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Artículos - septiembre 2007

 

Hemos visto en muchas ocasiones cómo los automóviles han aparecido en el cine con diferente carácter, desde un mero punto de inflexión en el guión (el Mustang descapotable de "Giro al infierno", por ejemplo) a papeles protagonistas estelares (el Challenger de "Vanishing Point" o el inefable Mustang de "Bullitt"). Sin embargo el cine ha traído también en ocasiones coches que han aparecido como auténticos actores, coches con "vida propia". Probablemente para muchos espectadores, el primero que vendrá a la cabeza es el VW Beetle de "Love Bug" (Herbie, y toda su saga), y más seguramente el Pontiac Firebird Trans-Am más famoso de la historia, "Kitt". Y si bien "Herbie", como actor de comedia, era un claro heredero de los cacharros caóticos de las películas mudas de Chaplin y Keaton, en el cine de Terror no había precedentes. Por eso quizá más interesantes, por lo que aportan a la imágen del automóvil en la codificación de los géneros cinematográficos, han sido el Plymouth Belvedere de "Christine" y su predecesor, el Lincoln Continental Mark III de "The Car", además del terrorífico Peterbilt de "Duel". Todos ellos, todos los coches "animados", tienen probablemente predecesores atípicos en los coches aparecidos en diferentes capítulos de una serie de culto dirigida por Rod Serling: "The Twilight Zone" (en España "La dimensión desconocida" o "En los límites de la realidad").

"The Twilight Zone" fue una serie pionera en la configuración del género fantásticoy de ciencia ficción tal y como lo conocemos hoy, y sobre todo en su popularización en el medio televisivo. Rod Serling, guionista de "El planeta de los simios", escribió y planteó muchos capítulos a partir de situaciones basadas en los relatos de ciencia ficción que vivían en los años '50 una gran eclosión. Llevó incluso algunos de los fabulosos cuentos de Ray Bradbury a la televisión, como el magnífico "Canto el cuerpo eléctrico", y presentó situaciones de terror psicológico y fantasía que, teniendo muy diversas fuentes, explican sin embargo mucho del cine fantástico producido con posterioridad. En los años '50, el automóvil era el símbolo del progreso por excelencia, y para aquel tiempo tenía también como inspiración las primeras naves espaciales. Por ello, en "Twilight Zone" los coches tienen su protagonismo, incluso aunque sean meros elementos del paisaje.

Sin embargo, hay especialmente dos relatos en los que los coches son protagonistas absolutos. Se trata de "The Whole Truth", emitido en la segunda temporada de la serie, en 1961, y "You Drive", emitido en la quinta temporada, en 1964.

The Whole Truth (1961) 

Dirigido por James Sheldon (que dirigió también la adaptación de Bradbury mencionada más arriba, además de episodios en series como "Route 66", "Batman", "El virginiano", "Ironside", "La hora de Alfred Hitchcock", "Vacaciones en el mar" y... ¡ "Los Dukes de Hazzard" !) presenta una magnífica historia con un trasfondo de política y sociedad mundial, protagonizado por un Ford A. Un vendedor de coches usados (Jack Carson) de moral dudosa y pocos escrúpulos, recibe la venta de un coche, un vetusto Ford A, cuyo dueño le advierte de que el poseedor del mismo está obligado a decir la verdad. El vendedor, obsesionado con el negocio, no hace caso a la advertencia, pero pronto descubre que, desde que se quedó el coche, no puede mentir (argumento retomado en "Liar Liar", un bodrio con Jim Carrey), lo cual le hace perder clientes a toda velocidad. Una mañana, alguien se interesa por el coche, pero cuando el vendedor le cuenta la historia sobre "la verdad", el cliente se sonríe "No puedo aceptar eso, porque en mi trabajo tengo que mentir: soy político". Este político, con menos escrúpulos aún que Harvey Honnicut, le propone un trato al vendedor. Y poco después, debido a la conspiración del tiburón político, un cliente ruso viene a por ese anciano y simbólico Ford A: nada menos que ¡Nikita Kruschev!. El Ford A que obliga a decir la verdad, que el político americano, mentiroso, no puede aceptar, pero usa contra su rival soviético, es de una frescura y atrevimiento asombrosos... para nuestra época. En plena guerra fría, este argumento tiene un poder crítico tanto hacia la sociedad estadounidense como hacia el bloque comunista y probablemente un planteamiento de este tipo lo haría inviable en buena medida en las cadenas generalistas estadounidenses hoy en día.

 
"You drive" (1964)

"You Drive", escrito por Earl Hamner (autor también de algun episodio de "Los Invasores" y otros de... "Falcon Crest") y dirigido por John Brahm (algunos capítulos de "La Hora de Alfred Hitchcock" o "Bonanza") cuenta una historia inquietante e intemporal. Un vendedor, un hombre gris y apocado, atropella y mata accidentalmente a un repartidor de periódicos, y se da a la fuga. A partir de ese momento, su coche, un Ford Fairlane Club Sedan de cuatro puertas de 1956, comienza a dar señales extrañas: parece querer delatar a su dueño. El coche se pone en marcha, hace sonar el claxon y encenderse las luces, y no se apaga a la orden de las llaves. El Ford intenta asesinar a la esposa del vendedor, y sus señales terminan por desquiciar al protagonista y su mala conciencia. Una mañana cuando Oliver va a dar un paseo, el coche sale a perseguirle por la ciudad, y le atosiga hasta que, derrotado, acaba rindiéndose al automóvil, que le hace subir adentro para llevarle... a la comisaría de policía. El relato, al margen de su evidente moralina, tiene la interesante particularidad de adelantar el arquetipo del coche "animado", que tendrá un sucesor llevado al malvado lado opuesto en el relato de Stephen King "Christine", trasladado al cine por John Carpenter.

"The Twilight Zone", una serie de culto para los seguidores de la ciencia ficción, sirvió pues para codificar en términos populares algunos elementos y personajes claves en la ciencia ficción posterior, así como una determinada forma de contar las historias. El remake de los años '80, dirigido también por Serling, carecía en parte de la fuerza de algunos de estos relatos, y sobre todo del "factor sorpresa" de los ingenuos años '50. Pero en lo que toca a la incorporación del automóvil al género fantástico y de ciencia ficción, estos dos episodios presentan el arquetipo del automóvil "animado" que puede leer la mente de los humanos, o los coches que condicionan el comportamiento de estos de forma sobrenatural. No tardará mucho en aparecer el coche como "máquina para escapar" o "para no escapar" (con la gran consagración en "Duel") dentro de las películas de terror y suspense, para completar los roles principales del automóvil en estos géneros, pero algunos mimbres ya estaban en los a menudo angustiantes relatos de "The Twilight Zone".

Si has llegado hasta aquí, vale la pena que te atrevas con la última puerta hacia lo inquietante, la puerta hacia... The Twilight Zone

 

Cuando hace bastantes meses Toni y yo comenzamos nuestro trabajo de sistematización de la presencia del automóvil en el cine, enseguida nos tropezamos con una película de bajo presupuesto de la que mucha gente hablaba con veneración pero que no habíamos visto, “Vanishing Point” (Punto límite cero). Algún tiempo después pudimos conseguir una copia en DVD, y el resultado estuvo a la altura de lo esperado. Una película de “serie B”, pero con una cierta frescura, algunos elementos de guión interesantes, arquetipos cinematográficos que se iban a hacer muy populares en los años 70 (la película se estrenó en 1971), y sobre todo la historia de un Dodge Challenger R/T blanco que pronto se convirtió en objeto de culto entre los aficionados al motor de USA. Recientemente, la última película de Tarantino rendía un sincero y extenso homenaje a la película de R. Sarafian, volviendo a popularizar nombres como Kowalski (a quien Primal Scream ya le dedicó una canción), Challenger, o SuperSoul. La película era, como el propio Quentin afirma, una excusa para rodar una gran secuencia de persecución de coches, en la que enfrentar al Challenger con el otro Dodge R/T más famoso de la historia del cine, el Charger de “Bullitt”.

Lo que quizá Tarantino quizá no sabía, es que algunos años antes, en 1996, otro director Charles Robert Carner (un especialista en subproductos para televisión) ya había tenido la idea de enfrentar al Charger y al Challenger en una persecución, y fue en el marco de un extraño remake de “Vanishing Point” para TV, protagonizada por un entonces casi desconocido Viggo Mortensen. La película, descontextualizada de su precedente, es poco menos que un bodrio destinado a una tarde de sábado que provocaría más de alguna siesta y un buen puñado de bostezos. Pero puesta en contacto con la película original, da algunas pistas interesantes, siquiera antropológicas, de la revisión del tema de Kowalski, las claves del cine de los años 90, y hasta de la evolución de la sociedad en esos veinte años.

El remake reproduce fielmente la estructura de la película original, hilando las principales secuencias, e incorpora algunas situaciones nuevas y líneas argumentales que, dicho sea de paso, no aportan más que distracción y desorden en la historia. El plano inicial de las excavadoras sobre la carretera, y la estructura principal como un bucle temporal en el que toda la película se articula como un largo flashback, uno de los puntos fuertes y originales de la película, permanecen en el remake. Vemos igualmente a Kowalski salir de su taller de tuneado de coches, y encontrarse con la entrega del Challenger en Salt Lake City con solo un par de días de margen. En su huida, el protagonista se encuentra igualmente con el viejo del desierto cazador de serpientes (en esta ocasión negro y sin barba), y la comuna de hippies se ha transformado en una comunidad india que vive en el desierto y cuyo jefe es una especie de gran hechicero que ve la CNN. Igualmente, el fugitivo se encontrará con la otra pareja de hippies que viven al lado del lago salado, donde se repite el plano de la muchacha montando sobre su moto con la melena al aire, aunque en esta ocasión, la exuberante rubia (Peta Wilson, más conocida por la serie de TV Nikita) no va totalmente desnuda sino más bien vestida como una especie de playmate de Playboy, y ha perdido mucho de la sensual dulzura de la "Lady Godiva" motorizada original. La voz que acompaña desde la radio la huida del último héroe americano, no es en esta ocasión un fascinante (y un poco estresante) locutor negro y ciego de una pequeña ciudad del medio oeste, sino una especie de renegado locutor de radio, “La Voz”, cuyo mensaje es mucho menos espiritual e idealista y mucho más político, con una constante crítica al sistema político de los Estados Unidos, y que está interpretado, un tanto histriónicamente, por... Jason Priestley (ese sex - symbol adolescente en una de las series más moñas de todos los tiempos, “Sensación de vivir”) Por último, la secuencia de la burla del cordón policial en plena noche y el final de la película reproducen casi calcadamente la original. Entonces ¿qué aporta de nuevo “Vanishing Point” de 1996 respecto a la de 1971?

En este caso, Kowalski no es el personaje marginal y alejado de la sociedad a golpes, ex - piloto de carreras y ex – policía traicionado, enganchado al speed, taciturno y descreído, interpretado por el desconocido Barry Newman, sino alguien más amable para el gran público, cuya vida conocemos por unos cuantos flashback, mal resueltos y hasta ridículos. Un híbrido entre Mick Dundee y John Rambo, el Kowalski de los 90 es también un ex – piloto de carreras, aunque ahora no de Speedway sino de la NASCAR, ex - combatiente en la Guerra del Golfo enfrentado con sus superiores, fichado por la justicia y ex – ermitaño de las montañas donde al parecer conoce... a su esposa. El nuevo antihéroe es un hombre casado cuya esposas está embarazada y que se quiere retirar del negocio de llevar coches para ver crecer a su hijo en su casa de las montañas. Una historia de amor previsible, sensiblera y sosa, pero que incorpora un elemento metido con calzador y que entorpece la narración hasta sacarnos de la película: para casarse con su rubia y guapa esposa, Kowalski... ¡¡se convierte al cristianismo!!. Esto justifica que durante toda la película nos estemos encontrando repetidamente imaginería cristológica y un mensaje religioso de salvación que nada tiene que ver con el nihilismo de la película original y que cobra un protagonismo desconcertante hacia el final de la película.

Es en el transcurso de este bodrio de sábado tarde, donde aparece la secuencia que se adelantó a Tarantino. Un policía de Utah, un chalado que no ha sido un "Kowalski" porque no ha tenido valor suficiente, se lanza a la persecución del fugitivo no con su coche de policía, sino con un Charger R/T negro como el de "Bullitt", planteando así un duelo que, seguramente, mucha gente esperaba desde 1971. El resultado... deberéis ver la película. Esta persecución es, por otra parte, el punto más reseñable de las escenas con coches que hay en la película. Las secuencias de acción de la película original quedan aquí mucho más descafeinadas, poco sinceras y carentes de ritmo, y en las que el Challenger luce mucho menos de lo que podría, debido sobre todo a una fotografía más vulgar y una planificación de planos deficiente.

Aparte de la estética "noventera" que ha envejecido tan mal (¿de verdad creéis que los ochenta fueron duros? pues ved esta película...) el remake de Carner se reviste de algunos elementos característicos del cine de esta década, como una cierta estética de videoclip, o la exhuberancia de artefactos informáticos, desde detectores de teléfonos móviles a gafas de visión nocturna. Por otra parte, aparece un elemento de guión característico de esta década, como es el claro mensaje antisistema en el que el gobierno de EEUU queda retratado como un malvado opresor de las libertades y los derechos individuales. La intolerancia pasa de estar en la sociedad a estar en los gobernantes.

Quizá después de todo la diferencia fundamental entre el primer guión y el segundo es que la historia original y el guión de la película de Richard Sarafian se le debe al escritor cubano afincado en Londres Guillermo Cabrera Infante, quien lo firmo como Guillermo Cain (CAbrera INfante). En realidad, el guión de Cabrera presenta una historia que es un nuevo Western, con un pistolero solitario y renegado que en su camino se encuentra a una galería de personajes dignas de una pelicula de Ford, o de una de Leone: el viejo loco que vive solo en el desierto, la cómuna de hippies como si fuesen mormones, la pareja de hippies como si fuesen un matrimonio de granjeros en la frontera con México... Y los arquetipos que nos encontramos son, a la vez, algunos de los que vamos a ver luego muchas veces. El ex - combatiente renegado, el locutor de radio histriónico, el hippie mezquino, los macarras de pueblo racistas, los policías corruptos... Una película mucho más sincera, simple y sólida que el pastiche de los 90, que sin embargo tiene su interés a la hora de construir nuestro particular "Mondo Bizarro"

Un "vocho", un VW Escarabajo transformado en taxi de México DF dará la bienvenida, hasta el 9 de Diciembre, a los que se acerquen al Centro de Historia de Zaragoza a ver la exposición "México DF en Zaragoza", dentro del proyecto "Zaragoza Latina Moctezuma". Eso sí, un "vocho" muy especial, hecho en corcho sintético, y con las placas y señalizaciones originales de un taxi de México DF.

Durante el siglo XX, los referentes culturales de muchos países se han ido rediseñando. A menudo sin perder las tradiciones más milenarias de una manera u otra, la indentidad se ha ido construyendo con elementos mundanos y populares, pero no por ello exentos de valor. El automóvil, por su poder designador y representativo, ha sido en muchos casos un elemento clave en el "folclore" de los países y se ha convertido a menudo en una seña de identidad desde el exterior. Los veteranos coches americanos que se pasean por La Habana, los Trabant de la Alemania del Este, los Fiat Cinquecento / Seat Seiscientos en Italia y España o los taxis VW Escarabajo de Ciudad de México son algunos ilustres ejemplos. Automóviles que aportan, en un momento determinado, cuestiones sociales a un país (movilidad, desarrollo económico, consumo...) pero que pasan a convertirse en véctores de la estética y de la cultura popular más fresca y contemporánea, hasta transformarse en iconos de la identidad de ese lugar.

En las exposiciones que se pueden ver en "Mexico DF en Zaragoza" se pone de manifiesto la omnipresencia del "vocho" en la potente e inabarcable cultura urbana de Mexico DF. Desde la delirante, colorista y atractiva muestra de diseño popular en "Sensacional de Diseño Mexicano", hasta la videocreación de Juan Carlos Rulfo, Debora Holtz y Agustina Chianno, llamada "Taxis", y que se compone de fragmentos de vídeo grabados desde algunos taxis de México durante algunos trayectos, o algunas de las estampas de la exposición de Diseño Gráfico e ilustración que se organiza paralelamente en el Espacio Eslab. El propio logotipo de la muestra colectiva incluye como motivo principal el célebre Escarabajo.

La muestra se completará con una larga serie de actividades, como el concierto que tuvo lugar el mismo Jueves 14 en el Centro de Historia, con Maria Daniela y su sonido Lasser (potente, guitarrero y divertido pop mexicano), el que tendrá lugar el sábado 15 en La casa del loco, con Dapuntobeat e Instituto Mexicano del Sonido (no perdérselo) o el punto álgido del combate de lucha libre que tendrá lugar el Domingo 7 de octubre en plena Plaza del Pilar con, atención El Hijo del Santo, y L.A. Parka, arbitrado por Orlando El Furioso

Durante estos meses, Zaragoza es un poco Chilanga. El trabajo del proyecto Zaragoza Latina, la incansable Marisa, y toda la gente que ha estado detrás desde la producción a la propia creación de las propuestas, han realizado un trabajo en los últimos años que bien merece un reconocimiento. Mientras escuchaba a Maria Daniela, recordé que hace un par de veranos estuve allí mismo viendo a la más chilanga de las bandas, Café Tacvba (gracias al incansable Marcelino), y de vuelta a casa me puse en el coche su penúltimo disco, "Cuatro Caminos". Mi Discovery no es un "vocho", ni los cinturones de ronda de Zaragoza las calles de México, pero Zaragoza Latina nos va a poner a todos, durante unos meses, requetechulos no más.

En 1962, seis años antes de morir, Erwin Panofsky concluyó el tercero de los ensayos que en 1995 fueron publicados por primera vez (por el MIT, por cierto) bajo el título genérico “Tres ensayos sobre el estilo” (En España Sobre el estilo. Tres ensayos inéditos, Paidós, 2000) El tercero de ellos “Antecedentes ideológicos del radiador del Rolls Royce” es, a la vez, un maravilloso ejercicio de erudición por parte del profesor Panofsky, un jocoso divertimento intelectual de reelaboración y, también, un magnífico ejemplo de que en la Historia del Arte los temas están ahí, y sólo precisan de una mirada inteligente que sepa verlos.

El maestro de Hannover nació en 1892, y por tanto desde el primer minuto pudo ver el desarrollo de un elemento novedoso en el mundo que cambiaría nuestra sociedad: el automóvil. Pero él mismo, como historiador, pronto pudo comprobar que, en aquellos primeros momentos, estaba claro que aquel artefacto, el automóvil, era más una evolución de los coches de caballos que un nuevo elemento ajeno y sin antecedentes culturales. En realidad lo que nosotros llamamos “nacimiento del automóvil”, no es sino la transformación de los milenarios carros de caballos, que llevaban en la cultura indoeuropea varios milenios, en carros de caballos “sin caballos”. Y eso explica la prolongación de algunas actitudes, tendencias, propuestas estéticas y estructurales de los modernos automóviles de principios de siglo. Panofsky, de espíritu curioso y mente privilegiada, se caracterizó siempre por una capacidad asombrosa para vislumbrar la estructura de las propuestas estéticas y sus más profundas raíces culturales y sociales. Esta consciencia probablemente dió lugar a este artículo como un divertimento y un reto: poder entrever si en el más relevante icono del mundo moderno, el automóvil, se podían rastrear inercias y tradiciones estéticas y culturales del pasado "pre-tecnológico".

El radiador del Rolls Royce era como una flor abierta para esa incansable abeja que era la mente del maestro. Un frontal que recordaba de forma evidente a las fachadas de los templetes clasicistas le sirve para conectarlo con el Neopaladianismo, para poner sobre la mesa nombres como Burligton, Campbell o Adam, y para establecer una interesante dialéctica entre el jardín versallesco y el inglés. Los templos clasicistas en medio de las controladas forestas de las islas británicas pronto se convirtieron en signo distintivo del arte inglés del siglo XVIII y XIX. El "Spirit of ecstasy" (Vulgo "Emily") del escultor modernista británico Charles Sykes, tiene para Panofsky un parentesco evidente con las "gryllas" y "bufonerías" que decoran los libros medievales góticos desde el "Libro de Kells" hasta el psalterio de Rutland (todas ellas tan bien reproducidas e integradas en la magnífica película "El nombre de la Rosa") y su presencia sobre el "frontispicio" del Rolls desde 1911 es un guiño, aparte de un elemento apotropáico, protector, de la más larga tradición universal.

El maestro alemán vivió los últimos años de su vida en la década en la que el automóvil dio el salto mediático y de popularidad, para convertirse en el icono absoluto del siglo XX. Probablemente Panofsky contemplando el fascinante Aston Martin DB4, o viendo el incalculable poder de atracción de coches como el Ford Mustang, o el Chevrolet Corvette, objetos de deseo, recordó la anécdota de Goya, quien, cuando fue nombrado pintor del rey, se encargó un coche de caballos nuevo, pero dado el potencial económico que le otorgaba su ascenso, se lo mandó encargar a Inglaterra, donde se fabricaban carros más compactos, elegantes... y rápidos.

Panofsky, un historiador a caballo de la tradición y la más voraz renovación en su disciplina, plantea intrínsecamente en este texto uno de los ejes constantes en su obra: que los “temas” en Historia del Arte y en cultura no dejan de repetirse nunca, transmitiéndose de siglo en siglo pese a los cambios en las formas. Ya lo había hecho con su imprescindible “Renacimiento y Renacimientos en el arte occidental”, en el que demostraba que el Renacimiento italiano fue el más exitoso, pero no el único, de los intentos de occidente por recuperar una cultura y arte clásicos. También su denso pero riquísimo “Estudios de iconología” se adentraba en el mundo contemporáneo a través de la pervivencia de la iconografía de saturno como prefiguración asociada al tiempo y lo perecedero. Y por supuesto el exuberante “Saturno y la melancolía”, escrito al alimón con otros dos monstruos de la historia del arte reciente, Fritz Saxl y Raymond Klibanski, en el que demuestra la justificación de una obra de Durero en la más profunda de las tradiciones astrológicas y médicas de la antigüedad. Panofsky podía ver temas donde nadie los intuía, por eso su “La perspectiva como forma simbólica” es un libro fundacional e imprescindible para cualquiera que aspire a tener una percepción precisa y madura de cualquier manifestación artística. Y lo valioso de sus obras es que, leídas diez, treinta o sesenta años después, siguen manteniendo un carácter actual y visionario que pocas obras científicas tienen.

"Antecedentes ideológicos del radiador del Rolls Royce" es sólo un juego. Que sienta sus pies a caballo de dos mundos aparentemente lejanos, pero que de la mano de un gran maestro de la cultura y el arte del siglo XX, están evidentemente en contacto.


 
Dos de los tres lienzos de Jack Vettriano con motivos automovilísticos que anunciamos que saldrían a subasta el día 29 de agosto en Sotheby's Londres, se quedaron sin vender. El único de los tres que encontró comprador fue quizá el más interesante, "Bluebird at Bonneville", en el que aparece el "Pájaro azul" usado por Malcolm Campbell en 1935. "Birth of a dream" y "Pendine Beach" quedaron sin comprador. El resto de los cuadros de Vettriano fueron vendidos en su mayoría, y casi siempre con precios levemente superiores a las mejores expectativas planteadas por Sotheby's, aunque conviene matizar que los tres cuadros que reseñamos aqui hace unas semanas eran tres de los que partían con una cotización más alta. De los 13 cuadros del pintor que se ofrecían en la subasta, cinco quedaron sin vender, entre ellos los dos ya mencionados.

"Bluebird at Bonneville" se vendió en un precio bajo (468000 libras) dentro de la horquilla que preveía la casa de subastas (400000 - 600000 libras), pero aún así son 689503 euros, o sea casi 115 millones de pesetas, lo cual no está nada mal para una obra de 65 x 103 cm de un artista figurativista y vivo. De hecho fue el cuadro más caro de la subasta (Scottish and Sporting Paintings) y fue el cuadro de Vettriano vendido a mayor precio, seguido de "Dance me to the end of love", en 192000 libras (unos 282000 euros).

Aunque el mercado del arte está sometido a veleidades y oscilaciones a veces difíciles de entender, para hacerse una idea de lo que estos precios significan, sirvan como ejemplo un lienzo de Francis Picabia vendido en Julio en algo más de 1300000 dólares (unos 940000 euros), o un lienzo de Arp en 204000 euros y una tinta china de Picasso en 138000. Claro que el precio de las cosas en las subastas no lo marca su valor, sino lo que una persona en concreto está dispuesta a pagar por ello.


Probablemente causarán el horror de los más forofos de las marcas implicadas, y el furor de los más deshinibidos "coolhunters" y horteras de pro. Serán el coche en el que jamás querrías ser visto, o el que desearías tener en una habitación acristalada como el Ferrari de "Todo en un día". Pero los coches decorados por Romero Britto, además de no dejar indiferente, son un punto de encuentro entre la tendencia más popular del arte y el diseño actual, con el actor social más potente del siglo XX: el coche. 

Romero Britto es un artista brasileño residente en Miami muy popular en Estados Unidos, que ha alcanzado una personal y reconocible propuesta de arte de gusto Pop, en la que flotan referencias evidentes a las vanguardias históricas (Picasso, Miró, Matisse...), las influencias directas de Warhol y Haring, y una buena dósis de imaginería propia. Britto (Recife, 1963) desde que en 1989 diseñase unas etiquetas de vodka Absolut con Keith Haring y Warhol, ha construido un estilo propio y ha logrado que sus imágenes se conviertan, también, en iconos y objetos cotidianos en la cultura popular de nuestro tiempo. Esta iconografía, a base de repertorios al borde de lo kitsch y flirteando con lo ñoño, tiene grandes dósis de todo lo que hace falta para triunfar como concepto comercial (colorido, dinamismo, simpatía...) y el inabarcable márketing de Agatha Ruiz de la Prada, de Jordi Labanda o de las Supernenas lo demuestran con creces.

Y no es de extrañar entonces que, como buen artista de vocación "Pop", Britto se haya encargado de darle vueltas al automóvil como "tema". Por un lado incorporándolo a sus cuadros, como en "Wow Ride" de 2006, en el que se puede ver un colorido Rolls Royce (Que recuerda a este otro subastado hace unos años) en una estampa que transforma la imagen del coche señorial por antonomasia (extinguidos los Hispano - Suiza y Bugatti) en un mero elemento de una estampa del más popular de los gustos. Desmontando el mito, algo frecuente en la historia del arte contemporáneo.

Los otros tres ejemplos son algo más interesantes. Dentro del concepto "intervención sobre un automóvil", que hemos visto repetidas veces ya en este blog (desde los Sonia Delaunay a los BMW Art Cars pasando por Jordi Labanda o Gilles Deacon), Britto ha decorado al menos tres coches: un Mini BMW, un Volvo V50 y un Audi RS4, todos ellos en su peculiar estilo.

El Mini que Britto decoró en 2003 parece un auténtico coche de cómic. Con un gran corazón alado sobre el capó, y unos cuantos más por el resto del coche, el inglés de padres alemanes se convierte en una obra terriblemente "kitsch" pero en la que el diseño del coche (la reinterpretación de Frank Stephenson del original de Alec Issigonis) soporta perfectamente la manipulación y establece una comunicación con la propuesta de Britto de manera que el resultado no es un ataque de azucar, sino un coche simpático y hasta elegante.

Una explosión de colorido en medio de un esplendoroso atardecer adornado con paracaidas, tablas de surf y bicicletas transforman al elegante y sofisticado diseño escandinavo del Volvo V50 en una especie de coche del optimismo, algo así como el VolBritto. Al igual que con el inesperado éxito de la furgoneta VW en el movimiento "Hippie" de los 60, la mezcla del riguroso, limpio y calculado diseño nórdico con esta explosión de color da un curioso resultado en el que Britto supo aprovechar con inteligencia las virtudes del diseño del Volvo (esa "nariz" con más personalidad que la de Adrien Brody) y esconder sus puntos flacos (una excesiva superficie lateral lisa en el tramo entre los ejes).

Por último, con motivo de la "Art Chicago", una de las ferias de arte más relevantes de los Estados Unidos, que contó con el patrocinio de Audi en 2007, a Britto le fue encargado decorar uno de los buques insignia de los de Ingolstadt, para este año, el RS4. El resultado, probablemente el más equilibrado de todos, no deja de tener el explosivo colorido a base de tonos intensos y planos marca de Britto. Pero en este caso el guiño a las vanguardias históricas, y concretamente al cubismo más picassiano, es evidente, con el motivo del capó, siempre tamizado por el estilo del brasileño, que se encarga de añadir topos, estrellas y bandas onduladas para obtener el característico estilo tan animado de sus composiciones.

Britto es un artista popular y atractivo sobre todo en Estados Unidos y, de alguna manera, el hecho de intervenir sobre automóviles pone de relieve, por un lado, su interés de seguir caminos ya seguidos por los gurús del arte contemporáneo como Calder, Hockney o Warhol, pero por otro lado lo atractivo, icónico y versátil que es el automóvil como "tema" en el arte más pop.

La próxima vez que suban al metro, o al autobús, fijense en los estampados de las camisetas, bolsos, gorras o chaquetas de chicos, chicas, mujeres y hombres. Si encuentran repetidamente coches y motos, o motivos relacionados con ellos, especialmente si tienen un aire "retro" o "kitsch", piensen por un segundo en todo esto.

* Gracias a Merche, que me dio a conocer por primera vez el trabajo de Romero Britto desde Miami. Por esto y por muchas otras cosas.

# lunes, 03 de septiembre de 2007 10:51

BMW y la pintura. El gran duque de Baviera

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El grupo BMW, como hemos visto ya en muchas ocasiones en este mismo blog, se ha distinguido desde hace décadas por tender relaciones especialmente intensas con el mundo del arte. Las intervenciones de las marcas de automóviles en el mundo del arte se han limitado tradicionalmente al patrocinio de eventos ya producidos (premios, concursos, patronazgo en museos), y a menudo desde el marco de las relaciones entre industrias (patrocinio de grandes producciones de cine, televisión, teatro, música...) Al margen de los proyectos arquitectónicos de los que hemos hablado repetidamente aquí, es poco frecuente que un grupo automovilístico se lance al patrocinio y producción de tantas actividades culturales como en el caso de BMW.

En BMW, el arte en general, y la pintura en particular, tiene un papel especial, desde que en 1973 le encargasen a Gerhard Richter tres grandes lienzos para la decoración de las oficinas centrales de Munich, o en 1975 se asociase por primera vez un coche de Munich con un artista contemporáneo como Calder. Por ello en la actualidad patrocina y produce un buen número de actividades relacionadas con ello, como si de un mecenas del renacimiento se tratase.

En España, BMW convoca anualmente el "Premio de Pintura" desde 1986, dando así una oportunidad a nuevos creadores para dar el salto a los grandes circuitos del arte. Los ganadores tienen ocasión de exponer en muestras itinerantes por salas de toda España. En la misma línea BMW patrocina desde 1996 la Akademie Galerie, un espacio en Munich en el que los estudiantes de la escuela de Bellas Artes de Munich pueden exponer al público sus obras y asi tener un espacio relevante en el que tomar contacto primero con el público del arte, poniendo así de relieve no sólo su interés en las estrellas consagradas del mundo del arte, sino también en ofrecer plataformas a los recién llegados para que puedan iniciar su andadura con un pequeño respaldo. La propuesta de la Akademie Galerie no es un brindis al sol, como demuestra la marca también en el patrocinio del premio de arte joven de la Nationalgalerie de Berlin. Coincidiendo con el Art Forum Berlin, los nominados al premio son anunciados en el BMW Pavillion, y la propia empresa patrocina la exposición colectiva que al año siguiente se realiza en el Hamburger Banhof (Museo de arte actual de Berlin). El próximo 14 de Septiembre se inaugurará la exposición con los premiados de este año. La relación de BMW con los museos queda también patente en esta iniciativa, y parece ser un interés especial de la política de imagen de los de Munich. En este sentido, BMW tiene su papel principal en la Pinakothek Der Moderne, en Munich, donde las creaciones de la marca ocupan su papel estelar en el área dedicada al diseño industrial como expresión estética y cultural.


 No obstante, quizá la más conocida de las iniciativas de BMW en torno a la pintura, sea su colección de Art Cars, de la que hemos hablado aquí en repetidas ocasiones. Los BMW Art Cars son una colección de 16 coches intervenidos por artistas contemporáneos, desde Calder a Eliasson pasando por Warhol, Stella, Manrique o Hockney, en los que BMW da un paso más allá en la interpretación del arte de vanguardia. Los BMW Art Cars es una iniciativa especialmente vinculada a BMW USA, así como la experiencia con Joshua Davis del que dimos cuenta hace unos meses, lo cual también demuestra que, como se apreciaba en nuestro artículo sobre BMW y la arquitectura, al margen de la actividad de la marca en el mundo del arte a nivel de grupo empresarial, también existe una iniciativa sectorial que forma parte de una directriz intrínseca al grupo en la relación con la cultura. Desde BMW USA partió también el proyecto "The Hire", del que dimos cuenta en un artículo hace ya tiempo.

Como colofón, el enlace a un interesante microsite de BMW USA en la que queda claro el concepto de idea cultural de BMW en una forma muy elegante, directa y con un interesante vídeo sobre los BMW Art Cars (en Youtube se pueden encontrar muchos vídeos ellos, no obstante)

* La foto muestra la obra ganadora del XXI Premio BMW de Pintura, "La Pausa", Michele del Campo, 180 x 195

# sábado, 01 de septiembre de 2007 0:31

Death Proof. Persiguiendo persecuciones

 
Son las dos de la madrugada y en apenas cuatro horas y media tengo que ponerme en marcha de nuevo para volver al trabajo en la sala de exposiciones de La Lonja.

Pero acabo de venir de ver "Death Proof", la última película de Tarantino, y no podía dejar de escribir una breve reseña en caliente. Porque si, por un lado, desde el punto de vista cinematográfico es una obra floja de un director que puede dar mucho más de sí, y hasta, si me apuran, una muestra de una cierta incapacidad para evolucionar desde sus aplaudidas "Reservoir Dogs" y "Pulp Fiction", por otro lado la película es un auténtico homenaje a algo de lo que hace meses vengo hablando en este blog: las persecuciones de coches como elemento clave del cine de acción de finales de los 60 y casi toda la década de los 70.

Solo un loco del cine de serie B como Tarantino podía reunir en una misma película al Dodge Charger R/T que era perseguido por Steve McQueen en "Bullitt" (Peter Yates, 1968), al hermosisimo Challenger 440 que Kowalski trata de llevar de Denver a San Francisco en "Vanishing Point" (Punto límite cero, Richard Sarafian, 1971), y al precioso Ford Mustang Mach 1 amarillo, en realidad un Mach 1 de 1972, de "Gone in 60 Seconds" ("la original, no esa mierda con Angelina Jolie", H.B. Halicki, 1974). Solo le ha faltado el Jaguar XK 120 de la original "The Fast and the Furious"... de 1954.

La película es un auténtico divertimento del autor, para poner juntas una gran cantidad de referencias al cine de serie B que maneja como nadie, y una excusa para rodar una persecución de coches como las que ya no se ruedan, desde el punto de vista de la sinceridad y la potencia plástica. Desde el terrorífico Chevrolet Nova de Kurt Russell al principio de la película, hasta la magnífica secuencia final con el duelo de "Dodges", hay todo un festival de aullidos de esos maravillosos V8, de soplidos de compresores, de gemidos terribles de neumáticos bajo el par motor de esos dinosaurios del asfalto. Solo que estas secuencias no tienen el mismo poder de seducción en esta superproducción de hollywood que en aquellas producciones de bajo coste, quizá porque están un poco faltas de sinceridad, como toda la película en la que Tarantino se esfuerza en hacer "mal" una película que no tiene por qué padecer algunos "males" (diálogos vacíos abusivos, cortes de cinta, errores de color...)

No obstante, para los amantes de aquellos artefactos, del cine de acción sin mayor pretension, de las series B, y para aquellos que hayan visto aquellas películas, algunas secuencias de la película pueden ser una gozada completa. Seguramente me cuento entre los no muchos que hayan visto "Vanishing Point" (película con la que dimos, entre otras, en el proceso de investigación sobre el automóvil en el cine que estamos llevando a cabo Toni y yo) y entre los muy pocos que la han visto en esta misma semana. Y desde luego, siendo una película de tercera fila, fui capaz de disfrutar del cándido entusiasmo de sus directores, del estilo y contenido tan kitsch y setentero y de las secuencias (y el escalofriante sonido) en las que el Challenger blanco era conducido por el intrigante Kowalski. Por ello probablemente he disfrutado "Death Proof" un poco más de la cuenta.

Y por eso ha valido la pena quitarse unos minutos de sueño para compartir con todos vosotros un homenaje de Tarantino que tiene mucho que ver con el trabajo que en los últimos meses llevamos realizando el pacientísimo Toni y yo mismo. Vaya, que me lo he pasado muy bien.

Buenas noches a tod@s 

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