Italia anda convulsionada, muchos fichajes en las últimas horas que
demuestran que el baloncesto de allí está más vivo que muerto. Pero
nada queda de esa lega italiana cuyos equipos eran paradigma de la
táctica y de la imposición de un nuevo ritmo de juego. No quedan ni el
mito de la Kinder de Bolonia ni de la Benetton de Treviso, quizás
sobrevive un reducto de ese pasado, el Montepascchi de Siena,
insuficiente para competir en Europa. Por no quedar no queda ni Ettore
Messina, ni Scariolo, dos de sus principales referentes en los
banquillos, quizás los únicos que podrían imponer el orden en el caos
generado.
Han influido varias cosas, la economía y las leyes. En Italia no existe
la manga ancha o la vista gorda ante las irregularidades. Muchos
descensos, como el de la Virtus de Bolonia o la Fortitudo. El
baloncesto español es una gran farsa económica pero es que el italiano
no es que sea mejor, y más en un país muy dado a la trampa. La
diferencia entre unos y otros radica en quiénes manejan las
instituciones deportivas. En Italia son empresarios de éxito o
pseudoempresarios ávidos de una buena imagen, en España no son sólo
empresarios de culto sino que es el caudal público lo que sostiene a
los principales equipos. Aquí reside la principal diferencia, en Italia
nadie osa pedir subvenciones de 600.000 euros al estado como bien
ocurrió en el caso Manresa este verano ni siquiera un equipo depende de
los 6 millones de euros de un gobierno autonómico como es el caso del
Vive Menorca.
Italia es recta y poco dada a las flexibilidades, aunque como
diferencia al sistema español favorece al emprendedor deportivo con
múltiples ventajas fiscales para que invierta. Mayores que en el resto
de Europa. De ahí que Italia sea la meca de deportistas de disciplinas
más minoritarias, desde el voleibol al waterpolo, pasando por el hockey
sobre patines. Italia tiene dinero pero es el empresario el que decide
donde invertirlo, porque no sólo de incentivos fiscales vive el
empresario sino también observa donde le puede resultar más rentable.
El baloncesto italiano era una burbuja económica que compraba con lo
que no tenía, armando equipos con lo mejor de Europa o los descartes
italianos. Quién no recuerda esas adquisiciones de la Virtus con
Rigaudeau o Danilovic como principales estrellas procedentes de la NBA,
cuando en aquel entonces era un lujo de gran equipo el poder contar con
ellas. Así comenzó la espiral de grandes fichajes, la apariencia, lo
más italiano por cierto. El tener la casa con mejor fachada pero cuyo
interior se mostraba agrietado por todos los rincones.
El reducto que queda de todo ello se encuentra en Siena, cuyo equipo
está apoyado por uno de los mejores bancos italianos, el Montepascchi.
Parece insostenible que un equipo en una ciudad de 50.000 personas
pueda ser el mejor de Italia en estos momentos. Tienen a parte de lo
mejor de Italia con Kristof Lavrinovic y Rimantas Kaukenas, más
Ilievsky, Thorton más Sato. Pero resulta insuficiente en un equipo con
un pabellón de apenas 6.000 personas. Un modelo semejante es el de la
Benetton de Treviso, el más popular de los italianos, con el apoyo de
la empresa modista pero cuya estructura se ha derrumbado como si de un
castillo de naipes se tratara. Sin Zisis, ni Goree, ni Blatt y con
Oktay Mahmuti intentando enderezar el rumbo de la nave trevisiana.
Pero el baloncesto italiano no resulta atractivo para los inversores.
Televisívamente existe un contrato televisivo con Sky TV a razón de 2
millones de euros anuales cuyas audiencias se encuentran entre los 40 y
70 mil espectadores por encuentro. Esto a nivel de difusión es pírrico
para una competición de nivel. Tampoco ayuda la necesidad de imponer un
cupo mínimo de jugadores italianos en los clubes. Un mínimo de seis
jugadores por plantilla. Sabiendo que parte de los mejores italianos ya
no están en Italia sino en el extranjero. No están Basile, Marconato,
Pecile ahora en España pero tampoco están ni Bargnani, ni Bellinelli. Y
es que Italia no fue grande gracias a los jugadores italianos, sino por
tener a los mejores jugadores de fuera. Así no pueden aspirar a la
grandeza sino a lo más miserable de la existencia, vivir al día,
sobrevivir hasta que lleguen tiempos mejores.