En otoño se cae todo. Las hojas, la luz, el pelo, el ánimo... Para mí éste es el peor cambio de estación del año. No sé lo que es el hastío primaveral; la llegada del calor me despierta y me llena de energía. La llegada del frío me encoje, me quita fuerzas y me entristece. Odio el cambio de hora, borraría del calendario el día en que, tras esos largos días de verano, de repente se hace de noche a las 6 de la tarde.
Mucha gente se activa con el frío. Y la verdad es que una vez "metidos en materia", el otoño el invierno me gustan y tienen grandes encantos. Pero la transcición la llevo fatal. Tras los intensos días de sol, mi piel acusa la falta de luz y se llena de granos. Mi color de cara va perdiendo el favorecedor tostado y se va asemejando cada vez más al tono de las lechugas, los pistachos y las aceitunas, es decir, verdoso. El pelo se me queda triste y sin vida y las capas de piel caen una tras otra llevándose mi estupendo bronceado playero. A no ser que estés forrada y te puedas hacer un montón de tratamientos estéticos regeneradores, el final de verano puede suponer tu peor momento de belleza del año.
Fea, triste y encima triste bucólica, porque la caída de las hojas y los colores del otoño son espectaculares, pero también suponen, al menos en mi caso, una caída del ánimo. Temporal pero intensa. Te pillan las primeras lluvias en tirantes, te congela el viento apurando una terraza, te encuentras más de un día mirando las botas del de al lado cuando tú llevas aún las sandalias romanas... Te sorprende un día un lágrima inesperada resbalando por tu mejilla.
El otoño es, sin embargo, una estación estéticamente bellísima. Todo invita a la contemplación, al descanso, a las tardes de cine, de abrazos con mantita en el sofá, de leche caliente y largas lecturas. Tu casa se convierte en un lugar cálido y acogedor... Si tienes quien te acompañe al cine, quien se acurruque contigo bajo la manta, quien te pida que dejes de leer y apagues la luz. Los románticos parecen reproducirse en otoño. Si no lo eres, te dan ganas de ir soltándole golpes a las parejitas que te encuentras besándose por el parque o entrando de la mano al cine.
Por suerte y como casi todas las transiciones, la del verano al otoño es dura, pero merece la pena. Porque comienza otro ciclo, porque el cambio implica vida y continuidad, porque el paso de una estación a otra nos renueva y nos hace desear de nuevo el sol, los días largos y el calor, regalos que, de existir siempre, perderían su valor. El cambio de estación invita también a realizar cambios personales, vitales, a limpiarse y prepararse para recibir lo nuevo que está llegar.
¿Sufrís, como yo, la crisis otoñal? ¿Cómo la combatís?