No
hubo concesiones a las sorpresas en la segunda jornada. Clasificados el
aspirante, la Penya, y el favorito, el Real Madrid y eliminados el
clásico tapado y el tapado mermado. Los ganadores demostraron una vez
más porque son ahora mismo dos de los mejores equipos en la ACB,
apareciendo su superioridad manifiesta en los momentos más importantes.
Y sobretodo sin apenas desgaste alguno, lo cuál ya es una garantía para
rendir al máximo nivel en el partido que les enfrente esta noche y que
les beneficiará, en parte, en el partido de mañana. Marchan el Pamesa
muy afectado por las bajas y con un resultado que no corresponde ni a
su imagen como colectivo ni a lo que aspira su entrenador Katsikaris en
Valencia, más preocupante, aunque heroíca y orgullosa, la imagen de
Akasvayu, con un Marc-centrismo galopante y preocupante, como si de un
equipo menor se tratara. Un fracaso más para un equipo, otro más, que
va en caída libre y que en apenas tres temporadas lo único que ha
ofrecido después de brillantina y palabras con grandilocuencia es el proceso de engaño y el humo resultante.
La Penya juguetea contra un Pamesa mermado.
DKV JOVENTUT, 84
PAMESA, 59
DKV Joventut (21+18+17+28): Maillet (13),
Fernández (20), Laviña (8), Barton (8), Hernández-Sonseca (3) -cinco
inicial-, Jagla (2), Rubio (9), Moiso (8), Ribas (5) y Tomás (2).
Pamesa Valencia (14+17+12+14): Williams (6), Douglas (17),
Timinskas (7), Claver (11), Garcés (9) -cinco inicial-, House (3),
Oliver (2), Miralles (4), Barac (-) y Urtasun (-)
Ya
no es sólo la Copa sino el baloncesto en general que es injusto con
este Pamesa. Lo de ayer fue cruel. Un equipo que hace de cada partido
una particular lucha espartana ayer salió totalmente fundido del Buesa
Arena de Vitoria. El Pamesa, a pesar de ayer, se trata de un equipo
importante, que me genera un respeto e interés particular hacia sus
evoluciones. Ayer sufrió una de esas derrotas costosas de asumir ya que
no es normal que en la Copa se manifieste y se convierta una teórica
superioridad con un barrido en toda regla. No se corresponde con la
derrota sufrida por 25 puntos de diferencia, lo cuál es mérito del
equipo de Badalona, y de Aíto en particular, pero también por el
demérito de un Pamesa extraordináriamente desconocido y ambiguo.
La
diferencia entre unos y otros es que en el equipo badalonés sus piezas
están en el mejor estado de forma de toda la temporada. Segúramente en
el momento más alto, aunque ahora mismo cuesta saber en qué punto
radica lo más alto. ¿Acaso puede llegar más altura? Cuestiones que se
resolveran en este tramo final de temporada, pero que en el corto plazo
evidencian que la Penya es el aspirante, no sólo para ganar sino
también para ser el primer aspirante a batir. Por el equilibrio logrado
y por tener al jugador más determinante de Europa con apenas 23 años
como Rudy Fernández. Y es que lo del mallorquín fue una exhibición, una
más, en toda regla. Una exhibición que muestra impotencia y hastío en
el rival. Bien en su plástica forma de definir las canastas, bien en su
forma de asistir, de defender o de rebotear. Y es que cuando la
ortodoxia se convierte en plástica en un partido eliminatorio es que
algo grande va a suceder.
Injusto por un Pamesa que dependía de
Shammond Williams y que ayer jugó al 30% de sus capacidades. El Pamesa
lo iba a pasar mal porque sin él no es que desaparezca el talento, pues
para eso tienen también a Douglas, sino porque ayer el Pamesa jugó sin
cabeza, a quién debería reprochársele algo a Albert Oliver. Con
Williams mermado el Pamesa fue una marioneta, con todo lo que ello
arrastra, manejada con soltura, picardía y sorna por los jugadores de
la Penya. En el Pamesa faltaba algo más que puntos, un líder que
gritara y no se conformara con el baño manifiesto a partir del tercer
cuarto. Podría encontrarse en Claver pero aún es demasiado joven y
todavía le falta creerse que se encuentra en un equipo importante y que
él debería ser un pilar fundamental. Y es que ahí se encontraron las
principales diferencias, mucho más allá del resultado, los números y la
estadística, que sirven para justificar la superioridad de unos y la
mediocridad de otros pero no para argumentar lo sucedido en un partido
de Copa ayer. Una pena para unos y la continuación del sueño para otros.
El Akasvayu debe aprender que el baloncesto tiene que ser una suma de recursos.
REAL MADRID,73
AKASVAYU GIRONA,60
Real Madrid (15+24+15+21):
Tunceri (8), Bullock (20), Mumbrú
(1), Aguilar (-), Reyes (10) -cinco inicial-, Smith (13), Sekulic
(6), López (-), Pelekanos (2), Bogdanovic (-) y Hervelle (13).
Akasvayu Girona (20+15+10+13):
Sada (7), McDonald (3),
Cvetkovic (8), Radenovic (6), Gasol (19) -cinco inicial-, Daniels
(4), Middleton (2), San Emeterio (8), Montáñez (3) y Whitfield (-).
La
victoria madridista de ayer no fue tan contundente como la de su
próximo rival semifinalista pero fue igual de efectiva y con argumentos
para aprender sobre el baloncesto. Y es que en un partido no sólo de
Copa, sino en general, deben aportar todos su granito de arena. Para
algo se creó un concepto en la sociología empresarial llamado trabajo
en equipo. Y es en este apartado que el Akasvayu merecía no la
eliminación sino la expulsión de la Copa. Y lo peor de todo es que no
es ya el partido de ayer sino que forma parte del libro de estilo del
equipo en cuestión. Marc-centrismo preocupante que perjudica tanto al
equipo como al jugador en cuestión.
Se puede tener a un jugador
decisivo, pero lo mejor no es hacerlo sentir como si fuera un oasis
aislado sino bien acompañado. Los teóricos y críticos nos hablan bien
de Victor Sada, que si es un gran base, que captura muchos rebotes, que
es un todoterreno defensivo. ¿Y qué? Un equipo no necesita de un base
que capture rebotes sino que mande, que ordene y que conecte no sólo
con el pivot sino también con los jugadores. Pero no nos ensañemos con
Sada ya que después de 6 meses no logro distinguir si es una cuestión
de calidad individual o de alguién que le susurra en la banda. Faltan
más soluciones, y Marc Gasol, pese a que es una garantía, grande
incluso, no pude ser que sea el que anote la mitad de las canastas del
equipo. O dicho de otro modo, que Akasvayu como equipo, hermanísimo al
margen, sólo sea capaz de anotar 9 canastas. No, no se corresponde.
Y
mientras en el Akasvayu todo es un juego individualista vemos en el
Real Madrid como la suma de todos y cada uno de ellos. Como la Penya,
quizás porque comparten la misma doctrina. No les hace falta tirar de
su mejor jugador, Reyes, sino que se pueden permitir que éste se mida
con agarrones a Marc Gasol mientras el resto se distancien en el
partido. No lo tuvieron fácil, ya que el hermanísimo no se escondió en
ningún momento y permitió a los de Girona soñar con la machada copera,
pero fue el quitarse de enmedio al Goliath catalán para que el Real
Madrid recuperara el orden y el concierto percusionista que tanto le
caracterizaba. Con Bullock y Smith al contraataque. Con un Hervelle
mermado ayudando a sus compañeros desactivando la opción Mumbrú de
falso pivot.
La diferencia estuvo allí, en una máxima que
aprendí en rueda de prensa de Luis Casimiro, entrenador del Alta
Gestión Fuenlabrada.
"El baloncesto es la suma de muchas pequeñas cosas".
Ayer esta frase le dió la razón, y es que uno puede sumar 19, pero para
la victoria es mucho más facil conseguirla si 4 suman más de 10. El
Real Madrid aplicó esta norma no escrita al detalle, mientras el
Akasvayu, su entrenador, una vez más, se la pasa por el forro. A veces
no conviene despreciar las normas no escritas de este deporte porque si
no será este deporte el que te expulse de competiciones como ésta.