Ya han pasado las Navidades. Las rebajas se funden irónicamente con la resaca de uno de los días más consumistas del año. Quienes no pudieron comprar todo lo que quisieron antes del 6 de enero, lo intentan ahora que los precios se tornan más amables.
Pero el regalo más especial no suele ser el que traen los Reyes Magos. Ese regalo mágico, que hace aparecer una silenciosa lágrima, que te hace enmudecer de pura emoción, que te hace saber que quien te lo ha entregado pensó en ti durante mucho tiempo... ese regalo no suele encontrarse en las tiendas ni puede comprarse con dinero.
Cuando alguien aprecia, estima, desea, ama... ofrece sus sentimientos a través del regalo. Se toma su tiempo, saborea la búsqueda, disfruta con la elaboración, escoge con mimo, busca los detalles. Siempre obtiene más placer y felicidad regalando que recibiendo.
Cuando veo a mis sobrinas abrir un regalo tras otro en Reyes, perdiendo inmediatamente el interés por el anterior, siento nostalgia de esos regalos que alguna vez he tenido el privilegio de recibir. Cuando me han llenado de cosas, valiosas muchas de ellas, pero excesivas en número y en precio, siempre he sentido una pizca de hastío, de decepción incluso. Todo lo que puede comprarse con dinero puede conseguirse, y dejar de desearse.
A lo largo de mi vida me han regalado muchas cosas bonitas, glamourosas, útiles, originales, esperadas; deseadas, caras o baratas. Pero las que más me han gustado no tenían nada que ver con ropa, accesorios u otros objetos. Los libros, por supuesto, siempre han sido bien recicibidos, sobre todo cuando he notado la búsqueda y el deseo de encontrar esa historia especial para mí. Pero los regalos que más emoción me han causado son los que hizo para mí la persona que me regaló, aquellos otros que no podían verse ni tocarse sino sentirse y disfrutarse.
Las fotos siempre emocionan, sobre todo cuando han buscado y emarcado para ti aquellas que tienen historia, que significaron algo, que te hacen vibrar una y otra vez al verlas. Tengo algunas fotos, regaladas por personas especiales, que siempre conservaré; a las que me gusta volver de vez en cuando para saber que viví y sentí, que amé, lloré y reí.
Regalar un viaje es toda una declarción de sentimientos. No hay mejor compañero que el de viajes (¿no es la vida el más hermoso de todos ellos?); querer viajar con alguien es querer amar a alguien. Hay muchas formas de llegar a conocer a otra persona, y para mí, una de ellas es perderse por las calles de una ciudad desconocida, sorprendiéndose y deseando ser besado en cada rincón, recibir una confesión en cada pequeño restaurante, abrazarse en el atardecer de un puente o mirarse a los ojos frente a una maravillosa obra de arte.
Cualquier regalo acompañado de palabras, aunque sean unas líneas, aunque sea sólo una, es siempre recibido con una emoción especial. Quien hizo la ofrenda se tomó el tiempo de buscar el mensaje que mejor explicase su intención al regalar. Viniendo de un amante o una pareja, conozco pocas sensaciones tan profundas y vibrantes; viniendo de un amigo, un familiar o alguien que empieza a formar parte de nuestra vida, las palabras crean tácitos y especiales vínculos emocionales.
Hay otros regalos que no tienen envoltorio, que no se preparan ni se entregan como tales, que tienen un efecto más potente, íntimo y personal. Son los regalos que provienen de los sentimientos de los otros hacia nosotros. Son gestos, palabras escogidas, miradas, pequeños actos que nos tocan, nos acarician, nos hacen saber especiales o queridos, privilegiados por ser objeto de tales atenciones.
También me siento afortunada receptora de tales regalos. Quien ahora camina a mi lado me ha "tocado" con alguno de ellos. Nuestro regalo de Navidad fue algo especial, decidido y entendido por ambos; no podía ser de otra manera.
Algunos de sus silencios. Cuando coge mi mano por la noche. Cuando me mira sin saber ser visto. Al calmarme cuando siento pena o miedo. Al abrazarme sin que yo lo pida. Al presentarme a una preciosa niña de ojos oscuros y profundos. Esos son regalos que perduran en el tiempo, que nos hacen sentir sentir grandes. Que, aunque el tiempo pase y llegue la distancia, perduran en el alma y, en esos días de melancolía, te hacen sonreir levemente y pensar que alguien, un día, pensó en ti con emoción.
¿Habéis recibido alguno de estos regalos especiales?