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Artículos - septiembre 2008

Estados Unidos es el país en el que, al menos durante el siglo pasado, casi todo se movió sobre cuatro ruedas, y en el que el automóvil, un invento europeo, se hizo mayor y encontró su identidad. Si el viaje de la antigüedad es el viaje homérico por mar, el viaje en el mundo moderno es la escapada sobre un coche por las carreteras perdidas del interior de Estados Unidos a lo Kerouac (en el caso de que lo homérico y "On the road" fuesen antagónicos). Por eso, hablar de la historia de este país y hablar de la historia del automóvil es lo mismo, y viceversa. 

El Museo Smithsonian es el Museo Nacional de Historia de los Estados Unidos, y se encuentra en Washington. El Smithsonian es un museo que más que histórico podría llamarse "de la cultura" estadounidense. De algún modo un museo "diferente", repleto, más que de piezas únicas, que también, de montajes didácticos acompañados de algunas piezas a través de los que comprender la historia de un modo más transversal. ¿Vieron "Noche en el Museo", una película en la que Ben Stiller se hace vigilante de seguridad en el Museo Nacional de Historia Natural de Nueva York?, pues piensen algo más en eso que en el Museo del Prado.

El Smithsonian, que se encuentra en la actualidad cerrado por reformas y reabrirá el 21 de noviembre de este año, cuenta entre sus montajes temáticos con un magnífico e interesante montaje, "America on the move", que ocupa 2300 m2 de la superficie del museo, y que está dedicado al transporte y los desplazamientos en la historia del país. En esta gran exposición, que cuenta asimismo con una monumental página web de apoyo y material didáctico específico, el automóvil y los viajes por carretera suponen uno de los pilares del discurso.

"America on the move", analiza los desplazamientos, flujos y caminos en la historia del país, desde las diligencias hasta los primeros ferrocarriles, tanto aquellos que llevaban trabajadores de un lugar a otro como el extraño ferrocarril que desde Manhattan llevaba al "Luna Park" de Coney Island a principios del siglo XX. Sin embargo, la cultura de este país es una cultura que se desarrolla sobre ruedas, y por ello en la exposición el automóvil es el eje. El montaje está repleto de historias fascinantes, como la del tenido por el primer viaje en coche de costa a costa, el realizado por Nelson Jackson y Sewall Crocker, y su perro Bud (que se convierte a su vez en mascota de la exposición. Pero también dedica un importante espacio a uno de los grandes mitos de los Estados Unidos, la Ruta 66, la primera gran carretera interestatal, y la llamada por Steinbeck "La carretera madre".

La exposición es tanto una historia del transporte en los Estados Unidos como una historia de los Estados Unidos a través del transporte. Alguien dijo en una ocasión que el automóvil era europeo de nacimiento pero estadounidense de adopción. Con este "leit motiv", uno de los ámbitos de la exposición "Americans adopt the Auto" repasa el asombroso auge del automóvil en las primeras décadas del siglo XX, que llevaron a que en 1930 23 millones de coches circulasen por el país, y más de la mitad de las familias estadounidenses tuviesen un coche. La producción en serie del automóvil a partir del Ford T y su popularización masiva puso en marcha al país como en la época del ferrocarril. A partir de ese momento fueron necesarios talleres, carreteras, y hoteles de paso en grandes cantidades. Los desplazamientos a una distancia superior a lo que hasta entonces se acostumbraba cambiaron el mapa de los servicios y el comercio, perjudicando en ocasiones a las pequeñas tiendas en favor de grandes centros de distribución. Desde las ciudades hasta los juguetes, todo en Estados Unidos creció a la medida del automóvil. E incluso los métodos actuales de producción arrancan de aquella época: después del Ford T, los coches comenzaron a cambiar de aspecto o de equipamientos cada poco tiempo, para que el mercado se reactivase con más velocidad y el automóvil se convirtiese en artículo de consumo, y no en patrimonio heredable. Esto se comprende más fácilmente si se atiende a que, entre 1914 y 1926, el único color en el que se produjo el Ford T era el negro, lo cual dio lugar a la frase atribuída a Henry Ford "Todo el mundo puede tener un coche del color que quiera, siempre que sea negro"

Tampoco las ciudades estadounidenses se entienden sin el automóvil, y por ello la exposición dedica un apartado al fenómeno urbano de los suburbios, barrios alejados del centro, o "barrios dormitorio", que diríamos hoy en día. Una planificación urbana hecha a la medida del automóvil en los años 40, 50 y 60 dio lugar a ciudades con extensiones inmensas que sólo eran habitables a bordo de un coche o el a menudo problemático transporte urbano. Y eso a su vez generaba problemas de tráfico en el centro que condicionaba de forma determinante la habitabilidad y forma de los mismos (Fenómeno relativamente reciente en las ciudades europeas, y particularmente en las españolas, se ve que es difícil escarmentar en cabeza ajena).

Posiblemente junto a la Ruta 66, una de las imágenes más reconocibles en Estados Unidos son las grandes autopistas interestatales, que precisamente dieron al traste con las carreteras interiores a cuyos márgenes rugieron tantas comunidades y negocios. El conflicto entre las autopistas interestatales y las comunidades de paso se representa también en la exposición, y no sólo este conflicto, sino el de las propias interestatales contras las ciudades. La forma en la que las grandes rondas de circunvalación se construyeron en los años 60 y 70 destruyó muchos de los amables suburbios creados en las décadas previas, y en algunos casos de forma dramática, como en el conocido Bronx de Nueva York, cuyo declive comenzó justo cuando una inmensa autovía elevada lo partió por la mitad desplazando a miles de habitantes. Las interestatales pusieron en el país sobre la mesa el problema de quienes veían pasar la carretera por su casa pero tenían que hacer kilómetros para ir a la manzana siguiente de su barrio, lo cual también obligó a nuevos planteamientos de urbanización y nuevos transportes públicos.

Pero además la exposición, en la que se hace una larga muestra de la espléndida colección de coches del Smithsonian, analiza algunas de la claves del propio automóvil como medio de transporte, como el interesante ámbito comisariado por Janet Davidson que plantea una revisión a los intentos por desarrollar coches con energías alternativas desde los mismos inicios. En ella se ponen en contacto intentos como el coche eléctrico Riker, uno de los muchos pioneros durante la breve pero intensa pugna entre el motor de explosión, el de vapor y el eléctrico en la primera década y media de historia del automóvil, el famoso y fallido intento de Chrysler por desarrollar un coche con propulsión por turbina, o el más reciente GM EV1, un intento mucho más racional y viable de plantear una energía alternativa, al que, sin duda, se podría sumar el recentísimo Chevrolet Volt.

"America on the move" es un monumental montaje del Smithsonian, no sólo por su extensión sino por las temáticas que abarca. Más que una historia del transporte en los Estados Unidos, es una historia de los Estados Unidos a través del transporte, y en buena medida, una historia del siglo XX a través del transporte en los Estados Unidos. Desde la literatura en torno a los grandes viajes, hasta la cultura urbana generada en las megápolis estadounidenses, el automóvil tiene su presencia como protagonista negativo o positivo. Y no sólo se busca entre las claves de la influencia de los medios de transporte, sino también en su propia evolución técnica a lo largo de la historia.

Probablemente un discurso tan monumental como este sólo se pueda dar en Estados Unidos. Y no por la grandilocuencia de sus formas, sino porque los medios de transporte en el siglo XX han tenido como lugar predilecto de desarrollo y evolución aquel país. Hay un hecho histórico que ha dado ventaja a los americanos para ello: los demás países con una extensión similar o mayor que pudo haber llevado a un desarrollo del transporte como el de Estados Unidos, como Unión Soviética y China, se erigieron el el primer cuarto de siglo como potencias del eje comunista, con el consiguiente alejamiento de los términos de producción y consumo que en Estados Unidos crecieron y se exportaron al resto del mundo. Los ferrocarriles y la aviación militar se desarrollaron con cierta energía en el primer tercio del siglo XX en estos lugares, pero jamás llegó la explosión del vehículo privado como en el país americano. Explosión de la que, por que no decirlo, el resto del mundo es heredero hoy en día.

* El Smithsonian Museum se encuentra en la actualidad cerrado por reformas, y volverá a abrir sus puertas el 21 de noviembre de este mismo año

Hace tiempo que me rondaba la cabeza un artículo que pusiese en contacto a Christine, la obra del pintor aragonés José Luis Cano, las pintadas del enigmático zaragozano Bulcador, y el concepto de "Coche del fin del Mundo". Anoche estuve en la Expo de Zaragoza, y viendo el espectáculo del Iceberg, entendí que era el momento de escribirlo. 

El automóvil, especialmente a partir de la primera mitad de los años 70 del siglo pasado, se ha incorporado poco a poco en el imaginario colectivo a la extensa lista de agentes sospechosos de causar el fin del mundo. No con la contundencia de una guerra nuclear, ni con la fascinante y terrorifica elegancia de una invasión de seres extraterrestres sino como una especie de lobo Fenrir, capaz de tragarse el sol y la luna con su tumefacta emisión de gases tóxicos. El coche es, todavía hoy en día, una especie de principio y fin, de salvador y destructor del mundo. El automóvil se presenta en el club de la destrucción con dos variantes claras: la de máquina rebelada contra el hombre, y la de máquina que destruye a su paso. Que parecen iguales pero son sustancialmente diferentes.

La máquina rebelada contra el hombre es una especie de robot maligno, que el cine ha retratado de forma muy interesante en algunas producciones de televisión, como algunos capítulos de "The Twilight Zone", pero especialmente a partir de 1971, con tres películas esenciales para entender el papel del automóvil en el cine de terror: El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971), Asesino Invisible (The Car, Ellito Silverstein, 1977), y Christine (Christine, John Carpenter, 1983). A estas se podría añadir la versión cinematográfica de un relato de Stephen King, llevada al cine por él mismo bajo el título La rebelión de las máquinas (Maximum Overdrive, Stephen King, 1986). Todas ellas nos presentan a un coche con vida propia que persigue a los humanos y los asesina sin piedad, de un modo u otro. En el caso de Duel, con el añadido de que el asesino es un camión que transporta petróleo, lo cual en los años 70 se interpretó como una clara metáfora de la atroz dependencia humana de esta materia prima, y este tema, de algún modo, se retomó en Maximum Overdrive, donde un grupo de aterradores camiones sitian una gasolinera para obligar a los humanos a que les alimenten de carburante, dando la vuelta al argumento.

Sin embargo, los ejemplos que tienen que ver con Zaragoza y que mencionaba más arriba, se alinean más bien con el concepto de automóvil como agente de la destrucción del mundo, es decir, como herramienta creada por el hombre que hace a estos mismos humanos su vida mucho más dificil, sucia y triste, hasta el punto de amenazar la vida sobre la tierra.

José Luis Cano, pintor aragonés vinculado a la renovación de la pintura aragonesa desde los años setenta, y viñetista en El Periódico de Aragón y, desde hace unos años en Heraldo de Aragón, ha retratado magníficamente al automóvil devorador de bienestar en muchas ocasiones en su imprescindible tira diaria. En un estilo mezcla de un cultismo digno de Gracián, y un punto somarda digno de Supermaño, los coches en las tiras de Cano son enemigos y depredadores del peatón. Vehículos con largos morros que son en realidad mandíbulas de afilados dientes recorren a toda velocidad las calles de las ciudades dejando mensajes que no son sino las claves de un mundo en permanente desorden. En ocasiones también los coches se representan en Cano como un atronador ruido o música que inunda el balcón de la casa de un abnegado ciudadano con los oidos tapados con corchos. Desde este feroz aspecto, los coches aparecen en las tiras de Cano generalmente para retratar problemas económicos o sociales de las ciudades o de toda la sociedad.

En cambio, en la exposición "Diálogo de Sordos" que tuvo lugar en la Lonja de Zaragoza entre el 6 de octubre y el 25 de noviembre de 2007, Cano presentó una segunda y sugerente versión de su visión del automóvil dentro de la sociedad. En un lienzo, un desvencijado Peugeot 504 yace sin ruedas y comido por la herrumbre, mientras en su lateral aparece pintado a mano "Et in Arcadia Ego". El enigmático cuadro se explica por la clásica frase (y homenaje al cuadro de Poussin) que recuerda que también en la Arcadia, la tierra feliz, reina la Muerte, de manera que nadie escapa a sus dominios. Según cuenta Cano, no es sino la transposición a lienzo de una pintada que él mismo hizo sobre un 504 abandonado y desvencijado en un remoto lugar del monte próximo a Zaragoza años atrás. Llevado al cuadro, la composición se convierte en una moderna "Vanitas", un recuerdo de que el mundo es pasajero para todos, incluido para el elegante y altivo coche (antiguamente llamado "el coche de los notarios"), que no es sino una máquina que se convierte en basura una vez pasada su vida útil. Es inevitable que que, a la vista del Peugeot yacente, venga a la cabeza el famoso cuadro de Valdés Leal, "Finis Gloriae Mundi", como versión moderna del mismo mensaje. El automóvil inmortal y todopoderoso, queda, en el cuadro de Cano, vencido por la muerte.

Sin embargo, para el automóvil devorador y tirano, no todo es tán fácil. En Zaragoza, como se aprecia en las pintadas (no precisamente grafitis artísticos) que han aparecido en los últimos años en paredes, persianas de comercios y toda clase de lugares, hay un superhéroe dispuesto a luchar contra el automóvil: Bulcador. Como parte de una reivindicativa acción para denunciar la tiranía del automóvil en la ciudad, las pintadas de "Bulcador" se han popularizado, junto al eslogan "Contra el automóvil", en muchas zonas de la ciudad, pero de forma particularmente densa en el centro. Algo que no pasa de ser una gracia un tanto gamberra, tiene sin embargo detrás un claro mensaje de denuncia contra el papel estelar y preponderancia del automóvil en el desarrollo urbano de la ciudad, donde las zonas peatonales, parques o carriles bici crecen a un ritmo muchísimo menor que las anchas avenidas, párking y nuevas zonas del extrarradio. Bajo el mensaje de "Bulcador", las pintadas (ciertamente una acción tampoco muy de aplaudir) forman parte ya del paisaje de Zaragoza, e incluso de algunas zonas de Madrid donde yo mismo las he visto en lugares inconfesables. Y es evidente que engancha con la línea de denuncia de Cano, aunque de un modo diferente.

La última de las manifestaciones del coche devastador en Zaragoza a las que me refiero se encuentra, como casi todo en la ciudad en los últimos años, vinculado a la Exposición Internacional 2008. El recinto Expo, construído sobre un meandro del río al oeste de la ciudad, quiso tener su propio espectáculo acuático instalando una descomunal estructura a caballo de parte de la margen izquierda y el propio río (y que no es precisamente una actuación inocua para el medio) que se conoce como Iceberg. En ella, se desarrolla cada noche un imponente espectáculo que denuncia los abusos del hombre frente al planeta tierra, y cómo esos abusos acaban volviéndose contra el propio ser humano. Y entre estos abusos, como no, tiene un papel importante el automóvil, que aparece representado por proyecciones que se muestran a ambos lados de la descomunal cabeza que centra el espectáculo, en las que aparecen montañas de neumáticos, enormes nudos de autopistas que rasgan el paisaje, y atascos interminables. En el momento álgido de la representación, de la boca de la cabeza, como simbolizando el hastío y la saturación que acaba con la salud del género humano, sale disparado un camión, mientras hay una tremenda llamarada alrededor. Dentro del espectáculo del Iceberg (uno de los imprescindibles de la Expo, junto al "Hombre Vertiente") el automóvil es uno de los agentes más relevantes en el maltratato al planeta y, si bien el discurso del montaje termina dando un lugar a la esperanza, lo cierto es que es una seria advertencia acerca del final del mundo que conocemos provocado por la propia saturación del planeta.

El automóvil como agente del fin del mundo es un elemento constantemente presente en nuestras vidas a día de hoy. No de un fin del mundo en el sentido teológico, desde luego, pero si de un final del sistema de vida que conocemos, para el inicio de un mundo diferente y, en muchos casos, mucho más duro para el ser humano. De una forma más lúdica, conceptual o reivindicativa, algunos ejemplos han coincidido en Zaragoza en poco tiempo, ya antes de la Expo incluso, como seguramente lo han hecho en otras ciudades. El automóvil que, como hemos dicho en muchas ocasiones, fue el auténtico protagonista estelar del siglo XX, parece haber iniciado el siglo XXI con un rol radicalmente opuesto. Enemigo para unos, inconveniente para otros, y amenaza para todos, las consecuencias de su abuso ponen a prueba nuestra capacidad de prescindir, pero además a nivel de la cultura popular, la reformulación del papel del automóvil va a traer nuevas expresiones artísticas y culturales de gran interés. Quizá los tiempos que vengan harán que los héroes de las películas dejen de conducir potentes deportivos (y conduzcan hibridos, como Chili Palmer en "Be Cool") oque las escapadas y viajes iniciáticos dejen de desarrollarse en "road movies" a bordo de grandes coches y tomen otras claves narrativas que hagan desaparecer paulatinamente la imagen positiva o deseable del automóvil en nuestra cultura popular, sustituyéndola por otra de carácter negativo.

Al menos, eso sí, parece que el fin del mundo, al menos en Zaragoza, aún no ha empezado

* Muchas gracias a José Luis Cano, por las conversaciones que tuvimos acerca del cuadro "Et in arcadia ego" y su amabilidad

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