Este año más que nunca la playa me ha parecido una especie de escaparate en el que muchos exhiben sus cuerpos. Todo el año machacándose en el gimnasio, haciendo dieta o ahorrando para la cirugía merecen una recompensa: ¿la admiración ajena?. Bañadores mínimos o súper ceñidos, topless, torsos desnudos sin vernir a cuento... Una anatomía bonita siempre es agradable a la vista, pero he acabado algo saturada de excesos musculares y pechos desafiantes de la gravedad.
¿Merece la pena tanto sacrificio para vivir tan sólo unos días de gloria? Más absurdo me parece aún la dinámica de quienes no se permiten un capricho durante el año y en vacaciones cometen todo tipo de excesos: comidas súper copiosas, dietas insanas y poco variadas, fast food, alcohol, dulces, chucherías... Por supuesto, es el momento de disfrutar, pero tampoco hay que perder el norte; a mí al menos después me resultaría muy duro volver a los buenos hábitos.
En Cádiz, la cuna del kite surf, se ven cuerpos realmente esculturales y mucho más naturales que los labrados a golpe de pesa en el gimnasio. Hasta mi novio se quedaba asombrado ante tanto adonis. Hecho que prueba mi sempiterna teoría sobre que el deporte es el mejor aliado paras tener un cuerpo atlético y joven. Metiéndose en el agua cada día a navegar en lugar de quedarse tirado en la toalla, produce resultados espectaculares en cualquiera. Lo que no quiere decir que reniege del descandso absoluto cuando uno lo necesita, pero a veces queremos adelgazar o tener un cuerpo 10 sin ningún tipo de esfuerzo. Hacer deporte cuesta, pero también se disfruta y te hace sentir genial.
Cada año que pasa veo cómo mi cuerpo cambia. Cada vez tengo que cuidarme más y cometer menos excesos; el ejercicio ya lo tengo asumido como un hábito, por suerte, placentero. Pero no me veo mal en mi edad. Tengo estrías y algo de celulitis, como la mayoría de las mujeres, pero no me veo pasando por un quirófano, sufriendo con una dieta draconiana o volviéndome adicta a los tratamientos y productos de belleza. Aunque a lo mejor dentro de diez años tengo que desdecirme de todas mis palabras.
Volviendo a la idea del escaparate playero, he de reconocer que, como cuando voy en metro, me encanta observar a la gente. En una misma playa, al menos en las de Cádiz, conviven en perfecta armonía el súper cuerpazo del kite, la familia con los niños, los típicos alternativos naturistas, los pijos con su bañador de marca, los domingueros que vienen con las neveras y las carpas, los pálidos estresados que venimos de Madrid luciendo los biquinis recién comprados... Las playas son tan grandes que hay espacio para todos y, cuanta más ropa nos quitamos, más nos parecemos tengamos el cuerpo que tengamos.
Ibiza o Marbella, en mi opinión, son otra cosa, ahí reconozco que el desfile de cuerpos, pechos y modelitos me resulta algo estresante y artificial. No me gusta bajar a la playa como si fuera a salir de marcha, no me gusta oír móviles constantemente a mi alrededor, me resultan muy raras las caras operadas, me parecen excesivas las gafas de sol del personal y los cuerpos megamusculados.
Por supuesto, imagino que mucha gente preferiría tener un cuerpo de esos súper musculosos u operados, a una tripa cervecera, unas cartucheras desmedidas, un gran trasero, un pecho caído o un evidente exceso de peso. ¿O no? También he visto a mucha gente gordita o con grandes curvas luciendo biquini, haciendo topless y disfrutando de la playa como el que más. Y me encanta, porque es la prueba más evidente de que el cuerpo no lo es todo.
¿Qué os parecen los cuerpos de verano?