Preparando maletas para una de las citas mas bonitas del año. El de este fin de semana va a ser mi GP de Mónaco número 15 y mi GP número 199, un número redondo que deja al GP de Turquía con alguna celebración, ya os podéis imaginar cual es.
Pero a pesar de haber ido durante tantos años, sigo sintiendo las mismas ganas. Las mismas que me llevaron en Mayo de 1990, siendo un simple aficionado, a coger un tren e ir hacia lo desconocido. Nunca había ido ni siquiera a Francia en toda mi vida, vivía hacía unos meses en Andorra, y quería ir a toda costa a esa carrera que, como todos los pilotos quieren ganar (lo dijo Alonso y lo dicen todos), todos los aficionados quieren ver con sus propios ojos.
Así que llegué al Principado sin un duro y sin entrada, pensando en que iba a poder ver algo. Nunca lo intentéis. Ver algún resquicio del trazado de forma gratuita era y sigue siendo imposible. Pero lo bueno fue que no sabía una cosa que, al final, resultó siendo clave. Había una pelousse, esa de la montañita encima de La Rascasse, a la cual se podía acceder con muy poco dinero. En aquella época eran unos pocos francos, equivalentes a unas tres mil pesetas. Quizás era mucho para una pelousse, pero estabas en Mónaco. Allá que fui.
Miré la carrera como si fuese la última que iba a ver en mi vida. Recuerdo que ni siquiera me llevé gafas, para no tener que sacármelas constantemente, para poder ver las cosas más nítidas.
Llegué el mismo domingo por la mañana, así que me enteré allí mismo de la pole de Senna. El brasileño compartiría, ese día, la primera fila con Prost. Un lujo añadido a mi viaje. La carrera se inició con problemas, ya que Berger tocó a Prost en Mirabeau y la carrera se detuvo. Senna ya estaba al frente. Y así terminó la carrera, casi dos horas mas tarde de aquel incidente. Prost se retiró por problemas mecánicos. Yo, en la tribuna, con la boca abierta. Veía cruzar las manos de Senna una y otra vez en La Rascasse y para mí, estaba justificado el viaje.
Cuando terminó la carrera, pude observar que se podía ir hacia la zona de boxes libremente. En esa época, aún no estaban divididos el paddock y la zona de bares lindante. Sin barreras, sin pases, nadie te pedía nada. Podías ir al camión de Ferrari y ver a Prost. Podías ir a McLaren, pedirle un par de pegatinas al mecánico de turno, y ver a Senna firmando autógrafos. Más allá, Ken Tyrrell, tomaba algo junto a uno de sus pilotos: un joven llamado Jean Alesi. Mi día terminó con muchas fotos, algunas más tomadas por la desesperación del momento.
Aquel día fue inolvidable. Fue el 27 de mayo de 1990. Lo bueno es que, casi veinte años más tarde, sigo sintiendo lo mismo al ir hacia Mónaco. Por eso me siento un privilegiado.
PD: Os pondré dos fotos de ese viaje. Podéis reíros, con soltura: de mis pelos, de la gorra, etc. En una de ellas estoy con los cascos de Senna y Berger (los dejaban por allí y podías sacarte fotos con ellos ¡ahora cuesta hacerlo aunque seas periodista! Bah, otros tiempos muy diferentes. La otra foto es en la bajada desde Loews a Portier ¿Qué si me hice el circuito a pie? Por supuesto ¡dos veces! Faltaba más.