Primera cita. Cena romántica en un sitio especial. Pedís un entrante para compartir que él apenas prueba y tú te comerías enterito. Llega el segundo plato, algo fácil de comer (nunca espaguetis ni hamburguesas) para no mancharte ni tener que absorber. Estais en un sitio de "nouvelle cuisine" y los platos son tan minimalistas que necesitarías tres o cuatro para quitarte el hambre. Compartís un postre dulce y tienes que controlarte para no comértelo enterito tú sola. Tras la cena una copa y te lleva a casa, un auténtico caballero. Cuando llegas, abres la nevera y te comes la tortilla de patatas que sobró al medio día.
Pasa el tiempo y vas cogiendo confianza con tu chico, así que cada vez comes más cuando quedáis a cenar. Pero él o parece aumentar la cantidad... "Me saldría más barato comprarte un traje que invitarte a cenar", te dice alguna vez bromeando. Pero lleva razón, comes más que él.
Por fin vivís juntos, tenéis una relación sólida y estable. Comiditas en casa, tardes de peli y palomitas, cenas con amigos... Él apenas cena y tú te metes unos platos de pasta o unos bocadillos enormes. Siempre tienes galletas, cholate, helado y otros caprichos a mano que él casi nuca prueba, no parece tener la misma necesidad de dulce que tú.
Un día te vas a poner tus vaqueros preferidos y no te abrocha la cremallera. Te pesas y ves que has ganado un par de kilillos. Te pones a dieta inmediatamente pero te cuesta muchísimo seguirla. Él, encantador, te dice que estás estupeda, que le gustas más así. Así que le sigues dando al pan y a los bollos mientras él sigue comiendo de forma moderada, nunca le has pillado dándose un atracón. Gourmet y sibarita sí, pero nunca glotón.
Son muchas las mujeres que viven permanentemente a dieta o controlan su alimentación para no coger peso. El resto de las mortales intentamos, simplemente, no comernos el paquete entero de galletas o la tableta de chocolate. Una afición que ellos no parecen compartir; si acaso, la cerveza.
Por eso me gustan los hombres que comen bien, que disfrutan sentándose a la mesa. Porque a mí me encanta y me daría corte comer más que mi pareja. Me ha pasado alguna vez. De hecho, tuve una época en la que hacía mucho deporte y salía del gimnasio con tanta hambre que era capaz de comerme un cocido para cenar. Por aquella época asustaba a mis ligues, que no eran capaces de creerse que una chica fuera capaz de comer tanto. Y encima despacísimo, las cenas se les hacían eternas conmigo. Yo misma me adelantaba a decir eso de que les saldría más barato comprarme un traje.
Ahora hago menos ejercicio y también como menos, pero me siguen perdiendo los dulces, cosa que a mi pareja no le pasa. Creo que no hay un solo día en el que no me tome un par de galletas, una magdalena, un batido de chocolate, un helado... mientras él puede estar días sin probar el dulce. Así que creo que las mujeres, influenciadas por las hormonas, tenemos una forma de comer completamente emocional.
¿Coméis más que vuestras parejas?