Los remake de los coches míticos del pasado, como, por otra parte, los remake
de casi cualquier otra cosa relacionada con la cultura y la
creatividad, rara vez se convierten en mitos en el futuro. El banderín
de enganche de estos productos es, sin duda, la recreación estética de
otro producto anterior con hondo calado en el imaginario colectivo de
la sociedad, pero aportando además rasgos de modernidad que, no sólo lo
distingan del original sino que además actualicen su aspecto. En ese
sentido, todos los mencionados alcanzan un notable en cuanto al diseño
estético del exterior, y quizá el Mini se coloca un paso por delante al
recrear con precisión una carrocería antigua en las nuevas y modernas
formas del actual, manteniendo las proporciones del mismo.
Ahora
bien, ¿Qué sucede si la virtud de aquel coche original que se pretende
recrear no estaba exactamente en su estética? Esta es una de las
primeras cuestiones que hacen a estas recreaciones partir en
desventaja. La realidad es, por muy bien hecho que esté uno de estos
coches a imagen de aquellos mitos, puede suceder que en primera
instancia, y a veces durante toda la vida comercial del vehículo, todo
el mundo vea en el remake al original. Lo cual es probablemente
lo buscado por la marca: mucha gente nunca podrá tener un Ford Mustang
Fastback del 65 en perfecto estado y que le permita ir a trabajar a
diario, pero si que podrá tener un nuevo Mustang, mucho más cómodo y
económico que el original, con una estética casi igual, y que (dicho
sea de paso) hace ganar dinero a Ford, a diferencia de si compran un
clásico. Así que el objetivo del comprador es tener lo más parecido
posible a un mito original, pero pasando intelectualmente por encima
del medio que se lo permite, que es la recreación. Por otra parte,
quizá mucha gente es entusiasta de las formas del Escarabajo, o del
pequeño Mini, pero muy poca gente está dispuesta a asumir las
incomodidades de un coche diseñado hace sesenta y cinco años, ruidoso,
lento, con gran consumo, con pocas piezas de recambio, etc, como coche
de uso diario; y aún quienes sí estén dispuestos a tal sacrificio, no
siempre podrán encontrar una unidad en un estado óptimo para tal uso.
Pero si podrán tener, si pueden pagárselo, uno de los sucedáneos
modernos. Dicho en lenguaje vulgar y ligero, como si uno, dado que
nunca podrá ser el novio de Scarlett Johansson, intenta emparejarse
solo con mujeres rubias y a ser posible con apellido nórdico, que es
una forma de aproximarse.
No obstante es
conveniente tener en cuenta que, a menudo, la sociedad que dio lugar a
aquellos objetos (coches) ya no existe, o se ha transformado de tal
manera que quizá aquellos valores que los objetos encerraban, han
pasado de moda o, simplemente, no son tolerables por la sociedad
actual. En este caso lo que se produce con las reinterpretaciones de
los referentes del pasado es una reconversión, una nueva lectura,
atribuyendo al objeto o a la estética en cuestión valores que sólo
tienen validez desde el tiempo presente, y que en muchas ocasiones
pueden no coincidir con las intenciones de los creadores en su tiempo
original, hasta el punto de ir frontalmente en contra de ellas. Es el
caso ya comentado del Renacimiento italiano, en el cual se atribuyen a
los arquitectos romanos intenciones que, en la mayoría de los casos,
nadie podía demostrar, pero que encajaban perfectamente en la visión
que los italianos del siglo XV tenían de aquel periodo de la
antigüedad. Así se justifica también la visión tenebrosa y oscura de la
Edad Media promovida por los artistas del romanticismo del siglo XIX,
(visión bajo cuya influencia aún vivimos) que les resulta de este modo
especialmente fascinante, exótica y estimulante. Así que, al igual que
probablemente, no existe más Historia que la Historia contemporánea,
dado que toda historia se escribe desde el presente, probablemente las
interpretaciones del pasado que hagamos son, en realidad, una
manifestación cultural del presente, que se fija en aspectos
determinados, concretos y casi exclusivos de un pasado, que
probablemente cuando se revise desde una mayor distancia en el tiempo
tendrá un aspecto bien distinto.
De esta
manera, la estética “retro”, que es sin duda el principal argumento de
ventas de estos vehículos, puede también atraer en el fondo la
tentación de practicar un vaciado del contenido social o cultural
original por el cual el coche en cuestión (o el referente cultural que
prefiramos) ha alcanzado tal relevancia en la sociedad de su tiempo y
del nuestro. Y eso es, de alguna manera, una traición al mito mismo, y
de otro lado una revisión libre. Veamos algún caso.
Mucha gente dice gustar del Escarabajo, por sus simpáticas (¿?) formas, pero pocos han conducido uno. La virtud principal del Beetle
jamás estuvo en la estética, al menos en la mente de su creador, sino
en la funcionalidad. Un coche robusto, relativamente barato, espacioso
en el interior, con un motor refrigerado por aire que no era sensible a
las bajas temperaturas que se viven en Alemania, y cuya configuración
motriz además (motor trasero tracción trasera) otorga más motricidad
que la frecuente en la época (motor delantero tracción trasera, antes
de la aparición de los Citröen 11 CV). Era un coche en el que cada
forma estaba concebida para resolver de la mejor manera posible un
problema técnico o dinámico, y nada quedaba a la galería. Pero en la
conducción era un coche pesado, duro, lento y ruidoso, cualidades que,
evidentemente, no transmite aparcado ante una terraza de un bar de
Florencia. El New Beetle fue una concesión del grupo VW a la
galería. Tras haber presentado un ejercicio de estilo en 1994, la buena
respuesta del público ante la estética del coche les decidió a
producirlo a partir de 1998. Sin embargo, en el nuevo VW no había
concesiones que hacer a la funcionalidad, de manera que se partió de la
plataforma de un Golf, y se creó un coche de motor delantero y tracción
delantera, con la estética del antiguo Beetle. Aquí está el principal
problema de este vehículo: traicionar desde el punto de partida el
espíritu que animaba al original, y quedarse meramente en la estética,
que en el Beetle (como en pocos coches queda tan claro) estaba
totalmente supeditada a la función. El resultado fue un coche de motor
delantero, bastante pesado, con un centro de gravedad más alto que el
de un Golf, unas cotas de habitabilidad traseras inferiores, un
maletero más pequeño, y además, dinámicamente peor que un Golf en todos
los sentidos, por su caprichosa y pesada carrocería. Es decir, a cambio
de la estética, se terminó en un coche que es menos funcional que
cualquiera de sus compañeros de marca y que sus rivales en dimensiones,
y que por tanto, y esto es lo peor, lejos de ser un coche funcional,
“para el pueblo” se convirtió en un caro capricho de burgueses que rara
vez se ha convertido en “coche para todo”. El New Beetle es un
ejemplo perfecto de lo absurdo que puede ser una recreación doblada a
la moda “retro”, si se queda uno únicamente en lo superficial.
El caso del Mini es casi el opuesto al del New Beetle.
El Mini nunca fue exactamente el “coche del pueblo” aunque si un
popular minicoche que no era difícil de ver por la calle en
determinadas zonas, especialmente las ciudades. El nacimiento del coche
había sido una clara propuesta alternativa al problema del tráfico en
las ciudades que empezaba a preocupar, y quizá haya sido esa su mayor
aportación a la sociedad y al mundo del automóvil. Pero ante una
extraña postura de conducción y un aspecto de coche modesto, se
encontraba una disposición motriz favorable y un peso contenido que
hacía del Mini, cuyo bastidor era una auténtica maravilla, un
matagigantes en carreteras reviradas. Una victoria “scracht” en el
Rally de Montecarlo acrecentó la leyenda, y los Cooper 1275 se
convirtieron en piezas buscadas, en este caso no por quienes buscaban
aparcar fácilmente en el centro de su ciudad, sino por quienes buscaban
quemar goma en carreteras de montaña. El New Mini, desde
luego, no viene a resolver problemas de habitabilidad en las ciudades
actuales. Desde el punto de vista proyectivo es un coche mucho más
frívolo y terrenal, ya que las propuestas de nuevos “mini-coches”
actuales van por otros caminos, como el controvertido Smart. Al igual
que en el caso del New Beetle, el New Mini ha tenido una
campaña de publicidad espléndidamente trabada, en la que no sólo se ha
explotado la imagen del Mini Cooper original, sino que se ha tratado de
asociar permanentemente “Mini” con “Diseño contemporáneo” e incluso con
“vanguardia en el diseño”. Lo cual es un signo claro de la importante
tendencia a lo “retro” en el diseño actual, pese a todo. Para ello se
ha hecho asociar a empresas de diseño de muebles, moda, arquitectura,
etc. Pero hay algo en lo que la recreación del Mini se desmarca de la
del Beetle. En cierto modo, el nuevo Mini ha permanecido fiel a parte
del espíritu del original, y no solo a su estética. Ya no es un
mini-coche, aunque es un coche compacto. Ya no es austero, y tampoco es
nada barato a la luz de las cualidades funcionales que ofrece y en
comparación con la competencia. Pero ha mantenido un bastidor que es la
referencia en la categoría, y que hace del nuevo Mini, también una
máquina difícil de batir en zonas viradas, sea cual sea su rival.
Especialmente en la versión Cooper S de 163 CV (qué lejos de los
ochentaytantos de su antepasado...) el Mini es una nueva referencia
convirtiéndose en poco tiempo en un coche admirado por sus cualidades
dinámicas entre los de su categoría y varias categorías a la redonda.
De
manera que, al parecer para que un producto moderno de estética “retro”
tenga éxito, es oportuno que, además del mero aspecto exterior,
encierre algunas de las cualidades que hicieron del original algo
desmarcado del resto (durabilidad, economía, eficacia,
funcionalidad...), y cuantas menos de aquellas cualidades tenga el
remedo, mas vacío y menos sincero será. Sin embargo, la estética
“retro” sigue siendo un argumento a veces tan poderoso, que muchos
usuarios están dispuestos a pasar por encima de los inconvenientes con
tal de poder poseer uno de estos artículos que, por otra parte,
identifican tan claramente al dueño. Claro que esto, y aquí tendríamos
para debatir mucho, probablemente dice mucho también de nuestro tiempo,
atado a la apariencia externa por encima de todo, y también de lo poco
valoradas que pueden llegar a ser, en un momento determinado, las
cualidades no-estéticas de las cosas o las personas.
Por qué lo “retro”
Sin
duda, existe una razón comercial última en la elección de la línea
“retro” para la creación de una cierta imagen de marca entre los
fabricantes de automóviles. Si en otro tiempo la innovación tecnológica
fue un valor de distinción y exclusivo, hoy en día la tecnología satura
hasta tal extremo nuestras vidas que nuestra capacidad de sorpresa ante
los avances técnicos es cada vez menor. Así que hay que buscar otros
argumentos como característica comercial principal de la marca en
cuestión. Y ese argumento, en aquellos fabricantes que pueden presumir
de ello, es esencialmente la veteranía, la longevidad y la experiencia.
No es casual además que estos valores sean sinónimo de seguridad y de
exclusividad en una sociedad tan acelerada como la nuestra, en la que
todo se consume tan deprisa. Así, Mercedes, por ejemplo, explota
cíclicamente su glorioso pasado en competición y su noble participación
en el origen de este invento. “Antigüedad” es “exclusividad”, de alguna
manera, y si bien no todo el mundo tiene un modelo tan exitoso en su
catálogo de clásicos como para resucitarlo a día de hoy, como pueden
tener Ford o VW, hasta las marcas más discretas se apresuran a retomar
viejas denominaciones que indiquen abolengo, como el caso de Opel con el Aero GT.
Esta legitimación en un pasado glorioso, y la equiparación de virtudes
a los virtuosos de otro tiempo, es una característica de los mecenas y
poderosos en los entornos artísticos de todos los tiempos. Permanente
los reyes se hacen retratar como césares romanos, o junto a ellos (como
Felipe II en el Palacio Zaporta de Zaragoza), para equipararse a los
mitos del pasado y legitimarse así mismo como mitos del presente. Y
periódicamente también aparecen entre las obras de arte encargadas por
los poderosos, coronados o no, recreaciones de sucesos de la mitología
griega y romana que, a sus ojos, tienen un especial significado en la
legitimación de su linaje (Hércules patrón de los reyes españoles, los
nobles haciéndose retratar como antiguos generales, o incluso dioses,
romanos...) De manera que la legitimación en el pasado, característica
entre poderosos y no tan poderosos en toda la historia de la humanidad,
parece acentuarse y vestirse con estética del pasado en momentos de
incertidumbre o de ausencia de referentes claros en el presente.