
Más que un partido de baloncesto ha sido un regalo anticipado de Navidad. Como se pudo ver en el primer partido del Palau Blaugrana un encuentro en el que se enfrentan Montepaschi y el Barça se convierte en un debate baloncestístico. Se discuten formas de atacar, de defender, de dominio del juego o del sometimiento al rival. Nunca de rendirse, porque dicha actitud esta prohibida tanto en el Barça como en el Montepaschi. Por eso lo justo habría sido un empate, ya que la derrota era injusta para ambos equipos. Quizás más para el Montepaschi, sin su estrella McCalebb, sin Lavrinovic y podemos decir que sin Andersen, porque hoy el genial pivot australiano ha sido el único lunar que han mostrado los italianos.
Lejos de la anécdota y cerca de la noticia ha sido el encuentro del australiano. Andersen, históricamente, siempre ha ofrecido buenos partidos contra el Barça. De hecho cuando jugaba en el CSKA era un quebradero de cabeza no sólo para Dusko Ivanovic sino también, y de forma más acentuada, para Fran Vázquez. Cada partido en el que se enfrentaban el australiano le ofrecía lecciones de pintura al pívot gallego. El CKSA era un rodillo y Andersen, bien acompañado de Smodis, era el referente. En Siena tendría que serlo, pero no lo es, se encuentra desubicado, su posición en Siena le muestra incómodo. Allí juega como único pívot de referencia, como cinco con movimientos -mérito del Siena jugar así por otra parte-. Andersen juega expuesto, le someten al dos por uno -y el Barça no es el mejor rival para arriesgar con ello-. Pianigiani sigue con una apuesta más que discutible, ilógica, acontextual y quién sabe si suicida cuando avance la temporada. Andersen va sufriendo y hoy, años más tarde, ha comprobado como Vázquez le ha pagado con la misma moneda las lecciones ofrecidas en el Palau Blaugrana cuando eran rivales.
No merecía ninguno de los dos equipos perder pero si alguno era más merecedor de la victoria ha sido el Montepaschi. No porque el Barça fuera peor, ni mucho menos, sino por algo tan sencillo como que ha ganado el que más auténtico se ha mostrado en la pista. El Barça se adapta a cualquier registro del juego, el Montepaschi se mantiene invariable. Juegan de la misma forma ganen o pierdan. Y sin McCalebb, insisto. Mismas ayudas defensivas, mismos referentes anotadores, mismo jugador que se sacrifica por el colectivo, mismo estilo de juego. El Montepaschi ha impuesto su guión y el Barça no ha tenido más remedio que adaptarse. Y en la adaptación reside el problema, porque el Barça carece de un elemento en el que el Montepaschi siempre resulta mejor, el juego en estático, es en ese momento en el que el Barça se complica y sufre mientras que el Montepaschi es cuanto más expresivo se muestra.
Son dos formas de entender el juego, ninguna más válida que la otra. Para los puristas, el juego del Montepaschi es sublime, para los transgresores el juego del Barça es insuperable. Ambos son estilos de juego contraculturales, a pesar de existir Maccabi, Real Madrid, CSKA o Panathinaikos, el Montepaschi y el Barça en cuanto a juego están un peldaño por encima. Hablo de concepto de juego, de estilo y de discursos en luegar de hablar ni de Lorbek, ni de Eidson, ni de Navarro, ni de Zisis, ni de Rakocevic ni de Aradori. Ellos han sido ejecutores, los protagonistas han sido los entrenadores, dando la sensación de conocer y anticiparse al rival que tenían en la banda.
Ha sido un partido de movimientos, de comprobar como sus pupilos obedecían a una pizarra que tenía marcados los jugadores que tenían la licencia para salirse de ella. Todo dentro de un orden, puro movimiento, canastas complicadas en un lado y el otro, pocos puntos de diferencia. Alternancias en el marcador, y el Barça con Lorbek y con Eidson consiguen distanciar a su equipo en el tercer cuarto - con la dolorosa puntilla de un triple de tres cuartos de canche de Ingles-. Doce puntos de ventaja a favor de los azulgrana.
Lejos de arrojar la toalla y lejos de arriesgarse, no, el Montepaschi ha seguido con su misma idea. Defensa inteligente, intensa, dura pero noble. Forzar pérdidas de balón. Todo muy metódico, hasta las incursiones de Rakocevic y Aradori parecían estar estudiadas. El Barça contemplaba, se desquiciaba mientras que el Montepaschi no se rendía y llegó a ese terreno que tanto gustan a los italianos llamado "momento McCalebb": cinco minutos y una diferencia de siete puntos. Ganar o perder, daba igual, pero al conocerse ese momento es como si supieran las normas y las trampas de ese juego. Cara o cruz, o acertaba uno o fallaba el otro, o quizás las dos cosas que es lo que finalmente ocurrió. Ganó el Montepaschi, el que mejor supo trabajar el desenlace, y sin el jugador que mejor se desarrolla en esos instantes.
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