los que trataban casi como si fueran sus hijos. El psicólogo afirmaba que por parte de estas inocentes viejecitas ese cariño hacia sus mascotas no era tan desinteresado y bondadoso como pudiera parecer; lo pobres perros se convierten muchas veces en el objeto de sus deseos frustrados y necesidad de compañía. En lugar, de andar correteando por la calle y divirtiéndose con otros perros, viven encerrados en casa vestidos con inefables modelitos para poder atender bien las siempre insaciable necesidades de atención de sus dueñas.
Algunos de mis amigos tienen perro y me fascina la relación que se establece entre ambos y otros miembros de la familia, sobre todo niños y mayores (no del tipo antes descrito). Mis amigos quieren a sus perros y disfrutan de ellos con verdadera pasión y esfuerzo; porque levantarse a las siete de la mañana para sacar a pasear a un perro o bajarlo al parque en pleno invierno a las once de la noche es un verdadero acto de amor. Pese a estos sacrificios, siempre me ha gustado ver a la gente pasear con sus perros o ver con cuánto cariño les reciben al llegar a casa.
Me encanta que la gente tenga mascotas, siempre y cuando las cuiden bien. Y por bien no me refiero sólo a un trato digno, sino adecuado a su condición de animales. Me explico: hay gente que distorsiona esta relación persona-animal y trata a los animales como si fueran personas, mucho mejor que a las propias personas que les rodean dirían yo. No entiendo a esa gente que le da de comer jamón serrano a sus perros, caviar o entrecotes, que les permiten que campen a sus anchas por toda la casa, haciéndose dueños de camas y sofás; que molesten alarmantemente a los invitados cuando van de visita sin que éstos puedan decir nada sin recibir una airada mirada de reproche. A un perro y a cualquier otro animal hay que tratarlos como tal, pues no se les hace ningún favor haciéndoles adoptar comportamientos humanos; todo lo contrario, se mata la misma esencia del animal.
Hay gente que tiene mascotas muy curiosas. Últimamente veo por mi barrio algunos hurones, muy graciosos, pero no sé si preparados para vivir en una gran urbe. Respeto los gustos de la gente respecto a sus mascotas, pero reconozco que no sería capaz de tener en casa serpientes ni iguanas; los hay aficionados a las tarántulas y otros bichos rarísimos.
Mi ritmo de vida y la casa donde vivo hacen muy difícil poder poder cuidar de una mascota. De pequeña hubiera dado mi vida por tener un perro, pero como era alérgica al pelo, tenía que conformarme con mascotas más pequeñas e inofensivas. Era tal mi obsesión, que probé muchas veces a sacar a pasear a mis galápagos; los paseos eran eternos, claro.
Me gustaban tanto los animales que siempre me las apañaba para que mis padres accedieran a comprarme alguna mascota. Tuve pollitos (qué trauma con uno que aplasté mientras le haía una casita con pesadas paredes de madera...), patos, cobayas, canarios, tortugas, galápagos, una paloma medio muerta que cazó mi padre y escondí varios días en el aramario de una muñeca, ataviada con un vestido de la misma... Pero la mascota a la que más cariño le tuve fue a mi periquito "Martirio". Me lo encontré en la ventana de mi habitación cuando tenía unos doce años. Inmediatamente pensé que era un regalo del cielo en respuesta a mis plegarias, pues al abrir la ventana y ofrecerle delicadamente la mano, se subió graciosamente a mi dedo y entró conmigo en casa.
Martirio estaba amaestrado y hablaba, cantaba, bailaba y hacía mil monerías que a mí me volvían loca. Era tan especial que podía estar perfectamente fuera de la jaula, en la que se metía él solo cuando quería dormir, comer o descansar. El resto del tiempo andaba por la casa viendo la televisión con nosotros, en mi hombro mientras estudiaba, en la cocina escuchando la radio con mi madre... Por las mañanas desayunaba conmigo subido al borde la tazón de cereales; en verano le encantaba bañarse en el lavabo con el chorro del grifo cayéndole como si fuera una cascada.
Os juro que todo lo que os he contado es verdad, era un animal encantador con el que to tenía una relación especial. Siempre andaba encima mío, haciéndome cosquillitas dulcemente en la cara con el pico, jamás me hizo daño. Una vez que me fui de vacaciones casi murió de inanición y de pena; nunca nadie me ha recibido tan calurosamente al volver a casa... Pero Martirio voló un día, tal vez tenía que ser así. Lo llevamos a Extremadura de vacaciones con nosotros y al entrar una visita inesperada se asustó y salió volando por la puerta. Lo busqué durante días sin resultado; me pasé días llorando su marcha; todavía me acuerdo de él. Ya no tuve más animales.
¿Cómo son vuestras mascotas?