Ya se acerca. Los adornos de las calles, aunque apagados aún, parecen esperar ansiosos el pistoletazo de salida. Los programas solidarios se multiplican en televisión, recordándonos que tenemos que ser mejores, aunque sólo ses por unos días. Los turrones y los mazapanes, que se venden desde hace tiempo en los supermercados y pastelerías, crispan con su sola visión los nervios de las pobres mujeres que tanto sufren por mantener la línea. Los juguetes despiertan precozmente el consumismo de los niños bajo todas las formas posibles: anuncios, folletos publicitarios, escaparates. Muchos papanoeles entrenan ya para el día "D" colgados a pulso de los balcones.
Si le pusiéramos música al párrafo anterior, habría compuesto un réquiem por la Navidad. Pero no es mi intención amargar a nadie y mucho menos quitaros la ilusión. Aunque negro, hablo desde el sentido del humor. Si habéis seguido mi blog desde el principio sabréis que no soy precisamete una enamorada de la Navidad, pero mentiría si dijera que la odio o no tiene momentos buenos o especiales para mí.
Eso sí, cuando pasa, respiro aliviada, no la alargaría más de lo que dura, si acaso, haría desaparecer algún que otro día. Como los de la busca y captura desesperada de los regalos. Los de las aburridas cenas de empresa, los de las llamadas eternas y desganadas para cumplir con la familia lejana. Los de las visitas de esa familia lejana que aparece en casa para tomar café y a las dos de la mañana sigue encontrando temas de conversación. El del atragantamiento con las uvas y la petardísima fiesta posterior. Esos en los que todo el mundo se empeña en que te tomes una copa cuando tú lo que quieres es irte al gimnasio a quemar la cinta de correr para no matar a nadie. Esos en los que te gastas media paga extra en lotería no vaya a ser que toque en el trabajo, en el susodicho gimnasio, en la panadería, en la pollería o en el chino de debajo de tu casa.
Pero no todos los días son cargantes en Navidad. También los hay especiales, emotivos, luminosos, sugerentes, esperanzadores... Como esos en los que ves la sonrisa que se dibuja en la cara de tus sobrinos cuando ven el árbol de Navidad o les hablas de los Reyes Magos. Esos en los que consigues reunirte con tus padres y hermanos para cenar, por una vez, todos juntos. Esos en los que tus padres preparan esos platos especiales de Navidad de lso que te acuerdas todo el año. Esos en los que no tienes que ir a trabajar. Esos en los que vuelves a ver a alguien a quien realmente echabas de menos. Esos en los que, si tienes suerte de haber conocido a alguien especial, decir Feliz Navidad o Feliz Año Nuevo adquiere un significado especial...
En mi opinión, el concepto de regalar en Navidad debería revisarse. Tanto para los niños como para los adultos. Los pequeños son los que realmente reciben los regalos con ilusión e inocencia, pero muchas veces les aturdimos y confundimos por el exceso de cosas que les compramos. Los regalos de los adultos suelen ser demasiado estándar, innecesariamente caros o, simplemente, poco adecuados o no deseados por esa persona. En general, los regalos inmateriales, esos que preparas tú mismo, pensados y hechos de verdad para quien va a recibirlos, son los que realmete provocan ilusión. Que te regalen un bolso es estupendo; que te regalen un collage de fotos que ya no recordabas, es maravilloso.
Ir a esquiar o a la nieve en Navidad tiene mucho encanto. Pero lo que realmente me gustaría hacer y aún no he conseguido, es pasar la Navidad en la playa, con sol y calor, celebrar el nuevo año corriendo a bañarme en el mar. Cuando la Navidad termina estoy contenta... porque ya queda menos para el verano.
A la Navidad ¿le compondríais un réquiem o una oda?