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# viernes, 29 de julio de 2011 9:13

Viaje al centro del automóvil III: Museo Mercedes Benz


Todo comenzó hace algunos años, en este caso no con un manuscrito, sino con un libro. En 2006 la editorial ACTAR, de Barcelona, publicó un magnífico volumen titulado "Buy me a Mercedes Benz", homenajeando a la canción de Janis Joplin, en el que los arquitectos Ben Van Berkel y Caroline Bos explicaban su proyecto para el Museo Mercedes, y el proceso de construcción y dotación museográfica del mismo. Un magnífico libro, ya un clásico, en el que se daban la mano arquitectura, automóvil, museología y museografía en un campo en el que, principalmente, se hablaba de cultura en toda la extensión del término. La inauguración de este museo fue un acicate para entender que la relación entre automóvil, arquitectura y museos era algo mucho más complejo y a la vez fructífero de lo que pudiera parecer y que de algún modo enlazaba con toda una amplia tradición en la que arquitectura y automóvil habían ido de la mano. Desde ese momento, era cuestión de tiempo que hiciese una visita al Museo Mercedes Benz, donde tantos aspectos interesantes y diferentes de la historia, la tecnología y la cultura se daban la mano. Así que, con Abel, Patricia y Emilio, emprendimos desde Munich un viaje a Stuttgart en una jornada agotadora pero llena de emociones que nos llevaría a los museos Mercedes y Porsche.
El Museo Mercedes Benz se encuentra en las afueras de Stuttgart, en Cannstatt, donde se hallaban los talleres históricos de Daimler desde que el mismo Gottlieb y Wilhelm Maybach comenzaron a trabajar con los motores. El edificio es un imponente bloque de cristal y aluminio que constituye un mensaje en si mismo, y convierte a este espacio en un templo de la tecnología y la innovación. Y el mero acceso al mismo tiene también algo de recorrido iniciático: sube uno por los ascensores del gran vano central hasta la parte de arriba, donde comienza la visita en un auténtico "sancta sanctorum" donde se exponen (réplicas) del triciclo de Benz, el carruaje de Daimler y el primer motor de combustión interna llamado el "Reloj del abuelo". La exposición se recorre descendiendo el edificio por una serie de rampas que van formando un trébol en tres dimensiones. La configuración del espacio puede resultar un tanto confusa, y si uno no está muy atento al discurso del museo puede llegar a perderse algunos espacios intermedios. Al mismo tiempo, un servicio de audioguías sincronizadas con Bluetooth ayuda al visitante activando explicaciones según se va paseando por las salas. Y dentro del propio espacio expositivo, docenas de textos, paneles, vídeos y elementos interactivos van ilustrando el discurso del museo y haciendo la visita más asequible.



Sin embargo, la exhuberancia de contenidos es tal que sea cual sea el recorrido que escojamos para visitar el museo, en todos los casos obtenemos la misma nítida percepción: la de estar visitando no sólo la historia del automóvil, sino la historia misma del siglo XX y también las entrañas de una marca mítica que desde hace más de un siglo ha estado dando forma a los sueños de los aficionados al automóvil.
Personalmente creo que la visita a uno de estos museos (como a cualquier otro, por lo demás) debe de prepararse de un modo un tanto ordenado. Como un antiguo seguidor de la religión de los Misterios de Eleusis, si uno ha tenido su formación iniciática, el momento de llegar al santuario y plantarse ante las divinidades tiene sentido de un modo que un lego no podrá apreciar. En el caso del Museo Mercedes, el periodo iniciático es tan largo como uno quiera, en ocasiones toda una vida. Pero la emoción de enfrentarse a las deidades que allí esperan no se puede explicar fácilmente si no es de este modo. En el tiempo que dure la visita (que ciertamente no será breve), pasarán ante nosotros el Mercedes Simplex, el primer automóvil con arquitectura moderna de la historia, que no es otra cosa que el famoso Daimler que Emil Jellinek bautizó con el nombre de su hija y dio nombre a la marca más famosa del mundo. Junto a él, el propio coche que Jellinek encargó a Daimler y Maybach para sus viajes y que, tras haber caído el diplomático alemán en desgracia durante la Segunda Guerra Mundial, esperó años en las cocheras de su antigua casa del Paseo de los Ingleses en Niza hasta que en los años 50 fue rescatado para ser llevado al museo. Allí se aparecerán ante nosotros el blanco SSK con el que Caracciola venció las Mille Miglia antes de la Segunda Guerra Mundial, y el SL de 1952 con el que el viejo zorro de las carreras volvió a correr por Italia pasada la misma. En una sala sobrecogedora veremos el mítico 300 SL Gullwing, y pocos metros más allá el más legendario aún 300 SLR Ulenhaut, del que sólo existen dos unidades (y del que me costó separarme). El C111 de motor rotativo se nos presentará como flotando en medio de la nada, junto al futurista prototipo que el Dr. Porsche preparó para batir el record de velocidad sobre tierra poco antes de la segunda gran guerra. Pero antes habremos de pasar por delante de los C – Klasse del DTM, o el 500 SL del rallye de Kenia de Bjorn Waldegaard, que preceden a una galería de míticos coches de competición como el mítico SLR 722 con el que Stirling Moss ganó las Mille Miglia en 1954?? o un imponente Streamliner con el que Hermann Lang venció una carrera en Avus Berlin en 1937 con una aterradora media de 264 km/h. O, para los fetichistas de la marca (entre los que quizá podría contarme...) el legendario C9 del extinto Mundial de Sport-Prototipos con el que Mercedes venció en Le Mans en su regreso oficial en 1989 tras 34 años del pavoroso accidente de 1955.

Pero todo eso no deja de estar siempre acompañado de otros ejemplares, auténticos “secundarios de lujo”, que dan cuerpo al discurso del museo. Coches laboratorio, como el FSP22, creadores de estilo, como el hermoso 280 SL “Pagoda”, auténticos coches de estado, como el 300 “Adenauer”, o la galería dedicada al transporte, con un autobús procedente de Argentina o el que usó la selección alemana de fútbol en 1974, con los Beckenbauer, Breitner o Müller, para acabar siendo campeona del mundo. Además, nuestra visita coincidió con los últimos trabajos de preparación de la exposición “Art, Cars and Stars”, con lo cual pudimos contemplar algunos coches que pertenecieron a personajes célebres del siglo pasado, como un coche blindado del emperador Hiro Hito, un magnífico 190 de Ringo Starr, uno de los ML usados en la secuela de “Parque Jurásico”, o un precioso SL500 que fue de Lady Di, y que la presión de la opinión pública inglesa le obligó a devolver por el desaire de adquirir un descapotable alemán para la Casa Real inglesa.

El Museo Mercedes es abrumador, aplastante. En mi opinión de forma deliberada, sin que eso sea una virtud, y a ello contribuye el protocolo de acceso al museo. Entra uno por el centro, donde se abre un inmenso vano flanqueado por masivos muros de hormigón. Unos ascensores, que recuerdan a los Mercedes de competición de los años 30, suben al visitante hasta la zona superior del edificio, y al abrirse las puertas, en una sala oscura con el suelo iluminado, un pequeño “Sancta Sanctorum”, se encuentran el triciclo de Benz y el carruaje de Daimler. Todo un rito iniciático pensado para derribar nuestras defensas y que, desde ese momento en adelante, sea todo fascinación entregada.
Debo decir que mis sensaciones en el Museo Mercedes Benz fueron encontradas. Por un lado, disfruté de la visita en la que pude estar ante coches que sólo había visto por fotografías (y a veces ni eso) y que será difícil ver de nuevo si no es volviendo allí. El edificio me parece un magnífico objeto, una pieza más de la colección de arte de la marca, colocado en una zona levemente elevada y cargado del lenguaje de la “arquitectura del poder”, repleto de tecnología y alardes. Pero precisamente creo que eso va en contra del museo. Una museografía que a menudo se convierte en escenografía, que bascula entre la mera exposición de contenidos (en las salas laterales del trébol) y la dramática y aparatosa presentación de leyendas (en la zona central), sin que la hilazón de los discursos ayude especialmente al visitante. A menudo los recursos técnicos quedan por encima del mensaje, de modo que es más fácil, para un visitante que no haya hecho su previo “periodo de iniciación” antes de la visita, salir deslumbrado por las escenografías, que salir con una información estructurada. No obstante, la visita es obligada para cualquier aficionado al automóvil, a la arquitectura contemporánea o a los museos. Y no es menos cierto que si uno forma parte de esto previamente, si uno pertenece a esta especie de secreta hermandad no ya de los aficionados a los coches, sino de quienes perciben en la historia del automóvil algo más que centímetros cúbicos y caballos de vapor, entonces estar en el Museo Mercedes, a pesar de la confusión y abundancia de estímulos, será placentero y reconfortante, y nos hará sentir en casa.
Si, como es mi caso, las tres aficiones coinciden en la misma persona, entonces es indispensable ir hasta Cannstatt, pasar junto al Gottlieb Daimler Stadium, donde juega el Stuttgart, entrar al museo, ascender los sobrecogedores muros de hormigón en los ascensores homenaje a los Mercedes Streamliner, y pausadamente plantarse ante el triciclo de Benz y el carruaje de Daimler. Ahí, en esa sala, en esa moderna gruta, todo comenzará a tener sentido y el viaje físico se habrá convertido en un viaje iniciático.
* Enlace a galería de fotos del Museo Mercedes Benz
** Gracias a Abel, Patricia y Emilio, sin los cuales este viaje no habría sido posible, por su infinita paciencia

 

 

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