Empieza el Mundial de Clubes y Europa no puede tener mejor representante que el Milan, referencia los últimos años en el Viejo Continente. Hace menos de tres décadas los rossoneri veían a su equipo en Serie B, castigado por el Totonero y con Paolo Rossi condenado a la grada. Después, tras un lustro titubeante, aterriza Berlusconi y sus millones de liras, transformando al Diablo Rojinegro en un modelo de estilo, tecnología, resultados y espectáculo. No hablaremos del glorioso Milan de los años sesenta, ni juzgaremos a 'Il Cavaliere' fuera de los estadios de fútbol. Preferimos quedarnos con las dos últimas décadas prodigiosas de una institución admirable que está, en muchos sentidos, dos o tres pasos por delante del resto.

A diferencia de otros el Milan está lleno de jugadores franquicia. Los valores se transmiten de generación en generación, casi todos los que visten su camiseta muestran una implicación especial. No es casualidad: la entidad los mima. Que le pregunten a Seedorf dónde se sintió más a gusto, o a Maldini cuántas ofertas ha rechazado sin ni siquiera escucharlas. Tampoco el Milan le es indiferente al buen aficionado español. Para los madridistas no es uno más sino su perseguidor, el único que amenaza arrebatarle el cetro del más grande. Los blancos reconocen al Milan como un igual, por su grandeza; le temen, por su poderío; le envidian su estabilidad y le tienen simpatía por la paliza al Barcelona en Atenas. Tampoco oiremos a un culé hablar mal del gran Milan, referente del buen fútbol, escaparate de portentos, coleccionista de títulos y encarnizado rival, como los azulgrana, del Real Madrid, al que machacó con estrépito en el inolvidable 5-0 en San Siro.
¿Cómo no sentir algo especial, además, por la casa del inventor del fútbol moderno? Allí fue donde Sacchi contó con los medios y la confianza de Berlusconi y Galliani para revolucionar este deporte: su llegada, ese verano de 1987, es el principio de la historia más hermosa, del Milan inmortal, de la leyenda de los Tres Holandeses y de un club que mantiene su estilo más allá del resultado.
El Milan Inmortal
Por cómo prepara a su equipo, vive su profesión y elige y adoctrina jugadores, Sacchi será siempre un referente. Nada más llegar apuesta por un insólito concepto de juego, por fichar a dos superdotados como Van Basten y Gullit, por traerse un año después al dubitativo Rijkaard. Acapara así a los jugadores del futuro, superiores técnica y físicamente del resto, educándoles además en lo táctico. Después nadie podrá parar a Gullit, una bestia que veinte años después todavía sobresaldría, o al inolvidable Van Basten, elegante como un cisne y letal como una serpiente. De no ser por sus frágiles tobillos... ¿hasta dónde hubiese llegado?
El Milan, con dos Copas de Europa en los sesenta, ya era grande antes de eso. Pero es entonces cuando da un salto espacial y, aunque algo rezagado, se pone a la par del Madrid. Ambos, equipos hechos de una pasta especial, que se transforman en las más altas instancias y no fallan en las grandes citas. La ventaja de los italianos ha sido, en estos últimos tiempos, la constancia, la estabilidad. ¿Cómo estaría la balanza entre ambos sin los dos despistes de los últimos años, ese 4-0 en Riazor, la remontada en Estambul del Liverpool?

En estos veinte años ha habido cuatro 'Milanes'. El primero es el referente, el 1-4-4-2 de Sacchi que sembró el pánico en Europa. Empezó ganando el Scudetto del 88 y, dos años después, sumaba dos Copas de Europa, dos Supercopas y dos Intercontinentales. Era una máquina de ganar, que mandaba en el campo con un fútbol total de presión constante y desgaste físico sobrehumano. Cualquier aficionado puede recitar ese once: Giuseppe Galli; Tassoti, Baresi, Filippo Galli, Maldini; Rijkaard, Ancelotti, Evani, Donadoni; Gullit y Van Basten. En el banquillo Colombo, Mannari, Virdis...
Cuatro años después Sacchi sale por la puerta falsa, tras enfrentarse a los pesos pesados del vestuario y, más en particular, a Van Basten. La leyenda cuenta que, en una cena, Arrigo se sentó al lado de Marco y empezó, por enésima vez, a hablarle de conceptos tácticos. El holandés, harto de su entrenador, le humilló frente a sus compañeros, y nunca volvieron a hablarse. Sacchi y Van Basten, dos caracteres opuestos: el primero humilde, un obseso del fútbol. El segundo, arrogante, siempre con un punto de soberbia, quizá por no sentirse reconocido como lo que probablamente fue: el mejor nueve puro de la historia.
El Milan invencible
Capello, que había entrenado fugazmente al equipo antes de la llegada de Sacchi y después fue su segundo, coge al Milan y lo hace más fiable. Algunos se burlan de Sacchi diciendo que ganó sólo un Scudetto: su ritmo de juego era tan alto, con tanto desgaste, que le iban mejor los esfuerzos cortos de las eliminatorias. El fútbol de Capello era idóneo para una maratón de 34 jornadas: economiza esfuerzos, guarda más la posición, no juega para machacar al rival sino esperándolo, dándole una vuelta de tuerca al aspecto defensivo. Eso, unido a la técnica de los jugadores y los automatismos heredados de Sacchi, construye un plantel invencible, que pasa más de un año invicto en Italia hasta que el colombiano Asprilla, con una falta directa, les manda a la lona en San Siro.
El balance de Capello, cuatro ligas en cinco temporadas, es aplastante. Las cosas han cambiado: llegan otros jugadores, la plantilla crece, el equipo controla desgaste e intensidad. Con Sacchi, el Milan volvía al Calcio agotado tras las gloriosas jornadas en Europa. Con Capello se mide la gasolina y, amparado en un plantel espectacular, encadena títulos y 58 partidos sin perder. Los holandeses le durarán un año, después llegarán Papin, Boban, Savicevic, Desailly, Lentini, Massaro, Eranio, Costacurta, Simone o Panucci...
Tras dos temporadas rozándola, en 1994 Capello gana por fin la Copa de Europa. Ya es, tras Sacchi y Cruyff, el mejor entrenador del Mundo, pero con un estilo muy propio: su obsesión no es el fútbol total sino la plantilla y el equipo total. No juega con once sino con veinte. Sacchi, antes de fichar a un jugador, se reunía con él y le explicaba para qué lo fichaba y cómo jugaría. Capello, amparado en el poderío de Berlusconi, colecciona a los mejores. Es el primer gran constructor de plantillas, anticipando una tendencia vigente hasta nuestros días.
Capello se despide ganando el Calcio de 1996, al mando de un extraordinario plantel con figuras como Roberto Baggio y Weah. Le sustituye el uruguayo Tabárez, que ficha medianías -Dugarry, Reiziger o Vierchowood- y no acaba la temporada. Mientras, Capello cimenta su leyenda en Madrid ganando un apasionante campeonato al Barça con una plantilla inferior. Pocas semanas antes de acabar la temporada Capello anuncia que regresa al Milan, pero la cosa no cuaja y, doce meses después, abandona de nuevo la nave.
6 per sempre
Por entonces también se va, tras toda una carrera en la entidad, Franco Baresi, unánimemente considerado el heredero de Beckenbauer. Hubo varios 'kaiser' después, los mejores Hierro y Koeman, sin tanto reconocimiento Blanc, actualmente Nesta y Carvalho, pero Baresi los supera a todos: una palabra, Milan, y todo un equipo encogiéndose como un acordeón. Manejando códigos que todos sus compañeros entendían en el acto. Plasmando en el césped todo lo que Sacchi significaba: entrenamiento sistemático, una calidad en el trabajo diario incomparable a la de cualquier rival.
Baresi era el líder, la referencia, y todos sabían de su importancia. No era el capitán sólo por el brazalete, sino sobre todo por ser el único que aguantó la Serie B, el que resurgió con el club de las cenizas. También por su gesto de caudillo, su ambición desmedida y su carácter ganador. Un profesional excepcional que se cuidaba al máximo, dispuesto a sacrificios heroicos como jugar la final de un Mundial con el menisco roto y, encima, completar un partido maravilloso.
Tras la púrpura de la leyenda es justo decir que Baresi era un jugador lento, lo que suplía su velocidad mental. Poseía una colocación envidiable, se ubicaba siempre en diagonal con la pelota, pasaba los noventa minutos atento a todas las líneas de pase gracias a una concentración formidable. Era raro verle en el campo contrario pero, cuando se incorporaba al ataque, lo hacía con el poderío que otorga la superioridad sobre el resto. No le era necesario hacer muchas faltas, pero cuando entraba era contundente; tampoco era violento sino que ejemplificaba la astucia, el derribar a un adversario y parecer que el rival es quien comete la falta.
El paréntesis concluye con una reflexión añadida: Baresi tiene mucho que agradecerles a Sacchi y Capello porque, gracias a la superioridad táctica de sus equipos, siempre pudo vivir cómodo. El oficio de sus entrenadores jamás le hizo jugar expuesto ni descubierto: todo un equipo, un esquema y una forma de jugar, le protegían, escondiendo sus debilidades y tapando su inevitable declive físico. En otro alarde de saber estar y categoría supo retirarse en el momento preciso, porque la llegada de Zaccheroni y su 1-3-4-3 habrían amargado sus últimos años. Pudo despedirse en lo más alto y ahora entrena en las inferiores del club, por lo que todos le esperan como sucesor de Ancelotti.
Un ganador aburrido
Volvemos a ese 1998, tiempos difíciles en los que cae el Emperador Capello. Berlusconi, confiado en repetir el 'milagro Sacchi', se trae del Udinese a Zaccheroni, con el que llegan días extraños, llenos de mediocridad... y de títulos. Zaccheroni es pura contradicción: su 1-3-4-3 rompe con el 'estilo Milan' en aras de una revolución ofensiva, pero aburre a la grada con un fútbol horrible al que salva la pegada de Shevchenko, Weah y Bierhoff. Ellos, junto a Albertini, Leonardo, Serginho o el decisivo Guglielminpietro, le dan el Scudetto ante el mejor Lazio de los últimos tiempos.
Se gana pero no hay grandeza y Berlusconi, un sibarita del fútbol, termina despidiéndole. Nostálgico, apuesta por Claudio Ancelotti, uno de los jugadores referentes de Sacchi y Capello. Viene de entrenar a la Reggiana, Parma y Juventus, se muestra dubitativo al principio pero sabrá mejorar su reputación, soportar la presión de un presidente metomentodo, hacer buen fútbol y ganar campeonatos.
El pentágono de 'Carletto'A nivel táctico Ancelotti empieza a mostrar su talento planteando situaciones novedosas, entre las que brilla su pentágono en el mediocampo. Su primera puesta en escena es en una semifinal de Champions en San Siro, frente a un Manchester United embalado. Los ingleses son favoritos, pero Ancelotti planta un 1-4-2-1-2-1 que les deja sin respuesta. Inzaghi está solo en punta, pero recibe el apoyo de Kaká y Seedorf. Pirlo cierra el rombo por detrás, como un híbrido de mediapunta y mediocentro, y a sus espaldas Ancelotti apuesta por dos perros de presa como Ambrosini y Gattuso. Insólita disposición táctica, tela de araña, Oddo y Maldini en las bandas y un United desquiciado. ¿Cómo olvidar la mirada desesperada de Scholes, implorando a Alex Ferguron soluciones ante lo que estaba pasando?
Cada vez más pendiente de Europa el Milan se acostumbra a ganar en la Champions, y encadena años gloriosos con dos títulos, una final perdida en los penaltis y varias semifinales. El estandarte será el ucraniano Shevchenko, segundo máximo goleador de la historia del club, el heredero de Van Basten hasta que se marcha al Chelsea. Hemos hablado muchas veces de su decisión, a nuestro entender errónea, pero no tantas de lo que también se le ha añorado en Milán, donde encontró su lugar tras correr por las praderas de Ucrania, ser cuestionado a su llegada y, año tras año, hartarse a marcar goles. Su marcha aún no ha sido suplida y, pese a la explosión de Kaká, el Milan añora un definidor como él, un hombre que viva en el área y meta tantos muchas veces de la nada.
Mágico Maldini
Como espectador de excepción de todo, siempre con el tres a la espalda, está la penúltima leyenda, Maldini. El jugador más envidiado y envidiable del mundo, aquel al que todos los técnicos desearían haber entrenado, otro profesional intachable que, con su padre y Baresi de espejo, ha completado una carrera sin parangón. Gracias a esas dos referencias Maldini tuvo desde muy joven las ideas claras, y también tuvo la fortuna de nacer en un equipo ganador. Era un niño en una máquina imparable, aprendió a jugar con Sacchi, ganó todo cuando los demás soñaban con debutar en Primera.
Maldini, que se maneja bien con las dos piernas, ha hecho de la banda izquierda su hogar. Durante todos sus años como lateral, a donde cada vez vuelve menos, tuvo recorrido, aunque tampoco su leyenda alcance el infinito: fue inexpugnable en defensa pero no la máquina en ataque que muchos han querido ver después. Sus incorporaciones ofensivas no eran un prodigio de talento, sino más bien de fuerza, y era en la estrategia donde hacía mucho daño gracias a su altura, rapidez y carácter. Es lógico que Maldini hable de Sergio Ramos como el mejor defensa de Europa, porque compararles no es nada descabellado. Maldini, eso sí, tuvo la inmensa fortuna de ser entrenado por los dos mejores técnicos del mundo en lo táctico, Sacchi y Capello: denle ocho años a Ramos junto a Mourinho y Benítez y veremos en qué se convierte.
Cita en TokioCon un Maldini renqueante pero, dos décadas después, todavía en activo, llega el Milan a Japón. No ha ganado en toda la temporada en San Siro, no es el mismo equipo desde el 'Moggigate', pero sigue dando miedo. Como un viejo león su radio de acción se ha reducido, especializándose en la Copa de Europa, como si su único objetivo fuese igualar los nueve títulos del Real Madrid.
A principios de temporada Ancelotti lo deja claro: basta asegurar el cuarto puesto en Italia, porque el objetivo son Champions y Mundial de Clubes. Quieren dejar atrás a Madrid y Boca Juniors, destacarse en la larga carrera que proclamará al Mejor Club del Siglo XXI. Por eso el Mundial es trascendental, y llega para ganarlo. Aterriza en Tokio el miércoles pasado, más de una semana antes de estrenarse en la competición, cumpliendo la ley de recuperar una hora de 'jet lag' al día, planeándolo todo para minimizar el cambio horario. Hechos los deberes es el candidato número uno, pero deberá demostrarlo saldando la cuenta pendiente del fútbol europeo con esta competición. Soberbio y poco comprometido, el pinchazo europeo ha sido lo habitual estos últimos años al medirse a Sudamérica. El Milan quiere lo contrario: sumar otro título, engordar su leyenda y vengarse de Boca, que lo venció hace cuatro años en la Intercontinental.
El Milan, línea por línea
En el juego milanista todo gira en torno a tres hombres, Pirlo, Seedorf y Kaká, y la fórmula del 'pentágono' será probablemente la elegida. Jugar con dos puntas parece poco probable porque, a la espera de Ronaldo, el equipo carece de dos delanteros de peso. El brasileño va a Japón y si el rival en semifinales es blando probablemente contará con minutos: conociéndole, no será descabellado que marque. A Boca tampoco le gustará tenerlo enfrente ni siquiera unos minutos, por lo que puede contar aunque siempre como reserva de lujo. Los grandes compromisos parecen quedarle grandes a Gillardino, cada vez con menos crédito, y eso hace de Inzaghi la única opción, con Kaká y Seedorf cerca de él.
En la otra punta del campo estará Dida, un portero grande, poco propenso a las palomitas y al que es difícil ver en una estirada porque, incluso tirándose al lateral, encoge siempre las piernas. Tapa mucho, está consolidado, le acusan de irregularidad pero le ganó una final de la Champions a Buffon. Como todos los porteros Dida tiene también sus defectos, entre los que llaman la atención su poca fiabilidad en las salidas, lo mucho que le cuesta ir por bajo y las dificultades cuando se aleja del marco.
A su derecha, en el lateral, está Oddo, llegado de la Lazio en el pasado mercado de invierno pero fundamental para acabar ganando la Champions. Es un defensa con recorrido, duro, peleón, capaz de hacer todas las faltas que sean necesarias y que cierra muy bien la defensa. Cede muy pocas oportunidades y ha anulado a rivales como Cristiano Ronaldo y Giggs. En Tokio, dos partidos, es probable que veamos también a Cafú, ya muy veterano pero capaz de cumplir frente a un rival endeble o de aportar variantes en ataque si hay que remontar un encuentro.
En el otro lateral está otro jugador asentado, el georgiano Kaladze. Kaladze simboliza a la perfección la gestión de roles según el estado de forma: puedes dejar de jugar y no odiar a tu entrenador. Pasó de indiscutible a desaparecido, envuelto en problemas personales tras la muerte de su hermano, pero ha recuperado peso este año. Saca bien la pelota, es muy alto, tiene buena zancada y es rápido, fino, elegante y potente, aunque no sea un jugador de brega. De central izquierdo cumple a la perfección, incluso mejor que en lateral porque tiene una zurda muy fuerte, y si acaba en el centro de la defensa supliendo a Maldini le sustituirá Jankulowski en banda o, de confirmarse el pentágono, quizá Serginho, con más recorrido.

Hemos hablado de grandes defensores y entre estos está también Nesta, central 'kaiser' por la parte derecha con Maldini por la izquierda. Ambos llegan relativamente bien de forma, aunque Maldini esté permanentemente tocado, y juntos son una garantía. Nesta pasa por buenos momentos: rápido, fuerte, el ser tan fino, elegante y bien parecido le quita el aura de insuperable que sí tienen Gattuso o Puyol, pero es un extraordinario central que tira mucho de colocación y quita siempre la pelota sin ruido. Es elegante en el corte, distribuye bien y, aunque jugar a la sombra de Maldini le quita trascendencia, es el principal baluarte de la zaga. Si alguna de sus lesiones se reprodujera estaría Bonera como sustituto.
Difícilmente Maldini esté en condiciones para jugar todos los partidos, por lo que no es descartable que sea reservado para la final. Cuando Baresi se retiró quisieron convertirle en libre, pero se maneja mejor como marcador. Podría hacerlo -lo bordó en el 94 ante el Barça- pero no es lo suyo: su mito nace como lateral inabordable y su especialidad no es el mando sino el corte, no la orden sino la intercepción. Tuvo suerte cuando ficharon a Nesta, que cumple perfectamente de 'kaiser', aunque de no haber llegado probablemente Maldini habría cumplido, porque tiene todo un 'Master de Colocación y Dirección del equipo' impartido por Baresi.
El arte y la furia
En el agreste fútbol italiano, lleno de picapedreros, falto de estilistas, el éxito de un jugador como Pirlo es un enigma. No es rápido ni ágil, tampoco particularmente dinámico, pero sí listo, y ese es el ingrediente básico sobre el que cimentar un buen futbolista. Todo el mundo sabe cómo juega, pero pocos pueden pararle. A los culés les agrada la comparación con Xavi, pero Pirlo es mucho más decisivo por su incidencia en el marcador. Es de los mejores del mundo en el desplazamiento del balón, gracias a unos pases de treinta metros que son auténticas joyas para delanteros rápidos. Pirlo domina la trayectoria de la pelota, le da la altura adecuada para superar la defensa y logra, como un mago, que el balón baje de manera fulminante al pecho o al pie de sus delanteros. Cuántos envíos les habrá regalado ante defensas que parecían irrompibles... Recordamos una jugada ensayada de hace dos años en la que Pirlo lanzaba un pase de cuarenta metros a un Kaká que, metiéndose entre los dos puntas, daba un pase orientado a la carrera de Shevchenko... Una jugada fácil de dibujar en una pizarra, pero que requería tal precisión técnica que sólo podía nacer en los pies de un maestro.

El carácter, la intimidación, el desgaste y el sufrimiento los pone Genaro Gattuso. Viéndole no te das cuenta de que carece casi por completo de técnica, porque jamás se complica. Su simpleza de gestos no debe engañar a nadie: es uno de los futbolistas más honrados del planeta, que aparece en el campo como un guerrero en la batalla, presto a ganarse la gloria, a no escatimar esfuerzos, a luchar a vida o muerte. Su palmarés es tan sorprendente como sus ingresos publicitarios, porque sin ser Totti o Beckham las marcas se lo rifan. Probablemente sea por ser feroz pero honesto, o por explorar los límites del reglamento pero no mostrar maldad. Que nadie le confunda con Materazzi: Gattuso es fuerte, duro como el hormigón, pero no es ningún loco violento. Cualquiera, con él al lado, pasearía tranquilo por la ciudad más peligrosa del mundo.
Un jugador total es Clarence Seedorf, que a estas alturas seguiría siendo indiscutible en cualquier equipo. Demostrando lo mucho que fatigan las tareas defensivas muestra su mejor rendimiento con el pentágono de Ancelotti donde, liberado de obligaciones y jugando de mediapunta, maravilla. El año pasado destruyó al Bayern en Munich y, con libertad absoluta con el balón en los pies, se convirtió en el escudero perfecto de Kaká para ganar la Liga de Campeones. Aunque por la televisión puede parecerlo no es bajo, y su físico es portentoso: diez años después sigue teniendo la misma fibra muscular y la fuerza, sino más, que cuando jugaba en Madrid. Con una mentalidad asentada, sólo 31 años y un palmarés envidiable, su retirada parece lejana, y puede ser el siguiente caso de longevidad asombrosa surgido del Milan Lab.
Silencioso, cumplidor en lo táctico y garante de rendimiento y pocos alardes, el cuarto ángulo del pentagono es Ambrosini, que nunca llegará al notable pero siempre estará bien. Va bien por alto y es uno de los capitanes, con doce años ya en el primer equipo. Durante las últimas temporadas ha tenido problemas físicos, pero parece recuperado y el 4-2-1-2-1 le ha convertido en fundamental: aunque nadie repare en él suele estar presente en casi todos los grandes partidos de los rojinegros.
Los caminos del gol
Nos adentramos en la zona de vanguardia, donde se espera con los brazos abiertos la próxima llegada de Pato. Hablaremos de esta Joya Futbolitis otro día, antes de que empiece a mostrar todo su talento en Milán, por lo que no nos extenderemos ahora sobre este 'Raúl brasileño' en el que se confunden pelea, técnica, trabajo defensivo y hasta goles 'de cuchara'. Será un excelso segunda punta y, con él, el equipo podrá volver a emplear la variante clásica del 1-4-4-2.

A medio camino entre el gol y la creación está su compatriota Kaká, el Dios del fútbol en estos momentos. Su diferencia con Messi o Cristiano Ronaldo es abismal: ellos pueden deslumbrar y sus equipos perder, pero si Kaká juega bien el Milan ganará siempre. Es completo, hace jugar a sus compañeros y es determinante de cara a gol. Disfruta más jugando a la contra que con la posesión del balón, mata en los espacios abiertos y por eso con Brasil se atasca. A su alrededor precisa de gente que se ocupe de defender, y para ser el mejor necesita que Gattuso recupere la pelota y, en el acto, se la ceda para salir cuando el contrario sigue descolocado. Extraña la insistencia de Berlusconi en fichar a Ronaldinho, porque con Brasil se demuestra que son cromos repetidos.
Los únicos puntas natos serán Gillardino, Ronaldo e Inzaghi. Del primero ya hemos hablado y el segundo es una incógnita hasta que el Milan Lab demuestre lo contrario. Puede jugar unos minutos y sembrar el pánico, porque es inmensamente mejor que cualquiera, pero para un entrenador debe ser difícil ver a diez de los tuyos corriendo y, en el otro campo, a un tipo con el '99' a la espalda y a lo suyo, gordo, parado y medio cojeando. Pero que nadie nos acuse de despreciar a Ronaldo: hablamos de un superdotado, y puede terminar siendo un excelente revulsivo.
Inzaghi es todo lo contrario, el gol por otro camino. Nunca hace muchísimos tantos pero son decisivos. Con mejor palmarés que Ronaldo, Inzaghi demuestra que con mucho menos talento puede llegarse a lo más alto. Desde 1992 ha sumado goles sin parar, de diez a quince por temporada y a veces jugando poco. Se pierde tramos de la temporada por las lesiones, parece que nunca estará en la fase decisiva, pero siempre llega y mata. Durante los últimos meses se le ve jugando bien, enchufado, y con ganas de añadir otro título a su palmarés.