Creo que, sin ser conscientes de ello, la mayoría somos adictos al azúcar refinado. Digo esto porque no es imprescindible consumir directamente azúcar blanco para tener una exceso de esta sustancia en nuestro organismo. El azúcar refinado no sólo se emplea para hacer dulces y golosinas, sino que se añade como aditivo u mitigador de acidez a salsas, yogures, embutidos, zumos, batidos, platos precocinados y congelados, cereales, pan, comida china y fast food. Hasta el alcohol y el tabaco son prcesados mediante el azúcar para que creen más adicción en el consumidor.
¿Diríais ahora que no sois adictos al azúcar? Porque el consumo de azúcar blanca o refinada crea adicción en el organismo debido a las irónicas bajadas de glucosa que provoca. Es decir: cuando tomamos mucho azúcar el páncreas debe producir una gran cantidad de insulina para procesarlo, lo que provoca un "barrido" total en sangre de esta sustancia, quedándonos por debajo de los niveles necesarios; lo que pronto provoca de nuevo sensación de hambre y necesidad de más azúcar, lo que hace que el organismo se sumerja en un círculo vicioso muy perjudicial para la salud.
Según explica la naturópata Luisa Martín Rueda en su interesantísimo libro "Vivir sin azúcar" (Océano Ambar), el azúcar blanco o sacarosa, y tirando por tierra una creencia generalizada, no es un alimento, sino una sustancia química concentrada. No contiene ningún tipo de nutriente, solamente calorías. Aunque cueste creerlo, el azúcar blanco no le aporta nada, en términos nutricionales, a nuestro organismo, ya que durante su proceso de elaboración desparecen las vitaminas, minerales y posibles sustancias alimenticias que pudiera contener.
¿Hay que prescindir entonces por completo del azúcar? Del refinado, si es posible, sí, ya que, como explica esta experta en su libro, a nuestro organismo no sólo no le aporta nada -aparte de muchísimas calorías- sino que ataca nuestra salud. De lo que nuestro orrganismo, sobre todo el sistema nervioso y locomotor, no debe ni puede prescindir es de la glucosa, presente en la miel, el azúcar moreno o integral (no el azúcar blanco teñido con colorante), la melaza, las frutas y verduras, los frutos secos, las legumbres y otros hidratos de carbono complejos como las patatas, el arroz, el pan o la pasta, cuyo índice glúcemico es bajo o medio, es decir, que nos proporcionan niveles constantes de glúcógeno durante mucho tiempo, lo que estabiliza nuestro organismo y evita los ataques de hambre.
Según lo dicho, podemos prescindir totalmente del azúcar y los dulces, ya que todo el glucógeno que necesitamos nos lo pueden proporcionar los alimentos mencionados. De ellos, los hidratos de carbono más interesantes por su calidad nutricional y su bajo índice glucémico son las legumbres (que también contienen una importante cantidad de proteínas), las frutas y verduras. El pan, la pasta, el arroz y otros cereales deberían tomarse en sus formas integrales para reducir los niveles de glucógeno y recibir más nutrientes, ya que cualquier alimento refinado (como el pan blanco), pierde en calidad nutricional y gana en calorías vacías.
Nuestro cuerpo podría incluso prescindir de otros endulzantes altamente calóricos como la miel o la melaza si estamos bien alimentados. Pero claro, está la cuestión del placer... Comer dulce es un acto altamente placentero al que, en mi opinión, no debe renunciarse a no ser que queramos convertirnos en unos mártires o unos ascetas nutricionales. Pero sí podemos tomar dulce de forma inteligente: por ejemplo, cambiando los sobrecitos de azúcar blanco por una cucharada de miel, sirope de arce o melaza, que al menos sí contienen sustancias beneficiosas para nuestro cuerpo; tomando dulces de forma esporádica y, a ser posible en su versión integral o al menos caseros; probando a comernos una pieza de fruta o un puñado de frutos secos cuando sintamos necesidad de dulce; tomando de vez en cuando una onza de chocolate negro, de gran valor nutricional, en lugar de un bollo industrial...
¿Por qué tanta manía al azúcar blanco? Porque no sólo es una de las cuasas del sobrepeso y la obesidad (debido a su uso encubierto y abusivo en la industria alimentaria), sino que no sólo no aporta beneficios a nuestro organismo, sino que nos resta salud y es la causa de muchos de los males que padecemos: cansancio, estrés, cefaleas, problemas digestivos, nerviosismo, enlentecimiento del metabolismo, depresión, envejecimiento prematuro y hasta descalcificación. Esto es debido a que, para su procesamiento en nuestro organismo, el azúcar refinado requiere de vitaminas (sobre todo del grupo B) y calcio, que le roba impunemente a nuestro cuerpo.
¿Érais conscientes de la cantidad de azúcar refinada que tomábais sin daros cuenta? ¿Relacionáis alguno de vuestros problemas de salud, como el estrés o el sobrepeso, con su consumo?