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Artículos - noviembre 2009

Si alguna vez os regalan una especie de hamster extraño con ojos grandes y habilidades para el canto, es mejor no darle de comer después de las 12 de la noche, procurad que no le caiga agua encima y que nunca quede expuesto a la luz del sol. Si sabéis de que hablo, es probablemente porque ya váis teniendo una edad, o porque sois fan del cine fantástico en general. El hecho es que en este año se han cumplido 25 del estreno de una película cuya huella todavía hoy es persistente, "Gremlins", de Joe Dante. Como muchas veces me recuerda Toni en nuestras conversaciones, aparte de la nostalgia de quienes fuimos niños en aquel tiempo, el cine americano de entretenimiento de los años ochenta tenía una característica que lo hacía objetivamente interesante, y es que en estas producciones destinadas al entretenimiento, había siempre sitio para la calidad en los guiones, las tramas y el desarrollo de las películas. Sin demasiadas ambiciones quizá, pero sin renunciar a todo a cambio de productos de usar y tirar.
Joe Dante, que había dirigido justo un año antes una adaptación cinematográfica para una nueva "The Twilight Zone", quizá no tuvo una gran carrera como director, pero tuvo como guionista de "Gremlins" a Chris Columbus, quien también escribió más tarde otras celebradas comedias como "Los Goonies", o "Nueve Meses", o incluso dirigió "Solo en Casa" y dos películas de Harry Potter. El hecho es que "Gremlins" fue un producto redondo que colocó a aquellos pequeños y bipolares seres entre los iconos de la cultura popular de forma inmediata.
En la cultura anglosajona, sin embargo, los "gremlins", existían ya mucho antes de la película. Como en tantas otras tradiciones orales de todo el mundo, los "gremlins" de los anglosajones son una especie de duendecillos malvados que se dedican a gastar faenas a las personas y a meterse en las máquinas para romperlas. Una transposición de nuestras "animillas", o de los "yinn" de la cultura árabe, seres traviesos implantados en la cultura popular para dar explicación a aquellas cosas que parecen no tenerla y que nos perjudican. Los "Gremlins" de Joe Dante no son pues sino una materialización de estos seres de la cultura popular sajona.
Pero ¿que tiene esto que ver con los coches? A principios de los años 80, Estados Unidos asistía a lo que hoy sabemos que fue el inicio del declive de la industria nacional del automóvil (y de buena parte de la industria pesada en general) que había dominado las décadas centrales del siglo XX. Tras las crisis del petróleo de 1973, la necesidad de coches más pequeños y ahorradores abrió la puerta a los fabricantes de otros países, como los japoneses y los europeos. En la segunda mitad de los setenta, coches como el Volkswagen Rabbit (nuestro Golf) o el Honda Civic, simbolizaron el desembarco de los fabricantes mundiales en el país en forma de ventas crecientes y masivas. Muchos fabricantes se aferraron a la etiqueta "Made in USA" como argumento de ventas, aferrandose a la proverbial calidad de los productos americanos. Pero ese tiempo había pasado, y los coches producidos en Estados Unidos a principios de los ochenta eran de baja calidad a todos los niveles. ¿Cómo explicar este declive? En "Gremlins" el viejo cascarrabias Martin Futterman le pone voz de forma un tanto cómica a la amenaza que muchos americanos veían en la importación de productos extranjeros. "¿Esta bien que lleves a arreglar la excavadora y la encuentres llena de piezas extranjeras?" pregunta algo borracho a una muchacha mientras le desalojan de un bar que está cerrando, "Gremlins..." dice mientras mira a su descacharrada excavadora "...cuidado con los extranjeros, ponen <gremlins> en las máquinas..." dice mientras se sube con dificultad a la máquina. Futterman representa a una parte de la ciudadanía que achacaba el declive de la industria americana, producido por causas totalmente internas, a la presión y malas artes de las industrias de otros países. Un declive del que el antropólogo Marvin Harris habla en su "La cultura norteamericana contemporánea", escrito en 1981, y que sitúa como una causa de frustración de la sociedad estadounidense manifestado en la reducción alarmante de su calidad de vida (¿Por qué las cosas se rompen?, se pregunta).
En realidad, el "gremlin" que se mete en las máquinas para romperlas está presente durante toda la película, donde diferentes aparatos están siempre dando sustos a los protagonistas, empezando por el propio Mr. Peltzer, un inventor lleno de voluntad pero que no hace sino diseñar artilugios inútiles o arreglar otros sin grandes resultados, causando más problemas de los que resuelve.
Así que ya tenemos la unión entre los malvados geniecillos de la cultura anglosajona, que inspiraron la película de Joe Dante, y la personificación de la industria americana y de los usuarios frustrados que son Randall Peltzer con sus inventos locos y Murray Futterman con su obsesión por los "gremlins" que los extranjeros meten en las "infalibles" máquinas americanas.
Pero, ¿no es esto demasiado especular? Quizá podría parecer que hago un análisis un tanto ventajista de la película, llevando unos simples requiebros en el guión a mi terreno. Sin embargo, hay otro detalle en la película que justifica plenamente para pensar que esto es así, y que deliberadamente he dejado para el final pero que está al principio. Tan al principio como que no hay que esperar ni un minuto del montaje original de "Gremlins" para que comprendamos el automóvil es un actor secundario estelar en esta alegoría de la industria americana. La película comienza con el inventor frustrado Randall Peltzer visitando el barrio chino en un plano narrado con voz en off al más puro estilo de las películas de detectives del cine negro. Peltzer se dirige a un sótano de una tienda, y pasa inadvertidamente por delante de un coche aparentemente averiado, o que acaba de chocar con una señal de tráfico. El coche apenas está un segundo en plano, que puede hacer que no nos demos ni cuenta, pero si hacemos pausa vemos que no sólo no está ahi por casualidad, sino que en ese coche accidentado en la acera está la clave para una lectura transversal de la película. Porque el coche accidentado se trata nada menos que de... ¡¡¡un AMC Gremlin!!!
American Motors Corporation (AMC) fue un fabricante de coches americano que llegó a ser relativamente popular a pesar de su breve existencia. Creada en 1954, por la fusión de las míticas Nash y Hudson (si Hudson como Hudson Hornet, el coprotagonista de "Cars") y extinguida en 1987 tras ser adquirida por Chrysler, AMC puede ser más conocida en Europa por haber sido el fabricante de los Jeep durante década y media, y porque de su alianza con Renault llegaron a Europa los primeros Jeep Cherokee con motor diesel de la marca francesa, pero bajo licencia AMC. Tras la compra por Chrysler en 1987, AMC se extinguió y Jeep continuó hasta hoy como marca propia.
Pero, ¿y que es eso del Gremlin? sencillamente, AMC fue el primer fabricante americano en comprender que la batalla por los coches del presente estaba en los tamaños pequeños, y por ello en 1971 desarrollaron un nuevo modelo, al que bautizaron temerariamente como "Gremlin". El Gremlin fue un coche que tuvo un cierto éxito de ventas, adelantándose a las réplicas correspondientes de Ford y General Motors, con coches que nunca terminaron de funcionar. El Gremlin tuvo enseguida su popularidad, sobre todo por algo que sería, a su vez, una de sus debilidades: sus potentes motores y alto rendimiento en algunas versiones que incluso tuvieron tracción a las cuatro ruedas. Este modelo, que todavía hoy acumula unas cuantas páginas de homenaje en Internet, como ésta, pretendió ser una respuesta a los coches pequeños europeos y japoneses... y no lo consiguió. Pese a ser uno de los coches más vendidos de AMC en la década de los setenta, el Gremlin languideció, frente al eterno VW Escarabajo, que aún se vendía, y los coches japoneses, que ofrecían un ahorro de combustible muy notable frente a los grandes motores de 6 cilindros en línea y 8 en V del AMC. Reencarnado en el Spirit, y finalmente en el AMC Eagle Kammback, el Gremlin finalmente desapareció en 1983, justo un año antes del rodaje de "Gremlins". No sin antes haber tenido el dudoso honor de ser elegido como uno de los 50 peores coches de todos los tiempos por la revista Time
La película de Joe Dante tiene, por tanto, un segundo nivel de lectura más allá de la historia de Billy Peltzer y su particular regalo de navidades, que tiene que ver con el significado original de "gremlin" en el mundo anglosajón. Y adaptado especialmente a una coyuntura particular para la historia económica y social de Estados Unidos, "Gremlins" juega con el pobre AMC averiado en el primer minuto de la película y con el discurso de Mr. Futterman junto a su excavadora para dar una visión un tanto pesimista del futuro de su industria en general y de la automovilística en particular.
El prometedor AMC Gremlin, que años atrás parecía poder luchar contra los coches pequeños importados, se ve defenestrado ya en el primer minuto del film, abandonado en pleno barrio chino, como símbolo de algo fallido y equivocado, quizá incluso empezando por el nombre. Y mientras tanto, los viejos usuarios, como Mr. Futterman echan la culpa del mal funcionamiento de sus máquinas a los extranjeros, que meten "gremlins" en las piezas de recambio para así boicotearlas, en vez de aceptar que quizá esas máquinas hace tiempo que dejaron de ser tan perfectas.
Asi que ya sabeis, si tenéis un AMC Gremlin, procurad no echarle gasolina después de las 12 de la noche, evitad que se moje, y que le de la luz del sol. Si algo de eso le pasa no es posible que se reproduzca ilimitadamente, pero seguro que alguna pieza extranjera os juega una mala pasada.

La cultura del automóvil en el siglo pasado, y particularmente en Estados Unidos, es una fuente inagotable de datos para el estudio de la sociedad desde el punto de vista antropológico, político, económico y artístico, entre otros. Lo que quizá no es tan común esperar, es que también nos deje potentes rasgos acerca de las creencias y religiosas y la forma de experimentarlas que hemos tenido durante las últimas décadas, y no me refiero a los rosarios o estampitas de la virgen colgando del retrovisor interior. Ni tampoco al interesante pasaje de "El péndulo de foucault" en el que Umberto Eco hace un paralelismo entre un arbol sefirótico y la mecánica de un automóvil. Me refiero a una historia pintoresca que pone en contacto una vez más la cultura del automóvil con la arquitectura, esta vez de una manera inesperada.

En 1955, el reverendo Robert H. Schuller recorría la Ruta 66 junto con su esposa, pensando que había allí espacio y material para realizar su "ministerio" y poder extender la palabra de Dios. Al más puro estilo de los predicadores americanos, trató de hacerse con un espacio en el que poder dar lugar sus sermones, llegando así a la comunidad de fieles o potenciales fieles que en el entorno se aglutinaban. Según su propia biografía relata de forma casi hagiográfica, tras haber constatado que los nueve primeros lugares que había seleccionado estaban ya ocupados o no disponibles, el reverendo consiguió asentarse en el décimo espacio al que se acercó. Y este espacio no era otra cosa que uno de los múltiples "Cine - En - Coche" del condado de Orange, concretamente el "Orange Drive In", en Garden Grove, California, apenas a 40 kilómetros de la mítica Ruta 66. 

Aunque el "teatro - cine" llevaba abierto desde 1941, quizá el hecho de que Disney hubiese abierto en 1955 uno de sus parques "Disneyland" en Anaheim, apenas a un par de millas de Garden Grove, pudo contribuir a que paulatinamente este, junto con el resto de los "Drive - In" del condado de Orange fuesen declinando. El hecho es que el reverendo Schuller comenzó a hacerse rápidamente con una importante parroquia con sus curiosos sermones. Encaramado al techo del bar del cine, mientras su esposa ponía música con un órgano electrónico, posiblemente Schuller fue uno de los primeros, si no el primero, en tener una iglesia para feligreses en coche, que, como es de imaginar conociendo el contexto social y religioso, rápidamente cobró auge hasta dejar las plazas del "Drive - In" pequeñas para la afluencia de personas a escuchar sus sermones de los domingos. La iglesia del "Orange Drive In" tiene incluso su pequeño milagro, ya que, según cuentan los hagiografos de la comunidad, una vez Schuller estaba decidido a trasladar la iglesia unas millas más allá y abandonar el "Drive in", una de sus feligresas le pidió que no dejase sus sermones para fieles en coche, ya que su marido, gravemente enfermo, no podía asistir de otro modo. Schuller siguió dando sus sermones desde el techo del "Snack Bar" a la explanada abarrotada de coches y, como en las leyendas medievales sobre la fundación de nuevas iglesias, el hombre enfermo sanó.

La historia de los sermones de Schuller es, de alguna manera, la historia de la evolución de este tipo de religiosidad en Estados Unidos, y la historia de Estados Unidos mismo. En la congregación de Garden Grove, siempre consideraron importante el papel de los feligreses que acudían a escuchar sus sermones desde los coches, así que Schuller, para finales de los años 60, consiguió contratar a uno de los arquitectos más prestigiosos del momento en Estados Unidos, Richard Neutra, para que dignificase el lugar donde se realizaban sus actos dominicales. Neutra, vienés de nacimiento y emigrado a Estados Unidos antes de la Segunda Guerra Mundial (caso curiosamente paralelo al de Victor Gruen, del que hablaré próximamente), creó un pequeño espacio en el que el predicador, eje esencial sobre el que gira esta comunidad, pudiese ser visto al tiempo por un auditorio convencional, sentado en sus butacas y a cubierto, y por el auditorio compuesto por las docenas de coches aparcados en la antigua explanada del "Drive - In - Theatre". El bloque tenía un importante muro de cristal, material no demasiado usado en la época en la zona por el peligro de terremotos que siempre acompaña a California, que conectaba tanto al auditorio cubierto como al descubierto.

Pero para Schuller esto no era más que un paso intermedio. En 1970, el reverendo comenzó a ampliar su popularidad a través de un programa que, para 1975 se emitía en 50 de los estados de la Unión, y que hizo que las donaciones y ambiciones de la comunidad de Garden Grove se disparasen. Se trataba de "Hour of Power" un programa que pasa todavía hoy por ser uno de los más longevos y vistos de la historia, con audiencias recientes de hasta 20 millones de espectadores, y que aúna todo lo que se puede esperar de un programa americano que presenta un telepredicador (algo se puede ver aquí, con una entrevista nada menos que a Alonzo Mourning). "Hour of Power" hizo que las ambiciones del telepredicador llegasen tan alto, que decidiese construír un edificio que se pudiese comparar con los más relevantes templos de la cristiandad (otra clásica ambición para algunos hombres a lo largo de la historia, por cierto). Y para eso se dirigió, de nuevo, a uno de los más prestigiosos arquitectos del momento, quizá uno de los más influyentes de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, Philip Johnson. Pero en esta ocasión, Schuller y Johnson decidieron que el edificio partiría de cero, dejando a un lado el antiguo "Snack Bar" convertido en santuario por Neutra, y proyectaron un pomposo y espectacular edificio pocos metros al norte del antiguo emplazamiento del "Drive In". Construído en 1980, la "Catedral de Cristal", es un edificio hecho a la medida de la desmesurada pasión religiosa de las comunidades americanas y su habilidad para financiar su fe. Un poderoso bloque hecho de cristales, para recordar, según cuentan, la sensación de los primeros sermones de Schuller a cielo abierto delante de una explanada repleta de coches, con un inmenso altar hecho con mármol traído de Alicante (literal). Como cualquier catedral, el edificio de Schuller está repleto de riquezas a la gloria de Dios, como recuerdan en su propia página web, y con la misma semántica que en muchos edificios a lo largo de la historia de la cristiandad, la modesta iglesia de Neutra (la segunda que construía en menos de cinco años), ha quedado como recuerdo al lado del nuevo y avasallante edificio.

Pero, ¿de que nos suena Philip Johnson?. Dejan Sudjic, director del Museo del Diseño de Londres, en su magnífico e imprescindible libro  "La arquitectura del Poder", hace un fiel y duro retrato de Johnson. Un arquitecto con una importante inclinación a estar junto al poder, que en su juventud y madurez mantuvo simpatías por determinadas expresiones del Nacionalsocialismo alemán, y que en los últimos años de su carrera había adquirido el papel de gurú para una nueva generación de arquitectos que hoy nos suenan enormemente: Piano, Hadid, Foster, Nouvel, Rogers... Pues bien, Philip Johnson, también dejó una importante, aparatosa y pretenciosa obra en España que manifiesta su alto nivel de empatía con eso que Sudjic llamá "Arquitectura del poder". Es decir, hasta que punto Johnson hace de la arquitectura un auténtico estandarte de las intenciones. Johnson construyó en España las conocidas como "Torres Kio", el edificio Puerta de Europa, en la Plaza de Castilla de Madrid. Las torres inclinadas se convirtieron inmediatamente, hasta la reciente construcción de los rascacielos de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, poco más allá, en una de las imágenes predilectas de Madrid en España y en el exterior. De manera que Johnson contribuyó, al igual que en la "Catedral de Cristal", a crear un edificio emblemático que sirva de referencia a una comunidad, aunque con fines muy diferentes.

La "Catedral de Cristal" pasa por horas bajas recientemente. La comunidad ha sufrido la crisis económica con dureza y "Hour of Power" ha perdido tanta audiencia que podría dejar de emitirse. Las Torres Kio, en cambio, parecen mantenerse, a pesar de su eternamente amenazante inclinación. Lo que quizá no saben en Garden Grove, es que en la misma arquitectura de Philip Johnson, se atisba una importante lucha, la lucha más importante de todas, la lucha eterna entre el bien y el mal.

Porque por si bien la "Catedral de Cristal" está construída en honor a Dios, a través de su ministro Schuller, aqui sabemos que las Torres Puerta de Europa, por mucho que las llamemos Torres Kio, o Torre Caja Madrid, son en realidad un monumento consagrado al Diablo. Como nos contó Alex de la Iglesia, son el signo de la Bestia

Alex de la Iglesia, "El dia de la Bestia", 1995

* Foto 1: Edificio de Richard Neutra que sustituía al antiguo "Orange Drive In"

** Foto 2: Orange Drive In preparado para uno de los sermones de Schuller

*** Foto 3: Catedral de Cristal en la actualidad

**** Foto 4: Fotograma de "El Día de la Bestia" con el edificio Puerta de Europa

> La "Catedral de Cristal" en Google Earth

En noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, yo tenía 13 años y dibujaba coches en los márgenes del cuaderno del octavo curso de lo que un día se llamó EGB. Devoraba cada miércoles el ejemplar de "Autopista" que compraba en el quiosco de mi barrio con las propinas de mis padres, y defendía al agresivo y genial Ayrton Senna frente al frío y eficaz Alain Prost en las míticas luchas que libraban en la Fórmula 1. La sucesión de hechos que colectivamente llamamos "caída del muro", que se simbolizó en el hecho concreto de la apertura de una de las puertas de la frontera berlinesa el 9 de Noviembre de 1989, retumbaban en nuestras aturdidas cabezas de adolescentes (de los de entonces) con la certeza de que vivíamos un momento histórico, y la incertidumbre del por qué lo era.

De la RDA de Honecker y de la URSS de Gorbachov sabíamos no demasiado, pero nuestros padres y nuestros profesores estaban repletos de vivencias más o menos directas de una amenaza mundial que duraba décadas y que llamaron "Guerra Fría". Bahía de Cochinos, Kruschev o "Teléfono Rojo" eran términos familiares pero en cambio profundamente desconocidos en su significado último. La Unión Soviética, ese contrapoder que disputaba el medallero olímpico a los Estados Unidos, siempre que no hubiese boicot de uno u otro, se estremecía en estertores mortuorios desde que en 1985 el hombre de la mancha en la cabeza, Gorbachov, accediese al poder y comenzase a escribirse la historia del final del siglo XX.

Aún hoy lo recuerdo con una curiosa mezcla de nitidez e indefinición. Recuerdo cómo nuestro profesor, Don Paco, alentaba que debatiésemos de cuando en cuando en nuestra clase de "Sociales" acerca de lo que vivíamos, y recuerdo haber guardado docenas de periódicos en aquel momento con la consciencia de que vivía un momento trascendental. Pero de memoria no sé decir si la Perestroika fue antes que la caída del muro, en qué orden se produjeron las revoluciones que echaron del poder a Jaruzelski en Polonia y Ceaucescu en Rumanía, tan distintas entre sí, y con personajes que el tiempo cubrió de otra pátina, como Lech Walesa, cuando la palabra "Solidaridad" era el nombre de un sindicato.

La caída del muro fue un hecho agridulce. Como el final pactado de una relación que se ha agotado. Algo que tenía que suceder, y que con ello ponía final a la tensión que ese final anunciado había generado. Pero aún hoy es imposible responder con un monosílabo a la pregunta de si el mundo es mejor hoy que entonces. Quizá fuimos inocentes pensando que detrás de la caída del muro venía la Arcadia Feliz. Pero tampoco estoy seguro de que pudiesemos imaginar que tras este proceso histórico, en el mundo no solo no desaparecería la miseria sino que se incrementaría, no sólo no camparían las libertades a sus anchas, sino que la falta de ellas se extendería por más países aún, y de una forma más sibilina y malvada. Pensábamos ya entonces que no era bueno que Estados Unidos se convirtiese en la única potencia de nivel mundial, aunque hasta hace muy poco no hemos entendido por qué. Poco después de la esperanzadora caída del muro, la revolución que depuso a Gorbachov y aupó a Yeltsin en la URSS, el estallido de la guerra en Yugoslavia y la Primera Guerra del Golfo, todo ello en 1991, nos enfrentaron a la cruel realidad de que en el fin del siglo XX, caído el Muro, la Utopía seguía igual o más lejos que antes.

Pero esta es una web que habla de coches. Y la caída del muro nos trajo un humilde protagonista que forma parte hoy de los libros de historia tanto como el soldado Schumann que Peter Leibing inmortalizó en su fotografía. La historia de la caída del muro es también la historia del último icono rodante del siglo XX histórico: el Trabant.

A finales de los ochenta, James Bond conducía un Renault 11 cortado por la mitad, enfrentándose a una malvada Grace Jones, que por aquel entonces ponía su impactante imagen en un asombroso anuncio del estilizado Citroën CX, y en el universo automovilístico del personaje de Ian Fleming, el deseo era un Renault 5 MaxiTurbo rojo conducido por otra de las bellezas femeninas. El superdeportivo del momento era un indomable Ferrari F40, pero el coche que recorría nuestros sueños era el Testarrossa con el que paseabamos a una rubia por todo Estados Unidos en el mítico videojuego "Out Run". Similar al otro Testarrossa, este de color blanco que, después de que unos narcotraficantes le volasen su hermoso 365 Daytona negro, se compró Sonny Crockett, que ahorraba para coches viviendo en un barco junto a un caimán. Habíamos visto cómo un científico loco había transformado un exclusivo DeLorean en una máquina del tiempo ("ya que vas a hacer una máquina del tiempo, ¿por qué no hacerlo con estilo?") pero no sabíamos en que coche iba a los entrenamientos Ivan Drago, poco antes de enfrentarse con el incombustible Rocky, y sólo tuvimos una pista cuando al detective Art Ridzik (James Belushi), le asignaron como compañero a Ivan Danko (Arnold Schwarzenegger), un gorila ruso sospechosamente parecido a un desasosegante robot, con el que tenía que investigar un caso a caballo de las dos grandes potencias.

Los años ochenta fueron el último coletazo de la edad de oro del automóvil en Europa, y la Guerra del Golfo tuvo en parte un efecto similar a de la crisis del petróleo de 1973, enfrentándonos de nuevo a una realidad en la que los coches y la dependencia del combustible planteaban más problemas de los que resolvían. A mediados de los ochenta hablar de ciudades colapsadas por el tráfico era algo exótico, y la revolución del diesel que ya se vislumbraba parecía tener la respuesta a muchas de las preguntas acerca de la locomoción que se planteaban en el momento. Desde el punto de vista automovilístico, una década hedonista, en la que nacieron mitos actuales como el BMW M3 o el Lancia Delta Integrale, y donde la fugaz y absurda pero maravillosa existencia de los coches de Grupo B de Rallyes fue un perfecto símbolo de todo lo que sucedía.

Pero hubo algo en la caída del muro que hizo converger al mundo del automóvil con la historia, una vez más. Aquel proceso estuvo tan repleto de imágenes y símbolos que hoy, 20 años después, los editores de los documentales de conmemoración lo tendrán difícil para escoger los materiales. Entre todos ellos, la imagen de un coche adquirió un protagonismo inesperado, cuando se levantó el telón de acero y pudimos ver lo que sucedía al otro lado. Un coche humilde con carrocería de polyester al que los habitantes de la RDA tenían como símbolo a su vez: el Trabant.

Conocía el Trabant desde hacía tiempo, desde que en torno a 1982 mi padre trajese a casa un imponente catálogo de todos los coches del mundo editado por la revista Velocidad. Poco después llegaría el primer "Auto Catálogo" de Autopista, y en su interior páginas que serían vistas una y otra vez: la del Vector Twin Turbo, las de los Porsche 911 y DeTomaso Pantera, las de los Ferrari... y poco a poco fue surgiendo un coche modesto, con aspecto de Mini y tamaño menor que el de un Seat 124... que costaba menos incluso que un Seat Panda, aunque yo entonces no sabía que no se podía comprar uno desde España como se compraba un Panda. Tenía entonces 13 años. ¿Podría un día con 18 sacarme el carnet y comprarme mi propio Trabant, baratisimo, para recorrer las carreteras que el mundo tenía para ofrecerme?

El Trabant, por algún tiempo, fue una auténtica reencarnación del Volkswagen. Un "coche del pueblo", solo que a la inversa. Pero no demostraba que un mundo distinto era posible, como en las campañas de DDB de los años 50 para VW, ni se convirtió en icono de la paz, como a finales de los 60 hizo con el Escarabajo el movimiento hippie. El "Trabi" era el símbolo de hasta que extremo la paranoia del bloque comunista había extorsionado y empobrecido a sus países, que lo más que podían dar era este modesto coche, cuando en la Alemania de enfrente Mercedes y BMW pugnaban por la supremacía europea con la sombra de Audi creciendo cada vez más. Y hasta tal punto la historia es caprichosa, que el Trabant fue producido en la factoria que un día perteneció a Horch, y luego Auto - Unión y más tarde Audi, en Zwickau. Es decir, del mismo lugar de donde salieron algunas de las más maravillosas máquinas de la marca Horch, salió décadas más tarde, en la Alemania Oriental, el modesto y homogeneizante Trabant. Simplemente, al contrario que para el VW, para el "Trabi" no hubo una segunda oportunidad.

Posiblemente una de las imágenes más simbólicas de la caída del muro, es precisamente una imagen de un Trabant. Pero no la de los ciudadanos de Berlín Oriental cruzando la puerta a bordo de sus precarios coches, sino un gran grafiti. En lo que hoy es conocido como "East Side Gallery", una parte del Muro en Berlín justo junto al puente Oberbaum (el de los intercambios de espías), una artista alemana, Birgit Kinder, retrató al Trabi para la inmortalidad en uno de los grafitis que adornaban el Muro en su lado occidental. El mural representaba a un Trabi rompiendo el Muro de Berlín tirando por tierra la inútil barrera, e invadiendo el brillante y ansiado lado occidental. Quizá mucho más conocido que el oportuno y oportunista anuncio de Agustín Medina para Suzuki en el que, pocos meses más tarde, un Vitara rompía las barreras derribando el Muro con su irrupción en el mercado, en un spot cuyas connotaciones lo harían quizá imposible hoy en día.

Lo cierto es que la caída del muro fue más bien una implosión, un colapso por la presión en el que, después de la inicial e irrenunciable alegría sincera del primer momento, el muro terminó cayendo sobre los Trabant, Alemania Oriental y sus habitantes, y no al revés. La depresión social y económica de la República paradójicamente llamada "Democrática" era tan fuerte que todavía hoy el su economía arrastra un retraso estructural en cuanto a crecimiento, Renta Per Capita y desempleo.

Pero ¿que suerte corrió el Trabant en las verdes y fértiles estepas de occidente? Como dijo el emperador romano Vespasiano a su hijo Tito justo antes de morir ("Querido, creo que estoy a punto de convertirme en dios"), el Trabant llegó justo a tiempo de asistir a la propia muerte del automóvil para dejar paso al mito. No hay hoy en día reportaje alguno de la caída del muro que no lo rememore, que no saque una imágen del mismo, preferiblemente el grafiti de Kinder. Y no es casual que se escoja esta imágen, porque en los años que han pasado, aparte de la interesante carrera de Birgit Kinder como muralista con hermosas y originales piezas, el mar de fondo de la historia ha dejado sus huellas en el mural, que ha precisado ser restaurado en diversas ocasiones, como se puede ver en esta foto. El proceso de la creación del mural, y la evolución de su estado en este tiempo está muy bien documentado en la web de la propia artista, y puede verse en esta serie de imágenes. Diez años más tarde, Kinder volvió a pintar, en esta ocasión en un muro en Postdamer Platz, a un Trabant rompiendo la pared y visto desde atrás, como queriendo cerrar el círculo, y reflexionando sobre la unión real de las dos alemanias, tras la simbólica caída del muro.

Recientemente, en este mismo año, un fabricante alemán ha lanzado un prototipo de nuevo Trabant totalmente eléctrico, como propuesta para reflotar al mito, como ya sucedió con el Mini y con el propio VW. Quizá como parte de una cierta nostalgia estructural en los habitantes del bloque soviético, el nuevo Trabant se presenta en un momento de encrucijada con el cartel de ofrecer una interesante alternativa como "coche del pueblo". Lo malo es que el mundo ha cambiado lo suficiente como para que sepamos que hoy en día el mundo tiene ya demasiados "coches del pueblo", incluído el Tata Nano, y que el problema no es precisamente la motorización, sino como evitar que una motorización desproporcionada en el mundo, en cuanto se incorporen miles de millones de nuevos coches en India y China (con sus respectivos "coches del pueblo"), colapse nuestro planeta.

El Trabant vuelve a llegar en el momento justo para la gloria, justo antes de otro desastre.

Han pasado veinte años, y haciendo memoria creo que nunca vi un Trabant rodando. Creo recordar haberme quedado parado con gesto confundido y sonrisa melancólica delante de alguno expuesto en algún Salón de Barcelona. Y hoy aquellas revistas, viejas y desgastadas pero guardadas con cariño, esconden más nostalgia que sueños.

Nunca tuve demasiada habilidad para la historia contemporánea. No como mi compañero Angel, de cabeza caótica y a la vez privilegiada, y que no pudo terminar su carrera de Historia. Pero en aquel momento, hace veinte años, con Don Paco, con Diego ó José Manuel, y sobre todo con Cristina, pudimos ver que vivíamos algo histórico, aunque no sabíamos muy bien por qué.

Quizá incluso soñamos con, algún día, cruzar los dos juntos Europa a bordo de un Trabant, para visitar un muro convertido en galería de arte.

* Página web de Birgit Kinder, autora del grafiti del Trabant en el Muro: http://www.birgitkinder.de/

** Serie de imágenes sobre la creación y evolución del mural del "Trabi": http://www.birgitkinder.de/Album_ESG/index.htm

*** Spot de Agustín Medina para Suzuki con el Vitara rompiendo el Muro: http://www.youtube.com/watch?v=6OwVVznKe1c

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