
Nuestro periplo alemán por los principales museos de fabricantes de coches (faltó VW Autostadt...) no terminó en el tiempo con el Museo Porsche, pero en el ranking de contenidos, vivencias y sensaciones, el imponente museo de Zuffenhausen tiene todas las características para ser la pieza con la que haga el cierre de este relato de un viaje maravilloso y, aunque no irrepetible, si auténticamente iniciático. Viniendo desde Cannstatt, el barrio de Stuttgart donde se encuentra el Museo Mercedes, nos dirigíamos hacia Zuffenhausen por una zona un tanto desarticulada, entre industrial y residencial. Al final de una larga calle cuesta arriba, comenzó a surgir la gran espalda blanca del museo, emergiendo del paisaje como un enorme y brillante cetáceo que iba haciéndose cada vez más grande conforme uno se acercaba, hasta que, puesto al lado, podía uno levantar la vista. Y delante, como unos pílonos Hi Tech, como una "Puerta de los leones", la entrada a la fábrica de Porsche, que se extendía alrededor nuestro de forma masiva y a la vez solemne. Y sé que los artículos de ¿Dónde está el depósito...? siempre estan cargados de datos, de sesudas reflexiones, de conceptos a veces complejos, y llenos de letra. Y este no será una excepción, pero tiene algo más también.
Creo haberlo contado ya, pero según me parece, el primer coche que posiblemente ví en mi vida fue un Porsche. Me cuentan que mi padre compró un Scalextric días después de nacer yo. En aquella pista (que aún conservo) venían dos coches: dos Porsche 917K, uno decorado en blanco, y el otro con un azul celeste que era un homenaje a la decoración de Gulf del equipo John Wyer, hecho inmortal por la película de H. Lee Katzin y Steve McQueen, "Le Mans". Uno de los coches de competición más famosos y admirados de todos los tiempos. No creo que eso haya determinado absolutamente nada, pero a veces las cosas parecen encajar de un modo especialmente armonioso. Cuando en Zuffenhausen, en el templo de Porsche, estuve delante del 917K con la decoración de Gulf, con el dorsal nº 20 que aparecía en la película "Le Mans", sentí que llevaba toda la vida esperando para aquello, y que de algun modo se cerraba un círculo. Aunque se abriese otro.
Todos los mitos tienen su propia etiología, que en ocasiones es lo mismo que su propia literatura de ficción. En el caso de Porsche, el origen del mito es tan complejo y amplio que abarca toda la historia del automóvil. No es porque el Dr. Porsche fuese, junto con Wilhelm Maybach, el ingeniero más importante de la historia del automóvil en su primer medio siglo. No es porque el 80% de los Porsche construidos en la historia sigan funcionando. Ni por las 16 victorias en Le Mans desde 1970. Ni siquiera por tener el deportivo más famoso de la historia del automóvil. Todo en Porsche es una leyenda, porque, parafraseando a Darwin, todo lo que la marca hace en el presente explica todo lo que hizo a lo largo de su historia, y la forma más fiel de respetar la tradición es seguir innovando, investigando y, sobre todo, haciendo coches con un ADN inconfundible. Rápidos, ligeros, estables. Con tanta fidelidad que incluso el controvertido Cayenne puede presumir de que mantiene el código genético de la marca de Stuttgart.
Pero el Museo Porsche es algo más que sensaciones personales. Un edificio deslumbrante (firmado por Delugan & Meissl) con un exterior digno de eso que algunos críticos han llamado "starchitecture", pero realmente eficaz y funcional, salvando una zona de terreno desnivelado de una forma solvente y hasta aprovechándolo a favor. Y un espacio interior en el que se da una paradoja: siendo el Museo Porsche el menos complejo y elaborado de los que vimos desde el punto de vista museográfico, pues en este caso los protagonistas absolutos son los coches, sin embargo es el que con más facilidad consigue transmitir un mensaje al visitante: El abrazo entre la competición y la innovación para la serie son los pilares de la marca, y los modelos actuales son producto de, en algunos casos, una larga investigación en los conceptos del diseño de automóviles. ¿Cómo es posible que siendo los recursos expositivos menores, el discurso se haga más visible? Principalmente porque la propia genealogía de la marca se explica a si misma con una nitidez asombrosa.
Y eso
es lo que uno encuentra en el Museo Porsche. No sólo una galería de
coches míticos y de ensueño que uno solamente ha visto en
fotografías, sino una importante serie de hitos técnicos y de
innovación producto de la investigación de la marca, y una
selección de coches de competición con los que se puede trazar la
historia del automovilismo en el siglo XX.
Recibiendo
al visitante, una hermosa carrocería modelada a mano del Typ 64 que
es el auténtico predecesor de todos los Porsche, para dar paso a una
completa galería de coches diseñados por el Dr. Porsche antes de
1948 (año de la creación de la propia marca) entre los que están
el Wanderer W22, el Mercedes Benz “Monza” de competición o el
Cisitalia Typ 360 de motor central y tracción a las cuatro ruedas,
técnica en la que el ingeniero alemán fue pionero ya con su
recientemente reconstruído “Semper Vivus”.
Para
enunciar el listado de coches legendarios en competición o claves en
producción que se muestra en el Museo Porsche habría que
enumerarlos a todos, así de intenso y relevante es el conjunto que
se muestra en el templo de la marca. De los que a mí me causaron una
gran impresión, me quedo con un puñado de iconos absolutamente
personales. Por ejemplo, el primer 356 “Carrera” (nombrado así
en honor a la Panamericana) o el ultraplano y ligero 908/03 Spyder de
la Targa Florio, expuesto junto al musculoso Carrera RSR. Girar la
sala te enfrenta a dos ensayos de 911 de cuatro plazas, los Typ 754 y
Typ 915, piezas únicas que demuestran el interés de Porsche en el
concepto de deportivo de cuatro plazas desde hace décadas. A estos
los escoltan dos conceptos clave en la historia reciente de la marca:
el Studie Boxster, que terminó en la serie con el exitoso modelo, y
el Studie Panamericana, que retomaba los homenajes a la carrera
mejicana. Pero sólo es un aperitivo para un aluvión de piezas
legendarias de competición, en las que se puede encontrar coches
victoriosos para todos los gustos. Seguramente la unidad más
cotizada es el 917K con el que Herrmann y Atwood ganaron por primera
vez para la marca las 24 Horas de Le Mans en 1970 (por cierto, por
delante del equipo oficial John Wyer con sus populares colores de
Gulf Oil). Pero junto a él pasea uno embriagado por coches
hermosísimos como el 908 LH de 1969, y otros menos conocidos pero
protagonistas de literarios episodios de la historia del
automovilismo. El 936/81 es un ejemplo de ello. Ganador de Le Mans en
1976 y 1977, en 1981 la marca decidió correr con el antiguo modelo
por falta de tiempo para desarrollar uno nuevo: el coche, que fue
cronometrado a 360 Km/h en la recta de Hunaudiéres, ganó con Jackie
Ickx y Derek Bell al volante sacando 14 vueltas de ventaja al
segundo. Pero no es el único caso de coches que, desde un plano
menos destacado, han contribuido a la construcción de la imagen de
éxito de la marca. El Porsche 959 es un ejemplo de ello, y llama la
atención que en el museo se puedan ver, además de una unidad de
calle, dos configuraciones de competición diferentes, una la del
rallye Paris Dakar, y otra desarrollada para competir en Le Mans. Lo
que hace a estas dos unidades especiales, es que ambas corrieron sus
respectivas competiciones en el mismo año, 1986, ganando en su
categoría en las 24 horas, y ganando el Dakar... ¡con el mismo
piloto, René Metge!.
No es
posible asimilar en una visita todo el imponente legado de
competición y producción de la marca. La galería de los 917, desde
el H16 atmosférico hasta el famoso H12 de 1200 cv de la CanAm, es
todo un canto a la competición automovilística. Junto a la misma, esa versión extrema del motor del 917 se expone en un montaje
abierto en el que se pueden apreciar todos los detalles de su
arquitectura interna, como los enormes turbos o el intimidante
ventilador de la aspiración forzada. Pero eso sigue dejando hitos
magníficos, como el Fórmula 1 804 conducido por Dan Gurney en 1962,
único F1 construido enteramente por Porsche, el precioso y elegante
904 Carrera, recientemente homenajeado, o los diversos GT1
victoriosos en Le Mans. Y por supuesto, la evolución del 911, en la
que puede uno ver en pocos metros el añorado Carrera RS 2.7 de 1973,
el Turbo 3.3 de 1977, o la reciente edición limitada “Sport
Classic”.
Y todo
esto aún deja sitio para joyas con las que los aficionados
disfrutamos y esbozamos una sonrisa, como el famoso tractor
“Standard”, el 928 H50 de cuatro puertas de apertura opuesta, o
el exótico 911 Speedster de 1993.
El
Museo Porsche es un lugar de referencia para cualquier persona
interesada en la historia de la automoción. De algún modo, todos
los museos de fabricantes de coches en Alemania son el Museo Porsche,
ya que el ingeniero, que abrió su oficina independiente de diseño,
Porsche Design, en 1916, participó en el desarrollo de coches
tremendamente importantes en la historia de la automoción alemana
tanto con Mercedes – Benz, como con Auto Unión, y por supuesto con
Volkswagen. Por donde uno va se encuentra con la huella del genial
profesor, en un sistema de suspensión, una carrocería aerodinámica,
una estructura de motor central... El edificio que alberga la
colección de la marca es, en si mismo, un auténtico relato
literario, un poema épico. Quizá tanto por lo que dice como por lo
que calla, ya que la historia de la marca y de su creador está llena
de sucesos de vital importancia, algunos relacionados con la marca
que lleva su nombre y otros no, y también en el ámbito de la
Segunda Guerra Mundial. Pero al final el museo cuenta un relato
sencillo y no muy elaborado: el de la historia de la pasión por la
competición y la innovación, que es la historia del origen del
automóvil en si mismo.
Cuando
llegamos al Museo Porsche, dejamos el coche en el párking que está
debajo. Un párking en el que había un 928, un 911 GT3 y un 911
GT2... subimos por el ascensor y aparecimos en la cafetería. Tal
como veníamos, sin comer, del Museo Mercedes Benz, decidimos tomar
algo rápido antes de entrar a las salas. Degustando unos dulces y
aún habituándonos a la blanca luz que inunda el edificio, miramos
hacia una gran cristalera que estaba a nuestro lado. A través de la
misma, se podía ver un taller impoluto en el que descansaban el
histórico 550 Panamericana, o el 911 Rothmans con el que Jackie Ickx
corrió el Dakar de 1985, el mismo en el que el piloto belga había
dado una vuelta al Director Técnico de Autopista, Miguel García,
semanas antes, y del cual el propio Miguel me había hablado.
Intentando aún adaptar los ojos a la visión del taller, ni siquiera
habíamos reparado que junto a la cristalera, a unos centímetros de
nosotros, había un imponente 935 con su intimidante alerón
posterior.

Ahora,
cuando han pasado ya unos meses desde aquel viaje, comprendo que en
realidad ahí está el resumen de lo que la marca Porsche supone en
la historia de la automoción, y lo que la hace especial, No el lujo
asociado a sus vehículos, no la espectacularidad de sus líneas,
sino el respeto hacia la técnica y la devoción hacia la innovación
y el trabajo bien hecho. Lo que explica que el taller de restauración
y mantenimiento de los coches esté a la vista y junto a la cafetería
del museo, para darle tanta relevancia como al resto de la exposición
y para que se comprenda la diferencia, sutil pero trascendental,
entre costumbre y tradición.
Claro,
que todo esto lo dice alguien que, probablemente, el primer coche que
vio en su vida fue un Porsche... aunque fuese de juguete.
* Enlace a galería de fotos del Museo Porsche
** Muchas gracias a Abel, Patricia y Emilio, sin cuya paciencia y apoyo este viaje hubiese sido completamente imposible, particularmente en agotadoras jornadas como la de Stuttgart
*** Mi más sincero agradecimiento a Isabel García y Miguel García, sin cuyo apoyo incondicional desde hace tiempo, y sus desvelos totalmente desinteresados, probablemente no habría tenido lugar este inolvidable viaje, ni tantas otras cosas.