Esta es la historia de dos mujeres, de dos putas, de dos princesas. Éste es el comienzo de una de las reseña de la película que lleva el nombre que da el título al post (genial Candela Peña). Hace ya varios años que la vi, pero hoy me ha venido a la cabeza en Zara. En todos los probadores hay pegatinas contra la violencia de género, invitando a decir "no" y ofreciendo un teléfono de ayuda.
Porque todas las mujeres deberíamos ser princesas. Para nuestros padres, para nuestros hermanos, para nuestros amigos, para nuestras parejas... Ni siquiera hay que llegar a la violencia de género para encontrar mujeres infravaloradas por los demás... y por ellas mismas demasiadas veces.
No quiero hacer en este post apología del feminismo ni maltratar a los hombres. Cuántos de ellos no se sienten tampoco príncipes en su reino. Cuántos no son valorados por sus parejas ni tienen la suficiente autoestima como para valorarse ellos mismos.
Pero esta historia empezó con una princesa. No de cuento, hace mucho tiempo que las chicas dejamos de creer en príncipes azules, exasperantemente cursis, por cierto. Pero la palabra princesa me gusta; me gusta que me la digan, me gusta decírsela a mis amigas, a mis sobrinas. Te hace sentir especial; dicha por un hombre, tiene un teremendo encanto.
Lo que desearía, sin embargo, no es ser llamadas princesas, sino que nos hagan sentir como tales, sobre todo las parejas. Si tu novio, tu amante, tu marido, tu pareja, no te hace sentir como una princesa (y todas entendéis a qué me refiero), ¿para qué? Bastante complejo es llevar una relación adelante, como para que encima no nos hagan sentir bien. El reto es mutuo, por supuesto: si no estás dispuesta a hacer que tu chico se sienta como un príncipe, no tiene sentido. Si decides estar con alguien, que sea para dar, para cuidar, para querer ¿no?
Imagino que cada mujer tendrá una idea diferente de lo que para ellas significa ser tratadas como princesas. La mía significa que me hagan sentir libre, grande, única, especial, querida, cuidada. No tiene nada que ver con recibir regalos lujosos, ir a restaurantes caros o vivir en un chalet con piscina, que tampoco está nada mal. Pero aún siendo diferentes las necesidades de cada mujer, todas deberíamos ser respetadas, escuchadas, cuidadas, sentir que a la persona que está a tu lado le importas... Y si dejas de importarle, que sea lo suficientemente elegante como para decírtelo con clase y honestidad. Y que si es él quien deja de importarnos, sea capaz de devolvernos la libertad (que nunca debería habernos quitado, por cierto).
La responsabilidad de nuestra felicidad no puede nunca recaer más que en nosotras mismas. Por eso creo que si una mujer no se siente como una princesa (salvo esos días tontos que todas tenemos) nadie podrá hacérselo sentir nunca. Tanta modelo, tanta celebritie, tanta revista femenina, tanta publicidad engañosa, tantos cánones de belleza equivocados nos han hecho pensar que no merecemos ser princesas a no ser que tengamos una talla 38, un bolso de marca o menos de 40 años.
Lady Di era una princesa real y, sin embargo, durante su matrimonio con Carlos de Inglaterra se sintió la mujer más desgraciada del mundo. Da igual la condición social, la belleza o el estado civil, ninguna mujer -y ningún hombre, por supuesto- debería sentirse poca cosa frente a otra persona.
Las relaciones de pareja, que tanta felicidad deberían aportarnos, a veces se convierten en la mayor celda. Generan extraños vínculos basados en la dependencia que nos llevan a aceptar situaciones o sensaciones que jamás hubiéramos imaginado. El simple hecho de no sentirse correspondido, cuidado, deseado, debería ser motivo suficiente para abandonar una relación. Muchas mujeres se conforman con poco por miedo a estar solas. Si tu pareja no te hace sentir princesa, tal vez puedas hacértelo sentir tú misma estando sola.
¿Os sentís princesas?