
Ver al Madrid es ver la antítesis de los defectos del Barça. Es líder porque sabe lo que quiere, pica y pica hasta encontrar el agujero, permite el intercambio de golpes porque lo ha transformado en seña de identidad. Líder con record de puntos, gana por el contraataque, un arma definitiva para combatir en el fútbol moderno. Nadie gana ya por posesión, sino por el contragolpe, y el Madrid sigue ganando porque sabe dónde hace daño, crea superioridad contra centrales y juega con centro y remate, fútbol vertical y, sin duda, once hombres que no se permiten el lujo de jugar andando.
Al fútbol actual se gana con defensa, contraataque y estrategia. Por seriedad, esfuerzo y trabajo, también desde los banquillos. Aparte de genialidades, se puede sentenciar una Liga partiendo de la pizarra, ayer se habló de un Madrid que dió espectáculo. Repasemos los goles: El primero es una obra de arte, un gol nacido del laboratorio y asimilado con la repetición sistemática. Un ejemplo de como generar espacios libres ante una defensa de cuatro. El entrenamiento y el análisis del cuerpo técnico ponen en ventaja al Madrid. El segundo, un contraataque de pizarra con los jugadores siguiendo flechas tras recuperación de balón y el tercero, un gol de estrategia partiendo de un saque de banda.
El penalti fallado por Ronaldinho contra el Sevilla significó el principio del fin. Guti, ayer de lateral derecho tras lesión de Salgado y hasta el cambio Drenthe, significó la vuelta de un Madrid referente.
Esta semana hablábamos de metodología de entrenamiento, y ahora que muchos hablan del mejor partido del Madrid en el Bernabéu, Schuster y su cuerpo técnico han supuesto el elemento diferencial. En la previa, no estaba el Madrid para tirar cohetes, la defensa estaba destrozada, el mediocampo era de jugones y se atisbaba una tarde compleja. Todos corren y cuando dejan de hacerlo es pura estrategia, equipo partido tras superar el adversario la zona ancha, y Schuster más líder que nunca del vestuario. En la prensa se considera que la autoridad es disciplina, en fútbol estos términos no se corresponden, la autoridad de un entrenador nace cuando el equipo gana por, y no a pesar, del entrenador.
Schuster gana autoridad día a día porque sabe llevar a su equipo al triunfo, unas veces con un mediocentro defensivo (Diarra), otras con uno ofensivo (Gago), jugando con mil variantes, diversos sistemas pero si algo caracteriza a Schuster es que sabe llevar a su equipo al triunfo y eso le da credibilidad.
El pasado nunca muere

Rijkaard no aprende de errores, y éstos han regresado a tiempo para el decisivo partido de San Mamés. Lo peor para el Barça es que ni siquiera ha hecho falta un rival, porque el Athletic ha estado lejos de lo que podía pretender Caparrós.
El Athletic podía perseguir el partido esperando atrás, presionando cuando Sylvinho y Zambrotta estuvieran desplegados y a través de contraataques de centro y remate. No ha habido ni un solo centro del Athletic desde banda, y tampoco lectura táctica. Yeste jugaba por dentro cuando lo lógico era mandarlo a la cal, darle el balón y que la pusiera buscando a dos nueves, Aduriz y Llorente, con la opción de sumar un llegador para machacar la marca de Iniesta.
Así, muchos minutos después, el Athletic explora esa vía y llega al gol. Puyol sale a tapar banda, Silvinho no llega a la cobertura, anticipación a Thuram y ocasión de gol segura. De haber jugado contra el Athletic de otros tiempos, el correctivo hubiese sido de los que hacen afición.
Otro regalo era el juego a balón parado. Que sólo tres jugadores, Valdés, Thuram y Henry, superen el 1'80 es preocupante, con el segundo perdiendo siempre por anticipación y el tercero, supuestamente, pensando más en marcar que en defender. Dos buenos lanzadores, Yeste y Susaeta, de tu lado: minuto dos y corner sacado en corto, cuando todos los bilbaínos eran superiores en altura y presencia. Mala lectura local, nula asimilación del planteamiento de Caparrós, un equipo que sale a la segunda parte sin tensión ni alma y no tira del todo el partido de milagro.
Si hasta ahora sólo hemos hablado mal del Athletic, imagínense qué podríamos decir del Barça. Todos los problemas que, siendo optimistas, parecían empezar a olvidarse, han vuelto. Defensa: con Thuram atrás no hay achique sino repliegue, la distancia entre líneas aumenta y los defectos culés se acentúan. Centro del campo: con tantos kilómetros que recorrer salen jugadores de corto recorrido, zancada corta y escasa presencia, aumentando el agujero. Delanteros: nadie, salvo quizá a veces Bojan, defiende, presiona. Messi busca el desborde donde no sólo puede poasar una cosa: que le lesionen. Henry, prepotente o desganado, la duda estriba ahí.
Era imposible recuperar balones con ese equipo, y eso fue lo que ocurrió. Salvo algún arranque de furia de Deco, el Barça repetía la misma historia que la temporada pasada. Recuperaba el balón por errores del rival, nunca por méritos propios y así todos los ataques comienzan por Valdés con la obligación de superar a once adversarios. Difícil.
Partido a partido, Rijkaard pierde autoridad a pasos agigantados, a un ritmo inversamente proporcional al que Schuster gana liderazgo y esto marca las diferencias.
La crisis está por empezar

El Valencia de principios de temporada era un mar de dudas, al que se pedía fútbol y que respondía, con Quique, con sobriedad táctica. Al sueño de títulos se contestaba con victorias sin brillantez, menospreciándose esa efectividad por la sospecha de que el equipo tenía muchos más argumentos que los mostrados. Paso a paso, se generó un estado de ingenuidad propio de todo el que juzga las plantillas por el nombre, más que por el rendimiento: el Síndrome del coleccionista de cromos. Si tuviésemos que definir al Valencia hablaríamos de confusión, de una institución perdida, de un barco de la deriva. El equipo necesitaba un rumbo, un líder que desde el banquillo tuviese la mente despejada en la tormenta, una personalidad con mayúsculas; el elegido, Koeman, daba imagen de juego bonito pero era todavía más austero que Quique.
El drama del Valencia comienza cuando la confusión de Koeman es superior a la de la institución. Toma decisiones precipitadas, sentencia jugadores al ritmo que marcan los asesores externos del presidente, y pierde toda la credibilidad cuando se es consciente de que el holandés ha vendido su alma al diablo a cambio de un proyecto a largo plazo.
Se hablaba de crisis, pero nunca pensamos que esa mezcla de confusión, deficiente preparación física, desequilibrio en la composición de la plantilla y nulo rendimiento de las vacas sagradas se sumarían de este modo a la convulsión institucional. La crisis ha estallado del todo, porque a Ronald se le ha dado un tiempo prudencial para crecer con una idea, darle un formato ganador al equipo y crear un escenario para sacar rendimiento a los jugadores. Se esperaba salvar la temporada no ya ganando algún título, sino empezando a competir.
Alejó a la prensa y al publico del equipo, blindó los entrenamientos y comenzó a tomar decisiones a cual más desacertada, restando en lugar de sumando y denotando estar lejos de ser un entrenador de primer nivel. Diez partidos después, el Valencia suma sólo una victoria, seis puntos sobre treinta y un cúmulo de decisiones erróneas.
Analizada la curva de autoridad y su influencia en el rendimiento, de Rijkaard y de Schuster, nos queda la dupla Koeman y Bakero. Estos, ni la gana ni la pierden, simplemente andan perdidos. Creen que la autoridad se gana con una normativa dictatorial, no convocando a un jugador por tener el móvil encendido, eso es aprendizaje Capello pero el italiano después llevaba a su equipo al triunfo y esto le convertía en un incontestable.
En perspectiva, un artículo: "Koeman resta más que suma".