La historia del diseño de automóviles durante el siglo XX es un
perfecto reflejo de las evoluciones sociales y económicas a uno y otro
lado del Atlántico. Probablemente en nuestro tiempo ningún otro objeto
de diseño es tan sensible a las fluctuaciones económicas y a los
cambios sociales como el automóvil.
Si
los coches del periodo de entreguerras eran ostentosos y sin más
preocupación que el triunfo de la tecnología, lo fueron por la
despreocupación de una sociedad que, inmediatamente después de la
primera guerra mundial, decidió mirar hacia delante y al corto plazo.
Hasta el crack económico de 1929, al que sucedió casi a renglón seguido
el ascenso del partido nacionalsocialista en Alemania y las
inestabilidades que transformaron Europa hasta 1945. La industria
norteamericana ganó terreno durante este largo y duro periodo, época en
la que se gestó lo que para nosotros hoy es el coche americano por
excelencia: los grandes y a menudo aparatosos vehículos aparcados en la
puerta de los rascacielos. A eso contribuyó, indudablemente, el
desplazamiento del polo económico del mundo desde la vieja Europa a los
EEUU, y el progresivo aislamiento de bloque soviético. La industria
alemana tardó en rehacerse, pero ya en los años 50 de nuevo volvían a
ofrecer productos con gran personalidad, y sobre todo con exhibición de
poderío tecnológico, como el mítico Mercedes 300 SL de 1955, pero
también con un concepto revolucionario heredero del Ford T: el “coche
del pueblo”, el Volskwagen Escarabajo / Beetle / Käfer. Diseñado por
Ferdinand Porsche para el ejército alemán, sus cualidades de diseño
robusto y funcional le hicieron rápidamente triunfar como coche para
todo el mundo. Pero la segunda gran guerra había desplazado a toda la
principal intelectualidad europea al otro lado del atlántico. Para
entonces, los inicios de la carrera espacial habían desatado la
imaginación en los Estados Unidos.
El
presunto incidente de Roswell en 1959 y obras como la fundamental
Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, crearon un nuevo canon estético.
Los años 50 y 60 es la época de los grandes coches americanos con
aspecto de cohete. Grandes colas traseras, frontales con aspecto de
turbina...a imagen de las naves espaciales que llenaban los periódicos
y cómic. La evolución de los coches deportivos llegó a Estados Unidos
en los años 60 con un coche muy relevante. El Ford Mustang,
popularizaba una nueva especie: el deportivo compacto de uso casi
diario, poco más o menos lo que eran los SL (Sport Leicht deportivo
ligero) de Mercedes o el recién estrenado Porsche 911, pero en
interpretación americana; lo que hoy llamamos “muscle cars”. Por la ley
del péndulo, los 70 trataron, en el diseño de automóviles, de problemas
diferentes y quizá más reales. Cómo sería el coche de la sociedad del
futuro, y cómo dar respuesta a las necesidades reales de la gente. Es
el momento en el que el Beetle se ha convertido en un icono
contracultural, para aquellos que reniegan de la sociedad megalómana de
la carrera espacial, el culto al capital y la guerra fría. Una sociedad
que quiere volverse algo más humana. Por eso Sir Alec de Issigonis
planteó otro de los que serían conceptos fundamentales del diseño del
siglo XX: el Mini-coche, también llamado Mini. Un coche pequeño, en
previsión de las masificadas ciudades del futuro, pero no por ello
menos prestacional. Y que, desde entonces, no ha dejado de tener
émulos. No mucho más tarde, en 1971, otro diseñador inglés, Spen King,
halló una fórmula que hacía del todo-terreno por excelencia, el Land
Rover, un coche de uso casi diario, construyendo el Range Rover. Una
idea trascendental de la que aún no hemos visto sus consecuencias
últimas, y que es la base del ADN de los coches más populares del
último lustro. Los años 70 son la época de la sociedad proyectiva, la
reactualización de las visiones futuristas del mundo, espoleadas por la
llegada del hombre a la luna en 1969, y esto se transformó más que
nunca en el mundo del automóvil en coches que exploraban tanto el
presente como el futuro más lejano, con formas futuristas pero
verosímiles, y con la exploración de caminos que no se conocían hasta
el momento. Este impulso dio con dos exponentes fundamentales en
nuestro tiempo a caballo de 1980: el VW Golf, auténtica
reinterpretación del Beetle, a finales de los 70, y el Renault Espace,
en 1984, que rompió para siempre todas las reglas escritas hasta aquel
momento en cuanto a la segmentación de los automóviles en el mercado,
yendo mucho más allá que el ya aplaudido VW Caravelle.
Los
años 80 son, en el mundo del automóvil, como en la sociedad, un fin de
ciclo, caracterizado en lo político con la caída del bloque comunista y
el muro de Berlín a partir de 1988. Es la época de los súper deportivos
desmesurados, de los Rallyes de Grupo B, en los que se hacen coches
ilógicos (como el Ferrari F40 o el R5 Turbo), sólo porque pueden ser
hechos, pero sin que (excluido en Espace y la larga estela del Golf
seguida por muchos) se planteen nuevos problemas o soluciones nuevas a
problemas ya existentes.
El final de los
80 supone el inicio de un periodo en el que, de alguna manera, todavía
nos vemos inmersos: la revolución burguesa en el automóvil. La
revolución de los diesel, abanderada por el grupo VW y por la marca
Audi, da paso a un periodo de automóviles esencialmente burgueses, cada
vez más atados a la proyección del estatus, pero con el estandarte de
la proporcionalidad y la moderación en lo estético. Esto se entiende
especialmente en el salto cualitativo dado por la marca Audi, que
partía lejos de las premium Mercedes y BMW a mediados de los 80, para
estar hoy a su misma altura e incluso por delante en algunos segmentos.
Es el reflejo de una parte de la sociedad, la de una cierta burguesía –
aristocracia economica emergente, que necesita ver reflejado su estatus
pero al tiempo distinguido de la tradicional clase alta atada a los
Mercedes etc. En cierta manera, la época de un nuevo “Grand Gôut”,
aunque un “gusto” a veces desorientado y difícil de prever. Y también
una época en la que se rompen las reglas, haciendo prácticamente de uso
cotidiano todos los segmentos del mundo del automóvil, desde los
todo-terreno hasta los deportivos, los coupé o los descapotables (con
el gran invento del techo duro retráctil), muchos de ellos recibiendo,
hecho impensable años atrás, motores diesel cuya principal virtud es el
bajo consumo. En pleno periodo de transición y cambios, lo más que
probablemente se puede decir de esta época en el diseño de automóviles
es que se están barajando todos los segmentos entre sí, de resultas de
lo cual aparecen productos que abren caminos, y otros cuyo camino es
bien corto. Y por otra parte, esta indefinición y falta de referencias
hace que experimentos de gran interés, como el Golf Country de finales
de los años 80, que fue retirado por su escasa repercusión comercial,
puedan ser anticipación de líneas que, pocos años después de ser
retirado, sean retomadas como el principal filón de ventas del momento.