
Pese a que son muchos los análisis que no señalan a Madrid como una de las ciudades más atascadas del mundo, lo cierto es que la capital de España sufre diariamente el mal de los embotellamientos. Hasta 65 calles de la metrópoli española no superan una velocidad media de 10 km/h. Existen algunos tramos que, sin causa aparente –accidentes, obras-, están siempre atascados, las cuales se recorren más rápido a pie que en coche en ciertas franjas horarias.
Dichos datos provienen de un informe del Ayuntamiento de Madrid sobre la Intensidad Media Diaria (IMD) en lo que a tráfico se refiere. Las causas son de diversa índole según la zona, pero, en esencia, se traducen en las mismas: alta densidad del tráfico -siendo insuficiente la capacidad de la vía-, lo que se deriva del poco uso del transporte público y de la escasez de guardias de tráfico que regulen el caos vial madrileño.
Según el estudio, las zonas más problemáticas son la Gran Vía, en diversos puntos, así como la calle de José Abascal. En la primera, nos encontramos los problemas al principio de la misma, cuando enlaza con Alcalá, que asume el tráfico de Recoletos y el Paseo del Prado, pasando de de cuatro a dos carriles en cada sentido. Pero al alcanzar la altura de Callao el problema se agrava, principalmente por los varios semáforos que regulan diversos pasos de cebra, necesarios en una zona tan céntrica que es recorrida a diario por cientos de peatones. La cosa no mejora al llegar al cruce con la calle San Bernardo, una perpendicular que ya forma cola a su entrada de la misma Gran Vía, principalmente en horas puntas. Finalmente, llegamos a Plaza de España, donde el giro hacia Príncipe Pío se hace complicado. Asimismo, el inicio de la calle Gran Vía desde dicha plaza es más que problemático por uno de los pasos de peatones más grandes y concurridos de todo Madrid.
Por su parte, la calle de José Abascal se convierte en atolladero de grandes dimensiones al llegar al estrecho túnel de María de Molina, ‘ratonera’ que recibe el tráfico de cinco carriles para convertirlos en dos. El problema es que este punto es el más rápido para acceder a la M-30 y a la A-2.

Otra calle que se hace imposibles a ciertas horas es la también céntrica Atocha, que recibe el tráfico de cuatro grandes avenidas y cuya capacidad, únicamente de dos carriles en subida y dos en bajada –a veces uno en el caso de que existan obras- no es suficiente para el volumen de tráfico. A ello hay que sumarle las tres líneas de autobuses que discurren por la calle en ambos sentidos. También la calle de Antonio López agrava sus problemas de circulación por la doble fila, ya que es una zona de carga y descarga.
A pesar de las obras de la M-30, el incremento de los túneles y los esfuerzos municipales por liberar el tráfico de Madrid, lo cierto es que los resultados apenas se han visto. Al menos en la zona centro de la capital. Las soluciones pueden ser varias, desde incentivar el uso del transporte público –lo que podría hacerse bajando las tarifas, que lo convierten en uno de los más caros del mundo-, aumentar los efectivos policiales o empezar a imponer el peaje urbano que ya tienen ciudades como Londres. Pero mientras no se tomen medidas más drásticas, seguiremos atrapados en esta ratonera llamada Madrid.
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