
Probablemente
ninguna lectura me ha impactado tanto jamás como "El Péndulo de
Foucault", de Umberto Eco. Quizá porque lo leí, hace ya casi veinte años, en esa
edad en la que, como decía un día Elvira Lindo, quizá citando a
alguien que ignoro, tiene uno los poros totalmente abiertos a las
lecturas y a los conceptos, y los absorbe y experimenta de un modo
que nunca más volverá a hacer. Quizá excitado en aquel momento
todavía por la fascinante adaptación de J. J. Annaud de "El
nombre de la Rosa", primera novela del maestro Eco, y sin llegar
aún a comprender (ni aún hoy) por completo la enorme geografía del
conocimiento y el pensamiento a la que los textos del italiano abrían
la puerta. Mi iniciación no fue de la mano de "El guardián entre
el centeno", ni "Siddartha", ni siquiera "Delta de Venus".
Fue con "El péndulo...". Y aún hoy, recién terminado de releer
ayer una vez más, sigue ejerciendo sobre mi una fascinación
desasosegante. Que, por supuesto, no tiene cabida en las páginas de
este blog.
Si
releí "El péndulo..." una vez más, fue porque recordaba un
pasaje cuyo exotismo y exhibicionista transversalidad parecían
destinados a aparecer en este blog en algún momento. Sin que haya
una justificación aparente ni necesaria, solo por el mero placer de
las reinterpretaciones filosóficas del automóvil y, por qué no
decirlo, por reírme de mi mismo un poco a través de la monumental
parodia de Eco en este párrafo.
Quizá
conviene, para aquellos que no hayan leído nunca el libro,
recapitular brevemente para ofrecer una explicación a un texto tan
denso y si se quiere desconcertante. En pocas frases, tres
intelectuales que trabajan para una editorial milanesa se ven
envueltos en lo que para ellos es un juego: la reconstrucción de un
presunto mensaje de los Templarios que, según un desequilibrado
presunto estudioso, era la clave de una futura venganza, de un Plan
para conquistar el mundo a lo largo de los siglos posteriores a su
disolución ordenada en 1307 por el rey de Francia y el Papa.
Siguiendo la lógica espasmódica de los autores de textos esotéricos
que se acercan por la editorial, los protagonistas crean su propio
Plan, jugando con la historia y, sobre todo, reinterpretando todo el
relato de la humanidad en clave mística y "conspiranóica".
De
este modo, se llega a este pasaje, en el que uno de los protagonistas
hace una delirante pero creativa interpretación del automóvil en
función de uno de los símbolos clave de la tradición cabalística,
las Diez Sefirot. Y por eso considero que es tan interesante para
traer a este blog este fragmento de la novela. Porque de las muchas
interpretaciones y lecturas que del automóvil se han hecho por parte
de filósofos, antropólogos o simplemente literatos, a lo largo del
siglo XX, quizá esta es la más deliciosamente disparatada. Y
muestra dos cosas: por un lado, que la capacidad del hombre para
interpretar algo como una cosa totalmente diferente (y sin más
relación que la propia interpretación aplicada) es inagotable; y
por otro lado, que el automóvil es algo así como la "piedra de
toque" del siglo XX, el "Gran Significante", que admite casi
cualquier tipo de lectura ya que la densidad de sus connotaciones
sociales es difícilmente abarcable. Aparte, los juegos semánticos
que Eco trae a este fragmento no dejan de ser divertidos, como la
ambivalente utilización del término latino "Fiat" ("hágase"),
la aparición del astrólogo y mago Girolamo Cardano, del que hace ya
algunos años hablamos aquí, o el hecho, (no puedo evitarlo) de que
se refieran a los "sistemas" de motor y tracción trasera como
"satánicos", por estar completamente al revés. Sólo así se
explica la eterna juventud del Porsche 911... por su pacto
estructural con el diablo...
Hacía
tiempo que quería traer aquí este fragmento. Ha sido una buena
excusa para la relectura de "El péndulo...". Quizá, después de
todo, esto no es más que un post autobiográfico, y aún no lo sé
ni yo mismo.

-
"Anoche
encontré por casualidad un manual para aprender a conducir. Habrá
sido la penumbra, o lo que me había dicho usted, pero empecé a
sospechar que esas páginas expresaban Algo Distinto ¿Y si el
automóvil sólo existiese como metáfora de la creación? Pero no
hay que limitarse a lo exterior, o a la ilusión del salpicadero,
hay que ser capaz de ver lo que sólo el Artífice ve, lo que hay
debajo. Lo que está debajo es como lo que está arriba. Es el árbol
de las sêfirot.
-
No
me diga.
-
No
soy yo quien lo dice. Ello se dice. Ante todo, el árbol
motor, como su mismo nombre indica, es un Arbol. Pues bien, calcule,
un motor, dos ruedas delanteras, embrague, cambio, dos juntas,
diferencial y dos ruedas traseras. Diez articulaciones, como las
sefirot.
-
Pero
las posiciones no coinciden.
-
¿Quién
lo ha dicho? Diotallevi nos ha explicado que, en ciertas versiones,
Tif'eret no era la sexta sino la octava sefirah, y estaba debajo de
Nesah y Hod. El mío es el árbol de Belboth, que corresponde a otra
tradición.
-
Fiat
-
Pero
veamos la dialéctica del Arbol. En lo alto, el Motor, Omnia,
Movens, del que diremos que es la Fuente Creativa. El Motor comunica
su energía creativa a las dos Ruedas Sublimes: la Rueda de la
Inteligencia y la Rueda del Saber.
-
Sí,
si es un coche de tracción delantera...
-
Lo
bueno del árbol de Belboth es que admite opciones metafísicas.
Imagen de un cosmos espiritual con tracción delantera, donde el
Motor, delante, comunica inmediatamente sus voluntades a las Ruedas
Sublimes, mientras que en la versión materialista es imagen de un
cosmos degradado, en el que un Motor Ultimo imprime Movimiento a las
dos Ruedas Infimas: desde el fondo de la emanación cósmica se
esparcen las fuerzas inferiores de la materia.
-
¿Y
si el motor y la tracción está atrás?
-
Satánico.
Coincidencia de lo Superior y de lo Infimo. Dios se identifica con
los movimientos de la materia ordinaria trasera. Dios como
aspiración eternamente fracasada a la divinidad. Debe de ser por la
Rotura de los Recipientes.
-
¿No
será la rotura de la Cámara del Silenciador?
-
Eso
es en los Cosmos Abortados, en los que el soplo venenoso de los
Arcontes se dispersa por el Eter Cósmico. Pero no perdamos el hilo.
Después del Motor y de las dos Ruedas, viene el Embrague, la
sefirah de la Gracia que establece o interrumpe la corriente de Amor
que vincula al resto del Arbol con la Energía Superna. Un Disco, un
mandala que acaricia a otro mandala. De allí el Cofre de la
Mutación; o del cambio, como lo llaman los positivistas, y que es
el principio del Mal, porque permite a la voluntad humana acelerar o
desacelerar el proceso continuo de emanación. Por eso el cambio
automático es más caro, porque en ese caso es el Arbol mismo el
que decide conforme al Equilibrio Soberano. Después viene una Junta
que, admirable casualidad, lleva el nombre de un mago renacentista,
Cardano, y después de un Par Cónico; adviértase la oposición con
la Tétrada de los Cilindros en el motor, en el que hay una Corona
(Keter Menor) que transmite el movimiento a las ruedas terrestres. Y
aquí se manifiesta la función de la sefiráh de la Diferencia, o
diferencial, que con majestuoso sentido de la Belleza distribuye las
fuerzas cósmicas en las dos Ruedas de la Gloria y de la Victoria,
que en un cosmos no abortado (de tracción delantera), siguen el
movimiento dictado por las Ruedas Sublimes.
-
La
lectura es coherente. ¿Y el corazón del Motor, sede del Uno,
Corona?
-
Oh,
basta leer con ojos de iniciado. El Sumo Motor vive de un movimiento
de Aspiración y Descarga. Una compleja respiración divina en la
que originariamente las unidades, llamadas Cilindros, (evidente
arquetipo geométrico), eran dos, después engendran un tercero, y
por último se contemplan y se mueven por mutuo amor en la gloria
del cuarto. En esa respiración, en el Primer Cilindro (ninguno de
ellos es primero por jerarquía, sino por admirable alternancia de
posición y relación), el Pistón (etimología de Pistis Sophia)
desciende desde el Punto Muerto Superior hasta el Punto Muerto
Inferior, mientras el Cilindro se llena de energía en estado puro.
Estoy simplificando, porque aquí entrarían en juego jerarquías
angélicas, o Mediadores de la Distribución, que, como dice mi
manual, "permiten abrir y cerrar las válvulas que comunican el
interior de los cilindros con los conductos de aspiración de la
mezcla...". La sede interna del Motor sólo puede comunicarse con
el resto del cosmos a través de esa mediación, y aquí creo que se
revela, quizá, pero no quisiera incurrir en la herejía, la
limitación originaria del Uno que, para crear, depende de alguna
manera de las Grandes Excéntricas. Habrá que hacer una lectura más
atenta del Texto. De todas formas, cuando el Cilindro se llena de
Energía, el Pistón vuelve a subir al Punto Muerto Superior y
realiza la Compresión Máxima. Es el simsum. Y es entonces
cuando acontece la gloria del Big Bang, la Explosión y la
Expansión. Salta una chispa, la Mezcla refulge y se inflama: esta
es, según el manual, la única Fase Activa del Ciclo. Y que en la
Mezcla no vayan a entrar las conchas, las qelippot, gotas de
materia impura como agua o Coca Cola, porque entonces no se produce
la Expansión, o se produce a tirones abortivos...
-
¿Shell
no querrá decir qelippot?
Pero entonces hay que desconfiar. De ahora en adelante sólo Leche
de Virgen...
-
Habrá
que verificarlo. Podría tratarse de una maquinación de las Siete
Hermanas, principios inferiores que quieren controlar la marcha de
la Creación... Comoquiera que sea, después de la Expansión se
produce el gran escape divino, que los textos más antiguos llaman
Descarga. El Piston vuelve a subir hasta el Punto Muerto Superior y
expele la materia informe ya quemada. Solo si consuma este acto de
purificación puede iniciarse el Nuevo Ciclo. Que, si bien se mira,
también coincide con el mecanismo neoplatónico del Exodo y el
Parodo, admirable dialéctica del Camino Ascendente y el Camino
Descendente.
-
Quantum
mortalia pectora caecae noctis habent!
¡Y los hijos de la materia nunca se habían dado cuenta!
-
Por
eso los maestros de la Gnosis dicen que no hay que fiarse de los
Hilicos sino de los Pneumáticos.
-
Para
mañana prepararé una interpretación mística del listín de
teléfonos..."