Pasada ya la sorpresa por la estrepitosa victoria de Alonso en Singapur, toca Japón. Allí he llegado esta misma mañana, después de un largo viaje, y saltando tres veces de avión, aunque no por alguna avería, sino porque he tenido que hacer el trayecto Valencia-Madrid (poco menos de una hora), luego Madrid-Zurich (Poco más de dos), y al final, el más largo: Zurich-Tokio (casi once horas más). Ese fue el tiempo que estuve en el aire, pero una vez hecho el desembarco en el aeropuerto de Narita, en Tokio, me tocaba ir hasta Gotemba, la pequeña ciudad donde me alojo en estos días del GP de Japón, y que dista a unos veinte minutos de Fuji. Una ciudad, por cierto, en la que vivió Pedro de la Rosa durante tres años cuando estuvo compitiendo en la F3 japonesa y en la F3000 de estas tierras.
Una vez maleta en mano, hacia Gotemba entonces. Pero no era un solo tren el que debía coger, sino tres. El primero, el famoso Shinkansen, una especie de tren bala que se usa para trayectos más bien largos. Con él fuimos desde Narita hasta la estación de Shibagasha, unos cuarenta minutos. Luego, otro tren hasta Kouzú (que no sé si se escribe así pero al menos se pronuncia de esa manera). Pero llegamos diez minutos mas tarde de la salida del otro tren –el último- que había que coger hacia Goteaba. Y allí nos quedamos 40 minutos esperando. Leyendo, por cierto, revistas de F1 ¿Para que variar?
Que bien funciona todo por aquí. Ya sabéis, ese tópico que habla de la precisión japonesa para todo, pues es cierto. Rigurosamente cierto. El transporte que tiene que salir en punto, pues sale en punto. Estos hombres son unas máquinas de precisión. Y fue por eso, también, que ni nos pusimos a pensar que íbamos a adelantar nuestra salida final hacia Gotemba, ya que faltaban 50 minutos para que viniese el tren. Cuando vino, por fin, iban a ser los últimos 40 minutos de viaje. Al final, 14 horas de avión más cuatro de tren. No está nada mal después de haber regresado hace menos de una semana de Singapur. Y lo que nos queda (ojo que no es una queja, solo es un apunte, aunque lo siento si parece que estuviese cansado)
Sin embargo, y a pesar de haber recorrido medio mundo, la sensación que me invade es la de llegar a un sitio familiar. Al pisar la estación de Gotemba, al llegar al hotel, al ir a comer al restaurante de la esquina. La F1 tiene esas cosas. Puede ser interesante hacer el viaje, tiene ese componente de ir a lo desconocido y de aventura, como todos los viajes, pero todos los años vamos a los mismos sitios. Del aeropuerto al hotel, del hotel al circuito. Por eso nada me sorprende.
Un recuerdo más me viene a la mente cuando miro por la ventana del hotel. El año pasado veía las montañas rodeadas de nubes inquietas, las que al final terminaron por descargar toda su furia en un día tremendo para Fernando Alonso. Aquella tarde, aquel error, aquel fuera de pista. Aquel día se fue el campeonato. No puedo evitar recordarlo, y eso que aún no he pisado el trazado de Fuji. Este año las cosas son muy diferentes, por suerte. Vaya uno a saber que nos habría deparado la historia si Alonso hubiese entrado más despacio a aquella curva y conservado la segunda posición hasta el final. Quizás hoy tendría el número uno en su coche, y quizás aún estuviese, porqué no, en McLaren. Quizás la estrella de Raikkonen se hubiese apagado del todo, sin haber logrado un campeonato aún. Quizás, quizás…
Todos son supuestos y es inútil volver a ello. Pero no puedo dejar de recordarlo cuando miro por la ventana de mi hotel en Gotemba. Quizás mañana, cuando vaya al circuito, me encuentre con más recuerdos. Pero estoy seguro que la cara de Alonso que me voy a encontrar será más relajada que la de 2007 en este mismo sitio. Mañana, con mas deporte dentro de estas líneas, voy a hablarle de otras cosas que sucedieron aquel día aciago de Fuji y que muy pocos saben. Hasta mañana. Voy a intentar dormir, pero no tengo ninguna seguridad de que voy a lograrlo.