
Todo
comenzó hace algunos años, en este caso no con un manuscrito, sino
con un libro. En 2006 la editorial ACTAR, de Barcelona, publicó un
magnífico volumen titulado "Buy me a Mercedes Benz",
homenajeando a la canción de Janis Joplin, en el que los arquitectos
Ben Van Berkel y Caroline Bos explicaban su proyecto para el Museo
Mercedes, y el proceso de construcción y dotación museográfica del
mismo. Un magnífico libro, ya un clásico, en el que se daban la
mano arquitectura, automóvil, museología y museografía en un campo
en el que, principalmente, se hablaba de cultura en toda la extensión
del término. La inauguración de este museo fue un acicate para
entender que la relación entre automóvil, arquitectura y museos era
algo mucho más complejo y a la vez fructífero de lo que pudiera
parecer y que de algún modo enlazaba con toda una amplia tradición
en la que arquitectura y automóvil habían ido de la mano. Desde ese
momento, era cuestión de tiempo que hiciese una visita al Museo
Mercedes Benz, donde tantos aspectos interesantes y diferentes de la
historia, la tecnología y la cultura se daban la mano. Así que, con
Abel, Patricia y Emilio, emprendimos desde Munich un viaje a
Stuttgart en una jornada agotadora pero llena de emociones que nos
llevaría a los museos Mercedes y Porsche.
El Museo Mercedes Benz
se encuentra en las afueras de Stuttgart, en Cannstatt, donde se
hallaban los talleres históricos de Daimler desde que el mismo
Gottlieb y Wilhelm Maybach comenzaron a trabajar con los motores. El
edificio es un imponente bloque de cristal y aluminio que constituye
un mensaje en si mismo, y convierte a este espacio en un templo de la
tecnología y la innovación. Y el mero acceso al mismo tiene también
algo de recorrido iniciático: sube uno por los ascensores del gran
vano central hasta la parte de arriba, donde comienza la visita en un
auténtico "sancta sanctorum" donde se exponen (réplicas)
del triciclo de Benz, el carruaje de Daimler y el primer motor de
combustión interna llamado el "Reloj del abuelo". La
exposición se recorre descendiendo el edificio por una serie de
rampas que van formando un trébol en tres dimensiones. La
configuración del espacio puede resultar un tanto confusa, y si uno
no está muy atento al discurso del museo puede llegar a perderse
algunos espacios intermedios. Al mismo tiempo, un servicio de
audioguías sincronizadas con Bluetooth ayuda al visitante activando
explicaciones según se va paseando por las salas. Y dentro del
propio espacio expositivo, docenas de textos, paneles, vídeos y
elementos interactivos van ilustrando el discurso del museo y
haciendo la visita más asequible.

Sin
embargo, la exhuberancia de contenidos es tal que sea cual sea el
recorrido que escojamos para visitar el museo, en todos los casos
obtenemos la misma nítida percepción: la de estar visitando no sólo
la historia del automóvil, sino la historia misma del siglo XX y
también las entrañas de una marca mítica que desde hace más de un
siglo ha estado dando forma a los sueños de los aficionados al
automóvil.
Personalmente
creo que la visita a uno de estos museos (como a cualquier otro, por
lo demás) debe de prepararse de un modo un tanto ordenado. Como un
antiguo seguidor de la religión de los Misterios de Eleusis, si uno
ha tenido su formación iniciática, el momento de llegar al
santuario y plantarse ante las divinidades tiene sentido de un modo
que un lego no podrá apreciar. En el caso del Museo Mercedes, el
periodo iniciático es tan largo como uno quiera, en ocasiones toda
una vida. Pero la emoción de enfrentarse a las deidades que allí
esperan no se puede explicar fácilmente si no es de este modo. En el
tiempo que dure la visita (que ciertamente no será breve), pasarán
ante nosotros el Mercedes Simplex, el primer automóvil con
arquitectura moderna de la historia, que no es otra cosa que el
famoso Daimler que Emil Jellinek bautizó con el nombre de su hija y
dio nombre a la marca más famosa del mundo. Junto a él, el propio
coche que Jellinek encargó a Daimler y Maybach para sus viajes y
que, tras haber caído el diplomático alemán en desgracia durante
la Segunda Guerra Mundial, esperó años en las cocheras de su
antigua casa del Paseo de los Ingleses en Niza hasta que en los años
50 fue rescatado para ser llevado al museo. Allí se aparecerán ante
nosotros el blanco SSK con el que Caracciola venció las Mille Miglia
antes de la Segunda Guerra Mundial, y el SL de 1952 con el que el
viejo zorro de las carreras volvió a correr por Italia pasada la
misma. En una sala sobrecogedora veremos el mítico 300 SL Gullwing,
y pocos metros más allá el más legendario aún 300 SLR Ulenhaut,
del que sólo existen dos unidades (y del que me costó separarme).
El C111 de motor rotativo se nos presentará como flotando en medio
de la nada, junto al futurista prototipo que el Dr. Porsche preparó
para batir el record de velocidad sobre tierra poco antes de la
segunda gran guerra. Pero antes habremos de pasar por delante de los
C – Klasse del DTM, o el 500 SL del rallye de Kenia de Bjorn
Waldegaard, que preceden a una galería de míticos coches de
competición como el mítico SLR 722 con el que Stirling Moss ganó
las Mille Miglia en 1954?? o un imponente Streamliner con el que
Hermann Lang venció una carrera en Avus Berlin en 1937 con una
aterradora media de 264 km/h. O, para los fetichistas de la marca
(entre los que quizá podría contarme...) el legendario C9 del
extinto Mundial de Sport-Prototipos con el que Mercedes venció en Le
Mans en su regreso oficial en 1989 tras 34 años del pavoroso
accidente de 1955.

Pero
todo eso no deja de estar siempre acompañado de otros ejemplares,
auténticos “secundarios de lujo”, que dan cuerpo al discurso del
museo. Coches laboratorio, como el FSP22, creadores de estilo, como
el hermoso 280 SL “Pagoda”, auténticos coches de estado, como el
300 “Adenauer”, o la galería dedicada al transporte, con un
autobús procedente de Argentina o el que usó la selección alemana
de fútbol en 1974, con los Beckenbauer, Breitner o Müller, para
acabar siendo campeona del mundo. Además, nuestra visita coincidió
con los últimos trabajos de preparación de la exposición “Art,
Cars and Stars”, con lo cual pudimos contemplar algunos coches que
pertenecieron a personajes célebres del siglo pasado, como un coche
blindado del emperador Hiro Hito, un magnífico 190 de Ringo Starr,
uno de los ML usados en la secuela de “Parque Jurásico”, o un
precioso SL500 que fue de Lady Di, y que la presión de la opinión
pública inglesa le obligó a devolver por el desaire de adquirir un
descapotable alemán para la Casa Real inglesa.

El
Museo Mercedes es abrumador, aplastante. En mi opinión de forma
deliberada, sin que eso sea una virtud, y a ello contribuye el
protocolo de acceso al museo. Entra uno por el centro, donde se abre
un inmenso vano flanqueado por masivos muros de hormigón. Unos
ascensores, que recuerdan a los Mercedes de competición de los años
30, suben al visitante hasta la zona superior del edificio, y al
abrirse las puertas, en una sala oscura con el suelo iluminado, un
pequeño “Sancta Sanctorum”, se encuentran el triciclo de Benz y
el carruaje de Daimler. Todo un rito iniciático pensado para
derribar nuestras defensas y que, desde ese momento en adelante, sea
todo fascinación entregada.
Debo
decir que mis sensaciones en el Museo Mercedes Benz fueron
encontradas. Por un lado, disfruté de la visita en la que pude estar
ante coches que sólo había visto por fotografías (y a veces ni
eso) y que será difícil ver de nuevo si no es volviendo allí. El
edificio me parece un magnífico objeto, una pieza más de la
colección de arte de la marca, colocado en una zona levemente
elevada y cargado del lenguaje de la “arquitectura del poder”,
repleto de tecnología y alardes. Pero precisamente creo que eso va
en contra del museo. Una museografía que a menudo se convierte en
escenografía, que bascula entre la mera exposición de contenidos
(en las salas laterales del trébol) y la dramática y aparatosa
presentación de leyendas (en la zona central), sin que la hilazón
de los discursos ayude especialmente al visitante. A menudo los
recursos técnicos quedan por encima del mensaje, de modo que es más
fácil, para un visitante que no haya hecho su previo “periodo de
iniciación” antes de la visita, salir deslumbrado por las
escenografías, que salir con una información estructurada. No
obstante, la visita es obligada para cualquier aficionado al
automóvil, a la arquitectura contemporánea o a los museos. Y no es
menos cierto que si uno forma parte de esto previamente, si uno
pertenece a esta especie de secreta hermandad no ya de los
aficionados a los coches, sino de quienes perciben en la historia del
automóvil algo más que centímetros cúbicos y caballos de vapor,
entonces estar en el Museo Mercedes, a pesar de la confusión y
abundancia de estímulos, será placentero y reconfortante, y nos
hará sentir en casa.
Si,
como es mi caso, las tres aficiones coinciden en la misma persona,
entonces es indispensable ir hasta Cannstatt, pasar junto al Gottlieb
Daimler Stadium, donde juega el Stuttgart, entrar al museo, ascender
los sobrecogedores muros de hormigón en los ascensores homenaje a
los Mercedes Streamliner, y pausadamente plantarse ante el triciclo
de Benz y el carruaje de Daimler. Ahí, en esa sala, en esa moderna
gruta, todo comenzará a tener sentido y el viaje físico se habrá
convertido en un viaje iniciático.
* Enlace a galería de fotos del Museo Mercedes Benz
** Gracias a Abel, Patricia y Emilio, sin los cuales este viaje no habría sido posible, por su infinita paciencia
