Me ha sorprendido muy gratamente el circuito de Fuji. Remodelado para recibir por primera vez a la F1 después de 30 años de ausencia, el trazado japonés, propiedad de la multinacional Toyota, muestra un acabado irreprochable y una puesta en escena de las mejores del mundo. Otra cosa es que el dibujo de circuito guste a los pilotos.
Antes de todas estas reformas, el circuito de Fuji era bastante peligroso. Contaba con una última curva parabólica en la que las velocidades eran muy altas. Hubo algunos accidentes serios en categorías japonesas y se decidió reformarlo. El regreso de la F1 era inminente y el trabajo fue muy amplio. Las zonas lentas son al estilo de Hermann Tilke, el gurú de los circuitos actuales. La seña de identidad del trazado original es su larguísima recta de meta, la más larga del mundial, toda una proeza para los motores.
Los propulsores estarán a pleno gas durante 17 segundos. Será en la recta de meta, donde las partes móviles de los motores pueden sufrir más de la cuenta. Son nada menos que 1500 metros de acelerador a fondo. La aerodinámica también juega un papel importante, ya que tiene que compaginarse muy bien esa parte veloz, con la parte más sinuosa del circuito.
Como paisaje, el circuito no tiene rival. Desde el mismo paddock se puede ver la majestuosidad del monte mas venerado de Japón, el monte Fuji, cuya cima en estas épocas del año está, lamentablemente, sin nieve. Con ella, el espectáculo es grandioso, aunque por estos días no deja de ser muy atractivo. El cambio de trazado ha valido la pena.