Los coches son las catedrales del siglo XXI.
Hoy en día el coche
es mucho más que un medio de locomoción. Probablemente lo fue siempre,
prácticamente desde el mismo momento de su nacimiento. Pero a
principios del siglo XXI, apenas 110 años después de su nacimiento, se
ha convertido en la referencia fundamental de nuestro tiempo. Ningún
otro elemento material es un más claro símbolo de status social,
acumula más que ningún otro producto una alta concentración de
tecnología, lo cual lo convierte no sólo en un escaparate, sino en
rector de tendencias; al tiempo es el elemento que rige el urbanismo de
las ciudades, la unidad de medida que lo determina; y por último, quizá
ningun otro objeto genera tal cantidad de creación, diseño y
elaboración artística tanto en su diseño, como en su decoración,
publicidad e incluso mejoramiento.
Esta identidad no casualmente
ha sido reforzada recientemente por una auténtica delicia audiovisual,
el último anuncio de Audi, que gira en torno al síndrome de Stendhal.
En él, una serie de coches van apareciendo abandonados entre luces
tenues y en mitad de ninguna parte, con las puertas abiertas, mientras
una voz en off relata el mal sufrido por Stendhal en Florencia al
percibir tan insoportable acumulación de belleza.
Sin entrar de
momento en el análisis de las imágenes del spot, el contenido habla por
sí mismo. En primer lugar la mención al Síndrome de Stendhal es, por sí
misma, un auténtico hito en la publicidad. Tal referencia está
directamente relacionada con el mundo de la literatura y el arte en el
sentido más clásico y tradicional posible, y engranado en la corriente
de sensibilidad extrema que, en la Europa de principios del siglo XIX,
dio lugar al movimiento artístico y literario que se daría en llamar
"Romanticismo". Mediante esta mención, se equipara a la iglesia de la
Santa Croce, en Florencia, con el propio automóvil. El slogan final del
spot aclara la identidad "A veces la perfección resulta difícil de
soportar"
Un automóvil de lujo es hoy un elemento de tanto
calado social, que queda en un completo segundo plano su carácter
utilitario. Sin embargo nunca se ha olvidado por completo, desde la
época de los Bugatti Royale, o los dorados años de Hispano Suiza, que
un automóvil de lujo es también, en cierta manera, una obra de arte. O
al menos de artesanía. En los catálogos de las marcas abundan las
referencias a la artesanía, y aquello que, de una u otra manera vincula
a la máquina (frío acero hecho por máquinas a su vez, y producto de
diseño de ordenador...) con la mano del hombre. Tapicería de cuero
hecha a mano, inserciones de madera de roble hechas a medida, diseño
ergonómico pensado para cada usuario.
Por otra parte, dentro del
mundo del automóvil cada vez se concede más importancia al acto del
diseño, y al factor que aporta la creación individualizada del
diseñador. A los viejos nombres míticos como Pininfarina, Giugaro o
Bertone, se suma recientemente el nombre de Walter da Silva, como una
referencia actual en la concepción de automóviles como objetos de
diseño. Precisamente Walter da Silva, en el grupo Fiat dio lugar a
diseños antológicos como el Alfa 147 y 156, y actualmente otras piezas
para el grupo VAG como el Seat Ibiza. Eso incluso dejando de lado ese
campo en el que el arte y el automóvil se cruzan irremediablemente,
como en el caso de la colección de coches BMW pintada por artistas
contemporáneos, como Warhol, Calder, Rauschenberg, Manrique o Stella.
El
anuncio de Audi establece un puente público entre el arte más
tradicional y el automóvil, en cuanto a creación intelectual. Pero
también deja ver que existe otro hilo oculto, que tiene que ver con una
faceta no evidente del mundo del arte: el factor simbólico de
representación del poseedor y del constructor de la obra. La
contemplación de un automóvil como objeto de diseño está todavía hoy
totalmente interferida por el componente de status social que supone su
posesión. De manera que el significante de poder está por encima de la
cualidad artística o creativa. En ese sentido, el coche es un prefecto
paralelo del simbolismo que las catedrales góticas tuvieron para los
ciudadanos de su época y las posteriores (símbolo del poder hasta el
punto de ser objeto de la ira de los revolucionarios franceses)
trasladado a nuestro tiempo.
El carácter de los anuncios de Audi
en TV, desde hace ya unos años, acerca más que nunca al automóvil a la
obra de arte o de diseño, puesto que acerca en él la forma simbólica
del status social a las características estéticas del bien y su
creatividad en la realización. Concediéndole por tanto unas cualidades
artísticas, y un valor simbólico en clave social. Y todo ello en el
marco de una creación audiovisual, de la cual cabría analizar sus
propias reglas y cualidades dentro del lenguaje de las imágenes. Como
un holograma, en el que cada una de las pequeñas partes contiene la
información completa del todo.