Porque nos ayudas a contrarrestar los excesos. Porque nos desentumeces el cuerpo tras las largas jornadas laborales. Porque nos permites disfrutar de la buena mesa sin andar contando calorías. Porque nos redescubres nuestros pobres cuerpos maltrechos por el sedentarismo. Porque nos regalas energía y buen humor, nos calmas las angustias y el estrés. Porque sintonizas cuerpo y mente. Porque nos regalas tiempo para uno mismo, tan escaso en nuestros días. Porque nos enseñas, en cada visita, que el cuerpo está hecho para el movimiento, y que con éste, florece, se rejuvenece y vuelve la alegría. Porque nos regalas compañía, conversación y, tal vez, amistad.
Nada como hacer ejercicio al aire libre, cerca del mar o la montaña; incluso en un parque. Pero la ciudad, el trabajo y las obligaciones no siempre nos permiten disponer de nuestro tiempo; o ni siquiera los tenemos cerca. Los meses de frío también hacen más difícil el deporte fuera. Los gimnasios, las escuelas de baile o artes marciales, los centros de yoga o los polideportivos se presentan entonces como pequeños oasis para nuestro cuerpo y nuestra mente. Sin ellos, la frase "del trabajo a casa y del sofá a la cama", sería una realidad para demasiada gente.
Para mí, que trabajo todo el día sentada frente a un ordenador, el gimnasio es una auténtica terapia. Me vuelve a conectar con mi cuerpo, ayudándome a compensar tantas horas horas de oxidación en una silla, y me ayuda a desconectar del trabajo y las preocupaciones. Me hace salir de mi realidad, ver y hablar con otras personas, me hace moverme de una forma beneficiosa para mí y ¡mis curvas! Me demuestra cada día que con ejercicio, mi salud es mejor. Hoy mismo hablaba con dos mujeres, una de ella joven y otra de mediana edad, que llevaban más de 10 años sin hacer nada de ejercicio. Una de ella me decía que necesitaba volver a descubrir su cuerpo, que lo tenía totalmente abandonado. Se sentía sin fuerzas y sin energía.
En general, la gente que va al gimnasio tiene buen humor, se siente más ágil y más joven, más atractiva incluso en su día a día. Llegamos con caras de acelga, arrastrando el cuerpo por el cansancio y la pereza, y nos vamos a nuestras casas sonrientes, llenos de alegres endorfinas, con energías renovadas y la mente tranquila y en orden. ¿Se puede pedir más? No hay terapia más barata, no hay tratamiento de belleza más efectivo, no hay actividad más desestresante.
La pereza... A todos nos cuesta arrancar para ir al gimnasio, pero todos los que vamos habitualmente sabemos lo bien que se siente uno después. Para mí, el momento de la ducha es el mejor. Siempre soy otra persona diferente cuando regreso a mi casa. Es cierto que mucha gente abandona el gimnasio porque se aburre, odia el ejercicio, le supone demasiado esfuerzo o siente que no consigue lo que quería. Por eso es importante elegir bien club al que nos vamos a apuntar: que esté cerca de casa o el trabajo, que tenga una buena oferta de clases colectivas, que las instalaciones sean agradables. Para mí, elegir un gimnasio es como elegir una casa: te tiene que apatecer estar allí nada más entrar.
Pedir orientación. Una clave importante para comenzar con buen pie en el gimnasio y no abandonar, es pedir consejo a los profesionales que trabajan en él. Si hace mucho que no hacemos ejercicio, hay que empezar con ejercicios y clases muy suaves. También es importante saber qué tipo de entrenamiento debemos seguir para conseguir nuestros objetivos: ganar masa muscular, adelgazar, mejorar nuestra forma general, combatir el estrés... Hay que ponerse en manos de quienes saben. Los objetivos deben ser pequeños y a medio plazo: en una semana no puede uno recuperar el tiempo perdido, tener la forma de los 20 años y perder el peso que hemos ido ganando durante años.
¿También sois fans del gimnasio?