Se veía venir en Girona lo que está sucediendo, disfrutemos del momento
porque la próxima temporada el Akasvayu puede desaparecer del mapa.
Muchos escépticos lo anticipaban cuando llegó la constructora de Josep
Amat como salvadora del equipo. Invirtió mucho dinero pero no supo
construir un proyecto ganador. Lo importante no es crecer sino
mantenerese y la lección que nos han dado desde Girona es
importantísima de cara al futuro: el progreso no es fruto de una
inyección económica importante sino de saber poner las bases sólidas de
cara a un futuro estable. Amat lo pasó todo por alto haciendo recalar
estrellas europeas a golpe de talonario en un equipo que hasta la fecha
era de segunda fila. En Girona lo han disfrutado, con una Fiba Cup y
una final de la Copa Uleb. Ahora es el momento de asumir las facturas y
el coste tanto económico como social puede lastrar a la ciudad largas
temporadas. Seguramente no volverán a estar en la misma situación que
esta temporada.
Ahora surgen plataformas para forzar a las administraciones a encontrar
una solución. Mi posición al respecto siempre ha sido clara e
inamovible. Las entidades públicas nunca deben asumir las deudas de una
empresa privada. Aunque se trate de empresas que desarrollen
actividades culturales para beneficiar a una comunidad o a una ciudad
en cuestión. Mi posición es la misma cuando el Ricoh Manresa realizó un
órdago para que la Generalitat invirtiera 600.000 euros para que el
club pudiera competir esta temporada ya pasada de la ACB. Si 600.000
euros me parecieron una barbaridad imagínense 12 millones de los cuáles
8 son debidos a Hacienda y Seguridad Social.
Los actuales gestores, Josep Amat al frente de todos ellos, se
justificaban alegando que la deuda ya existía cuando ellos llegaron.
Tienen razón, de la misma forma que malgastaron un enorme capital en
jugadores en la primera temporada que ayudaron a no sanear esas deudas
pendientes. No se preocuparon en refinanciar esa deuda en un crédito
sindicado, se dedicaron a vivir por encima de las posibilidades
económicas de un equipo que en el mejor momento de su historia no ha
sido capaz de llenar más de diez veces su pabellón en las últimas tres
temporadas.
Una de las soluciones que se plantearon al consistorio sería la
donación de unos terrenos municipales al club para que pudiesen
equilibrar el balance. En pocas palabras: dotar a una empresa de
patrimonio para poder solicitar un crédito para financiar la deuda. Una
medida que podría dar votos pero que rompería de lleno con la idea
política de vigilar y cuidar la igualdad de oportunidades entre
personas físicas o jurídicas. Otra cuestión sería que el Ayuntamiento
de Girona fuera el propietario del equipo, o que una caja de ahorros
asumiera la deuda entendida como una inversión social. Ambas
retractables si se materializaran ahora, por lo que ni aún así se
aceptaría esta intervención pública en lo privado. Más cuando una
empresa ha dilapidado su liquidez en malas inversiones, sin importarle
la falta de patrimonio que sí tienen por ejemplo otros equipos, léase
por ejemplo el TAU Baskonia y su ciudad deportiva.
Lo que finalmente puede suceder es que el equipo intercambie su plaza
ACB con un equipo que actualmente juegue en la liga LEB con dinero
mediante para construir un club profesional sólido que evite
situaciones como las que ahora se están afrontando. La única solución
coherente hasta la fecha pero atención, el club interesado deberá hacer
frente a una inversión económica importantísima no sólo para
adjudicarse la plaza sino para construir un equipo para mantener la
categoría. Podrían aparecer de nuevo las ayudas de las administraciones
públicas pero en el otro bando. En Girona y en Catalunya en general
nadie comprendería que los políticos de aquí no se comprometieran como
los políticos de allí. La respuesta es clara, que todos se comprometan
no significa que hagan lo correcto; menos en empresas privadas, y aún
menos con la estrategia inversora de Akasvayu en el CB Girona.