Introvertido, melancolico e incomunicado. El fútbol empieza y termina en él, más allá no hay nada. Sólo rendirá si el equipo, el club, giran a su alrededor. Renegará de la fama pero querrá todo el protagonismo; las soluciones tendrán que ser las suyas y los problemas los de los demás. Su historia en la Liga española es la de un hombre caprichoso y desagradecido, incapaz de devolver lo que un equipo pequeño, de una ciudad de 46 mil habitantes, arriesgó para sacarle del ostracismo. El Villarreal apostó todo por él pero Juan Román se negó a conceder entrevistas, rehuyó los actos sociales del club, se encerró en sí mismo y se alejó de sus compañeros, vecinos en una zona costera, para vivir apartado en el centro porque odiaba cruzar la ciudad para llevar a sus hijos al 'cole'. Hoy, meses después, de la casa de Riquelme cuelga un gigantesco cartel: "Se vende", pero ni por la casa ni por el jugador llega ya ninguna oferta.
Tras salir de Argentinos Juniors empezamos a conocer a Riquelme en Boca, muy joven, donde pronto demuestra ser diferente: cómo pisa la pelota, cómo arma el disparo, cómo el balón sale de su bota derecha inventando imposibles efectos. También, temprano, demuestra no ser uno más, un hombre de complemento: necesita un equipo a su alrededor y el Boca de Carlos Bianchi se lo ofrece. Estrellas como Verón hacen las maletas y Riquelme se convierte en el abanderado de los jóvenes 'xeneizes': Palermo, los gemelos Barros Schelotto... Con ellos y con Bermúdez, Ibarra, Córdoba o el Chicho Serna el equipo funciona al son de Riquelme, quien sin ninguna obligación defensiva empieza a generar ataque: pases en profundidad a Guillermo, asistencias a Palermo, envíos al 'Loco' para que la aguante y, esperando a la segunda línea, mate el propio Juan Román, ya letal a balón parado. Con la solvencia defensiva de todo equipo Bianchi Boca será imparable en América.
Como tal, como campeón de la Libertadores, Boca llega a la Intercontinental '2000. Le espera el Real Madrid de Figo, Florentinato año I. Los blancos llegan con la final ganada de antemano y la certeza de que Makelele se comerá al desconocido Riquelme. Menosprecian a Boca, su juego poco vistoso, sus estrellas atípicas, el tosco y fallón Palermo y el parsimonioso Riquelme. Caldo de cultivo para hacer poderoso a Román: igual que se apaga en las citas de mucha presión, por debilidad psicológica o, probablemente, porque los rivales llegan preparados y concentrados en anularle, Riquelme se convierte en imparable cuando le dejan campar a sus anchas. El Madrid le ignora y el 'diez' de Boca gana en cinco minutos el título. Da los dos goles y después cubre la pelota, la protege y la esconde y, en su más genuino estilo, porque gana y pierde los partidos él solo, se lleva la Intercontinental ante un Madrid desquiciado. Estuvo iluminado ese día, genial, harto de tener la pelota sin un solo toque de más. Palermo es, gracias a sus dos tantos, elegido MVP, pero pero todos saben que la estrella es Juan Román.
En la otra punta del Mundo, Barcelona, buscan jugadores así. En Argentina parece haber tres: Aimar y Saviola en River y Riquelme en Boca Juniors. Pudieron haber coincidido años después, en el primer año de Laporta, pero nunca se produjo. Tras humillar al Madrid Riquelme será el primero y un desesperado Barça, en plena sequía de Gaspart, 'abrocha' a 'Topoyiyo' por venticuatro millones de dólares, pero la operación no se cierra y el que llegará es Saviola. Doce meses después, aún más desesperados, los azulgrana insisten con Juan Román y lo compran por doce millones de euros, la mitad de lo ofrecido un año antes. Es la historia de Riquelme: mucho ruído y pocas nueces, el objeto de deseo que en el acto irradia dudas. Firma, genera ilusión, pero ya en su presentación cae un jarro de agua fría: el gélido holandés Louis Van Gaal no lo quiere y plantea la posibilidad de cederlo. Van Gaal quiere un delantero centro y le sobran extracomunitarios, pero Gaspart se lo endosa para tapar sus errores.
En el acto se ve que Riquelme no tiene lugar. En el 1-3-4-2-1 de Van Gaal sólo entra como volante izquierdo, donde ya está Luis Enrique, y ni el entrenador ni la grada están dispuestos a renunciar a la furia y el compromiso del asturiano. El apático Riquelme pierde cartel a pasos acelerados: ni defiende ni presiona arriba, como le pide su entrenador, y con la pelota en los pies la cosa no mejora, algo lógico cuando sus referencias por banda son tan mediocres como Mendieta y Fernando Navarro. Pasan los partidos y todo se pinta de gris: antes de un partido en Mallorca Riquelme se 'borra' para cargarse a Van Gaal y que llegue Bianchi. Pero Eto'o se vuelve loco, agrede a Motta, el Barça golea y el holandés sigue. Oportunidad perdida. Van Gaal termina cayendo poco después, pero el turno de Bianchi ha pasado. Llegará Antic, que intentará recuperar a Román, pero no será posible, y después empieza la era Laporta y Riquelme está ya fuera. Ronaldinho es el nuevo héroe, el 'diez'. Juan Román se marcha, dos años, cedido al Villarreal.
Juan Román Riquelme: un crack... para un equipo que no tiene nada más. Riquelme te hace subir un par de peldaños, te da estilo y jerarquía. Con él sabes a lo que juegas y, acompañado por un buen goleador y nueve gladiadores hace que el equipo funcione. El técnico también es un gladiador a sus órdenes: Bianchi decía, en 'petit comité', que aunque le viese desganado prefería no 'apretar' a Román. Los mimos, los halagos, la comparación con Zidane o Maradona terminan acomodándole.
Pero en algo no se equivoca Bianchi, y tampoco Pellegrini al pisar Villarreal: cuando le apetece jugar, Riquelme está entre los mejores del mundo. Su filosofía es sencilla: "Hago lo que quiero, cuando quiero y cómo quiero". Los roces con cualquier entrenador con personalidad son inmediatos y llegarán entre él y Pellegrini, pero antes Román propulsa al equipo con su juego milimétrico, su récord de pases de gol, su Villarreal alcanzando la Champions. El ascenso del equipo es increíble, Riquelme pasa a ser un dios. Alcanza las semifinales de Champions, contra el Arsenal, tras dejar en la cuneta al United, al Inter de Milán... derrota por la mínima en Highbury y milagro a la vista en la vuelta. Después sólo quedará soñar, soñar, soñar...
El inolvidable penalti fallado en El Madrigal es la gran mentira en torno a Riquelme. La fractura con el club, con el entrenador y el equipo, no nace en ese momento fatídico. La vida sigue incluso para los aficionados, que acuden en masa a su casa, cargados con pancartas, para darle las gracias al ídolo. Riquelme, encerrado en su palacio de cristal, ni se asoma para saludarles. La parada de Lehman, el silencio que sucede a su error, el adiós a la gloria absoluta hunde al frágil mediapunta.
Ese maldito penalti... meterlo no era llegar a la final frente al Barcelona sino sólo alcanzar la prórroga, unos minutos más de vida. El Arsenal había demostrado, especialmente en Londres, ser superior. En condiciones normales debería haber certificado su pase. Afirmarlo no es negar el enorme mérito del Villarreal, sino subrayar que sus recursos no eran comparables a los de los Gunners. Los de amarillo lucharon como jabatos, completaron una gesta heroica, pero ya antes de ese penalti dramático estaban tocados, física y psicológicamente.
Ese error, puntual, nunca debió ser la tragedia que se quiso ver después. Llegar hasta allí era un enorme éxito que, de pronto, se transformó en la mayor de las catástrofes. La derrota gloriosa tornó en desastre mayúsculo y todo por el influjo Riquelme. El Villarreal en semifinales de Champions... ¡para el club el triunfo era, sencillamente, tirar ese penalti! Fue Riquelme el que contagió de tristeza todo lo que le envolvía. Juan Román no se lo perdonó, y Pellegrini tampoco. Su relación, podrida ya por los caprichos del argentino, estaba sentenciada. Pellegrini no aguantaba la despótica pareja que formaba con Sorín.
Llegar hasta esas semifinales de Champions dejó 30 millones de euros en Villarreal, cuya planificación fue digna de elogio: fuera de Europa el año siguiente Román ya no les servía. Pasarían dos años, como mínimo, hasta poder regresar a la Champions, y para entonces el argentino ya estaría en la cuesta abajo. Cuando José Manuel Llaneza, consejero delegado del club, pide a Pellegrini bajar el coste salarial de la plantilla para renovar y rejuvenecer al equipo el chileno no tuvo dudas: Sorín y Riquelme serían los primeros en abandonar el barco. Eran veteranos, los que más cobraban y los que más cartel conservaban. Ideales para hacer caja y revitalizar al equipo.
Riquelme no pudo ni quiso cambiar esa decisión. Ignorando a Pellegrino pidió a Fernando Roig, el presidente, prolongar sus vacaciones. A la vuelta falta a los entrenamientos para, al estilo Ronaldinho, quedarse en la caseta con el kinesiologo Bombicino, después despedido. Su actitud espanta a cualquier club interesado en ficharle: su sueldo es altísimo, casi tanto como las dudas que crea su actitud. El Atlético, que se ha traído a Bianchi, se lo piensa, pero según se dice el técnico frena la operación porque triunfar en Europa sin la sombra de Riquelme.
Los meses pasan, la situación es insostenible y sólo queda una salida: Boca Juniors. Boca está dispuesto a poner mucho dinero para pagar un traspaso o para llevarse al jugador cedido y destinar ese dinero a la ficha. Ofrece jugadores (Rodrigo Palacio), lo que no disgusta al Villarreal que así no pagará la cuarta parte de la venta al Barça, y las conversaciones se prolongan meses. El acuerdo, a mitad de temporada, es intermedio: Villarreal y Boca pagan la mitad de la ficha y se aplaza la decisión hasta el verano. El jugador vuelve a Boca, recupera su lugar en la selección argentina, hay un Mundial a final de temporada y, de brillar, le lloverán las ofertas.
En La Bombonera Riquelme vuelve a ser Rey. Con unas actuaciones memorables gana otra Libertadores. Pero el 30 de junio la cesión termina y las negociaciones para que se quede son infrutuosas por culpa de Juan Román. El jugador, con un sueldo altísimo gracias a lo firmado con el Barcelona, quiere mantener esas cifras, aunque en público afirma estar dispuesto a perder dinero jugando gratis el último año con Boca. Dice que quiere seis millones, los argentinos se lo piensan... pero Román ya no cobra en dólares sino en euros. Doce millones de euros netos por dos años... demasiado. Pedro Pompilio, vicepresidente de Boca y mano derecha de Macri, lo deja claro: "A Riquelme le separa un océano de Boca". Macri también es sincero: "Ya nos hemos dado el gusto de contratarle cuatro meses por dos millones de dólares". Todo ese dinero, volver a vivir la gloria, sentir la Bombonera temblar y vestir la albiceleste... Riquelme dice que no. Quiere sus doce millones de euros. Es el precio del desprecio a los xeneizes, y la factura de regresar a Valencia.
A finales de agosto de este año, a punto de acabar el plazo de los fichajes y atrapado en Villarreal, un Riquelme desesperado viaja a Madrid para reunirse con Javier Aguirre, entrenador del Atlético. El club colchonero le ofrece -también hubo contactos con el Real Madrid- una puerta de salida, pero ni los rojiblancos ni el propio Aguirre lo ven del todo claro. El Atlético no olvida que Riquelme, un año antes, no quiso firmar con ellos aplazando la decisión a que terminara el Mundial, del que esperaba salir revalorizado. El mexicano Aguirre, aunque lo desmienta en público, tampoco termina de ver al jugador en su equipo. Quiere jugadores que corran, en ataque y en defensa, y Riquelme no está ya para esos trotes.
Riquelme, ensalzado como sucesor 'del Diego' ("Argentinos, Boca, Barça...¿quién te crees que sos, Maradona?" titulaba Olé cuando firmó con el Barça) vuelve con la cabeza gacha a Villarreal, donde ahora es un cero a la izquierda. Antes era el '10', ahora es nadie: entrenando a su aire como siempre, pero ahora apartado de sus compañeros, sólo se presenta a diario por imperativo legal. De no hacerlo perdería un multimillonario sueldo; de prohibírselo el club perdería sus derechos. Riquelme ha pasado de coleccionar títulos... a no coleccionar nada, salvo millones de euros.