Schuster, una mirada a la que recurrir, una diana que esconde la realidad subyacente de una entidad en estado de sitio. Hablar de la destitución del alemán suena a debate ganador, todas las voces coinciden en el diagnóstico, queda poco para su fin, los jugadores han perdido todo convencimiento en las doctrinas de su entrenador, el cuerpo técnico no sirve para menguar el abismo entre Schuster y los jugadores. Al segundo entrenador no se le piden grandes dosis de talento táctico, ni capacidad estratégica, eso suelen ser virtudes del primero.
Al segundo se le pide que sea el amigo del jugador, el que sepa templar y definir, una persona básica para descargar de conflictos al primero. Schuster, espeso entrenando, busca un apoyo táctico en su segundo y este ejerce de primero en ocasiones. El vestuario no traga a Manolo Ruiz, autoritario, espía y dicen que transgresor de los códigos del vestuario, es un segundo con capacidades de primero y ese exceso de virtudes hace que haya olvidado la labor fundamental del segundo, ser el hombre puente.
Schuster es un virtuoso haciendo enormes los pequeños problemas, en convertir en drama la dificultad del día a día. Su ego le puede, cuando está fluido es fino y sutil, diferencial, un ganador, un galáctico en muchos sentidos. Cuando algo gira, cuando las relaciones personales se atascan, quiere resolver rápido, salir por la puerta de atrás, y pasar página. Nada ha cambiado, se comporta igual como jugador que como entrenador. Tiene las horas contadas, pero Schuster busca acelerar, provocar. El equipo tiene debilidades pero no les pone remedio, no experimenta, no prueba ni provoca reacciones. Es un ser impasible, sólo ante el peligro.
El diagnóstico es tan coincidente que asusta, el Madrid ha protagonizado un ridículo espantoso este verano, la plantilla se ha debilitado; el año pasado estaba corta de efectivos, esta ha perdido gol y roles posicionales, variantes y pegada. Una gestión nefasta, una dirección deportiva bicefálica, por un lado Mijatovic, por otro Portugal, en el otro rincón José Ángel Sánchez y como estrella del verano para dejar en mal lugar a unos y a otros, Ramón Calderón. Las culpas de Schuster son varias en este caso, la primera enterarse por la prensa, feo leer los periódicos para saber lo que va a fichar tu equipo y dejar de consultar los datos de posesión en el descanso de un partido. La segunda culpa es no haberse ido, aferrarse al cargo provoca que hoy en día sea la diana perfecta, un juguete roto al que desgastan y exponen para evitar que los focos miren a la presidencia.
Otros deberían haber dimitido antes, Portugal es el hombre de confianza de Calderón, Pedja es el de los números y las reparticiones- No habló cuando lo de Cristiano Ronaldo, fue un espectador más, con un salario garantizado pero ninguneado en sus funciones; debería haber salido mucho antes que Schuster, con quien por cierto no se habla y deberían hacerlo porque a los dos les están haciendo la misma jugada. Sea como fuere, el fracaso en la política de fichajes es Pedja Mijatovic, responsable máximo de cara al socio, el encargado de darle la patada a Robinho o de cerrarle el despacho a representantes, de tragar con la destitución de Capello o comerse el marrón Saviola.
Suena raro que tanto Pedja como Bernardo, con un futuro resuelto, con un brillante porvenir porque tanto el uno como el otro tendrían las mejores posibilidades de fichar por otros clubes de haber salido en el momento adecuado. Ahora son víctima del desgaste y la crítica, la polémica sólo tiene dos nombres, los suyos. El responsable máximo, Ramón Calderón, no deja de ser un ser superior que saldrá indemne mientras tenga cabezas que ofrecer al gran público. 
Todo empezó en el farol Cristiano Ronaldo. Calderón jugó a ser Florentino, se sentía fuerte. Robben ya era blanco y quería revancha con el fracaso Kaka' o Cesc. Asumió el protagonismo, le engañaron; las cartas estaban marcadas pero desconocía que la partida estaba amañada. Subía la apuesta, no había dinero en la caja, tensó la cuerda con Robinho, Schuster las veía venir, quería dos o tres jugadores, reforzar debilidades pero nunca perder a Robinho.
Al final, ridículo con Robinho, porque este, injusto y egoísta, busco atacar a su máximo valedor, Schuster, para salir más pronto que tarde. Ahí quedaba Schuster, con una plantilla desequilibrada, con indiscutibles e indeseados, con agujeros negros y las piezas limitadas.
Desde ese día Schuster no fue el mismo, perdió el rumbo. Buscó la asimetría, jugar con los mismos, rotaciones de dos o tres jugadores, no más, competir y pasar la fecha, un equipo con la ilusión fundida que vivía con de la pegada. Llegó la plaga, Pepe, Diarra, Van Nistelrooy y Robben, los indiscutibles no estaban, quedaban los de siempre y los indeseados, aquellos jugadores con los que Schuster no perdía ni un segundo.
Atascado en lo personal, Schuster olvidó que un entrenador debe buscar el rendimiento, optimizar, conseguir exprimir a los jugadores para satisfacer al socio, los dueños de la entidad. Ofuscado, confuso, culpable desde el momento que aceptó continuar, los resultados son un engaño. El Madrid nunca ha conseguido la excelencia, ni ha jugado brillante. La etapa de Schuster se recordará como la de un equipo ganador de una liga de manera aplastante y por ser el equipo que humilló al Barça de unos fantásticos, que con más miedo que vergüenza decidieron evitar competir con un Madrid pletórico, un equipo blanco al que le faltaban tres piezas para volver a ser la referencia. Desde ese día el Madrid ha involucionado; hablar de culpables sobra, miren a quien va de víctima, sin duda, ese será el que más tenga que callar.
Próximo capítulo: 'Real Madrid, tolerancia cero (II): Los capitanes'