En una ocasión, Luis del Val me recomendó un libro. Me detuve en la caseta de la Feria del Libro de Zaragoza en la que firmaba libros, para que le dedicase una de sus obras a mis padres, que son seguidores suyos. Del Val, amable y paisano, me dio conversación. Yo llevaba "El llano en llamas" bajo el brazo, y dándole vueltas al relato corto, terminó por recomendarme un libro de Cortázar, "Todos los Fuegos, el Fuego".
Hace unos meses, se hizo popular una campaña de Seat, la del León, en la que aparecía Cortázar. Bueno, en realidad no aparecía. Sólo recitaba. Cortázar, tenía, aparte de su acento argentino una extraña dicción, algo de frenillo, y cadencia al leer. Por eso la voz del anuncio del León sonaba un poco extraña. Alguien me dijo "He visto ese anuncio del gangoso y el reloj..." y yo salté como un resorte "Ese gangoso es el escritor de relatos cortos más grande de todos los tiempos, es Cortázar ¡¡ Cortázar leyendo un párrafo suyo!!" Algunos lumbreras incluso analizaron sesudamente y dijeron que el anuncio era un plagio del de BMW con Bruce Lee (una pieza, dicho sea de paso, terriblemente sobrevalorada) Nada de eso. El anuncio era simplemente uno más de una tipología mucho más antigua que todo eso, y que arranca por lo menos a principios de los años 90. El anuncio, era, nada menos, un anuncio de coches con un relato de Cortázar.
"Todos los fuegos, el fuego", se abre con un relato sobre coches. O más bien un relato con coches. No tengo demasiada literatura a mis espaldas, o al menos no tanta como para hacer afirmaciones en términos de mejor y peor. Pero "La autopista del Sur", el relato de 1964 que abre el libro mencionado, publicado en 1966, es, desde todos los puntos de vista, magistral. Un ambiente, como en casi toda la narrativa breve sudamericana, denso, colorido y un tanto irreal. Una situación inexplicable, un tanto delirante, y que tiene mucho que ver también con esa mirada un tanto recelosa sobre el progreso desbocado, que algunos escritores de mediados del siglo XX tuvieron, con gran acierto en muchos casos. Un atasco en una de las vías que llevan a Paris, que deja una autopista colapsada durante varios días sin que los coches puedan moverse.
"La autopista del sur" es un maravilloso relato en el que Cortázar usa a los coches como identificativos de los personajes. Personajes que nunca llegamos a saber cómo se llaman en realidad. Y en el que el autor presenta una galería de automóviles que es una espléndida fotografía de una carretera cualquiera de la Europa de los años '60, para configurar un atasco que, por los coches que lo componen, parece más bien salido de un relato de Tintín. Peugeot 404, Dauphine, Taunus, Fiat 1500, Caravelle, Morris Minor, Peugeot 203, 2CV, Citröen ID (DS)... La galería de automóviles que presenta Cortázar es en realidad una galería de personas. Los nombres de los coches terminan por desplazar a los de las personas. La muchacha del Dauphine, Taunus, las monjas del 2CV, Beaulieu... Durante los días que, inesperadamente, dura el atasco, las máquinas y sus personajes sufren una fusión. Pero además, los coches determinan las relaciones de forma lírica y sugerente.
Hay algo de receloso del progreso en el relato de Cortázar. El mero hecho de que el desarrollo se inicie con un atasco, que es la más evidente de las formas inmediatas de ausencia de progreso, o de saturación del mismo, ya condiciona. Pero además, y en esto hay una fuerte carga semántica, los automóviles determinan las relaciones entre las personas. El autor reparte concienzudamente a los personajes por los coches según les corresponden a su perfil. Pero, durante el atasco, surgen relaciones entre estas personas, que crecen y se fortalecen en la medida en la que los coches están parados. En algunos momentos del atasco, se producen leves avances en alguno de los carriles, que inmediatamente propician la fractura de algunas relaciones establecidas entre conductores de coches que habían quedado en paralelo, y se establecen otras nuevas según la posición final resultante. Durante algunas horas, las máquinas paradas, cientos de ellas, miles, permiten que las personas que viajan dentro se comuniquen y relacionen, intercambien sus pasiones, miedos y sueños.
Cortázar parece conocer bien los automóviles, pero es despiadado con ellos. Después de un par de días, de algún romance y buenas y fuertes amistades, la autopista se despeja, y el coágulo en el progreso que es el atasco comienza a disolverse. Donde la máquina comienza a funcionar, parece mermar el hombre. Las relaciones se empequeñecen, hasta quedar convertidas en unas rojas luces en el confuso horizonte de un Paris nocturno al frente.
"La autopista del sur" es un relato imprescindible. En el que Cortázar se sirve del automóvil de una forma sutil, frívola pero al tiempo densa, profunda y cargada de significado.
Probablemente pensaba Cortázar del coche lo mismo que del reloj del fragmento del anuncio del León. Al fin y al cabo, la imágen del reloj atado a la muñeca aparece intensamente en la segunda frase del relato. Y el tiempo atado a la muñeca, es como el coche atado a la velocidad, que mantiene a su conductor aislado de los demás. ¿Quién posee a quien? Quizá por eso, en una especie de tránsito testamentario, un legado quijotesco, hizo aquel extraño viaje de 33 días en su vieja VW combi, con su esposa, ambos ya cerca de la muerte, para dejar esa obra genial que es "Los autonautas de la cosmopista"
"Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj, pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa..." (Continúa el relato completo "La autopista del Sur")