
Empezó mandando con determinacion, sabedor de que era una jornada decisiva. El Barcelona iba a tener problemas y la posibilidad de llegar al domingo con diez u once puntos a favor era factible: de ahi el buen
inicio madridista,
brillante, fluido gracias a
Gago y Guti, una
pareja de jugadores que regala fútbol capaces de interpretar los desmarques de ruptura y, arriba, un
Robben que dejaba claro que en buenas condiciones es el
mejor extremo del mundo.
Enfrente no había mucho: un Betis con problemas de distancia entre líneas y que no sabía dónde ir a recuperar la pelota. Su defensa era frágil, concedía muchos espacios interiores y, a los cinco minutos, primer gol madridista, logrado por un Drenthe más asentado tácticamente y mejor dominio del tiempo y el espacio.
Sin embargo el que brillaba era Robben, que hacía y deshacía a su antojo. Rápido, letal en el cambio de ritmo y demostrando sus diferencias con Robinho. El brasileño es regate, el holandés profundidad. Cuando el primero recibe reduce la velocidad del balón, empieza casi siempre desde cero; Robben traza una línea recta hacia la portería y se dirige hacia ella como una flecha. Esa velocidad mental, ese saber el camino a tomar incluso antes de tener la pelota, da a Robben una superioridad inicial sobre los rivales que, si físicamente está bien, le permite aniquilarlos ya desde el paso inicial.
Se esperaba el segundo, el tercero, la goleada blanca. Sólo hacían falta tres o cuatro pases, un desmarque de apoyo, un pase de ruptura y el partido estaría sentenciado. El Betis buscaba achicar pero ese deseo era lo que le mataba, repitiéndose la historia de hace una semana con el Valladolid: achicar sin presión en el mediocampo, permitiendo a Gago y Guti pensar y ver el espacio entre líneas, es un suicidio.
Pero los blancos empezaron a fallar. Triangulaciones erróneas, imprecisiones, mala suerte, ocasiones que se van marrando. Siempre sucedía algo, el Madrid empieza a perdonar ante un rival entregado y de la nada surge el chispazo del Betis. La magia del fútbol, lo que le convierte en el deporte rey y lo rescata tantas veces del aburrimiento: su imprevisibilidad. Excepcional jugada de Pavone, centro de rosca desde la izquierda para mostrar a los niños, debilidad de Marcelo y Edu que la emboca a la red. Gol, empate, partido nuevo.
Marcelo mostró lo apuntado desde el inicio de Liga: cada una de sus actuaciones hace más indiscutible a Heinze. El argentino no tiene recorrido ofensivo, es lento en el uno contra uno y lo pasará mal, muy mal, frente a un buen extremo derecho en la Champions. Es un central reconvertido, lleno de limitaciones, pero mucho más fiable que el joven Marcelo, especialista en tragarse centros laterales, incapaz de cerrar la posición de central y que, encima, tampoco aporta gran cosa en el plano ofensivo.
Apenas ciento ochenta segundos después, gol similar y partido remontado. De jugar contra un rival entregado a tener enfrente a un adversario, encima jugando como local, muy crecido. El Betis ya no achica sino que repliega, ya no da impresión de dormido sino que hace disfrutar al espectador con una intensidad y un esfuerzo físico memorables. Destaca entre los verdiblancos, una vez más, Edu, un jugador que de haber terminado en el Valencia o el Sevilla quizá habría sido referencia en la Liga.
El Betis se construye ahora bien replegado atrás, con líneas muy juntas y dos claras salidas de balón: Pavone recibiendo de espaldas o Edu buscando la banda. Los béticos pueden hacer el tercero, pero también encajar por varios errores graves: lanzan demasiados jugadores al ataque, con cinco o seis jugadores en estampida a la contra. El exceso de entusiasmo descontrola a los de Chaparro, se percibe que el equipo se ha quitado una losa de encima y los jugadores, en vez de jugar pensando, se entregan al espectáculo. Olvidan las faltas tácticas en campo blanco, parar el juego rival, y eso permite a los de Schuster salir bien de la presión e incluso, tras alguna contra, estar a punto de empatar el partido. Un detalle de Chaparro, mete a Sobis por Capi, un brasileño por un español, un nueve por un llegador, pocos haría eso ganando a todo un Madrid y bordeando el descenso. Un golpe de personalidad que ha pasado desapercibido pero Chaparro sabe lo que se trae entre manos.
El enemigo del Madrid está en su banquillo. Schuster sufre un cortocircuito y se confunde gravemente en los cambios. Entran dos cromos repetidos, Balboa e Higuaín, que apenas aportan nada, y el alemán se equivoca con Van Nistelrooy al no sincronizarle con Robben. Al principio del partido al extremo le falta un definidor, que Ruud remache sus centros. Al final, Van Nistelrooy no tiene a su mejor asistente, fundido físicamente. Con los dos juntos, frescos, en la primera mitad o en la rueda de cambios, el partido podría haber sido otra cosa.
Más allá de los tres puntos perdidos, la derrota deja un poso de preocupación en los blancos. El equipó terminó descompuesto físicamente, y el martes vuelve la Champions. Cinco puntos son muchos, tiene mejor calendario, más partidos en casa, recibe en el Bernabéu al Barcelona y los culés andan distraídos con Copa y Champions. Pero el Madrid tiene un hándicap, y es su propio estilo de juego. Convierte cada partido en una batalla, el despliegue físico es tremendo, vemos a sus delanteros presionar como fieras enjauladas y un plantel con muchísimo recorrido y obligaciones muy altas. Por su propio concepto de juego, el esfuerzo azulgrana es más limitado: juego al pie, pausa, pocos desmarques de ruptura, un ritmo mucho más continuado basado en el esfuerzo aeróbico. En el Madrid pasa lo contrario: esfuerzo anaeróbico, explosividad, velocidad y desgaste mandan. Robben, sin apenas partidos en toda la temporada, se pasó la primera parte tirando desmarques de ruptura y conducciones en velocidad, generando más ácido láctico más que cualquier jugador del Barça. Raúl presiona como el Eto'o de los buenos tiempos, Van Nistelrooy sigue a los laterales hasta la esquina del córner, Robinho presiona arriba y baja al dos para uno...
Esas cosas se pagan: el Madrid está acostumbrado a ganar con automatismos de equipo pequeño, sufre cada segundo como quien pelea por la permanecencia. Es el mejor de la Liga porque es el que más corre, lo cual es meritorio pero también innecesario: con su calidad, con su pegada, no tendría porqué ser así. Es un esfuerzo inaguantable para un equipo con poca plantilla y muchos partidos.
El apagón puede llegar en cualquier momento, y ausencias como las de Sneijder pueden contribuir. El holandés no aporta demasiado pero sí es un cambio recurrente y supone oxígeno en el mediocampo. No le quedan ya muchos jugadores a Schuster, que tampoco se ha preocupado de cuidarlos, exprimiéndolos demasiado como está sucediendo con Robben. Por ahi, y no por el juego azulgrana, la Liga blanca puede correr más peligro.
El lunes, colgaremos la previa del AS ROMA - R.MADRID.