El fútbol es así, dicen los profetas. Para decir esto tampoco hay que saber demasiado, contestan aquellos que deseosos de encontrar respuestas y análisis de calidad no encuentran más que tópicos que encierran obviedades y confusión, demasiada confusión. Otro dice que el fútbol es un deporte donde se enfrentan once gladiadores dispuestos a darlo todo por una camiseta o un escudo, esto suele ser así cuando los egos y la inmadurez arrasan con todo. La pócima mágica no es sencilla de encontrar por más que el fútbol sea un deporte donde las rutinas se repiten en la mayoría de los equipos y todo es imitable siempre que venga precedido de la victoria.
La crítica se sustenta en el efecto del resultado, una remontada en los minutos finales significa cambiar los titulares; de emplear el término 'horror' se pasa al de 'gesta' en unos minutos, un par de acciones puntuales de éxito, una dosis de orgullo más un extra de furia para cambiar la crítica y el debate. El mejor futbolista suele ser el que menos errores comete, a partir de esta afirmación, es sencillo culpar al que quieras de las derrotas y esconder a aquellos que siendo líderes no dan la talla. El entrenador, bendita figura, siempre es el paraguas para liberar de 'presión' al vestuario. La derrota es del míster, la victoria de los jugadores, casi nunca de todo el equipo sino de tres o cuatro, justo los mismos que nunca aparecen en el paredón como culpables cuando llegan las derrotas. No se asusten, el fútbol sigue siendo un deporte colectivo, aunque la realidad nos deja que suelen ser once que comparten camiseta y que algunos desconocen el sentimiento.
Un caso digno de estudio es el Atlético de Madrid, otro el Real Madrid. Hace un año la casa blanca era un caos, el presidente indigno y la desvergüenza se había apoderado de una entidad que a día de hoy sigue intervenida. El Barça no ganaba, arrollaba. Las opciones en liga eran remotas, en Copa eliminados y en Champions esperaba el Liverpool de Benítez. Había entrenador nuevo, Juande Ramos, coincidente con el desenlace Calderón. Los jugadores tenían excusas, una y mil, la calidad de la plantilla no era del nivel élite: muchos jugadores normales, algunos buenos y unos pocos diferentes. No ganar entraba dentro de la lógica, los jugadores tenían poco que perder ya que casi ninguno acababa contrato. Podía llegar quien llegase a la jefatura que todos los jugadores tendrían una nueva oportunidad sólo con el hecho de aferrarse al contrato.
Casi ninguno lo hizo. El Madrid firmó una temporada brillante en actitud, una demostración inmensa de mentalidad ganadora. No entiendo el raciocinio para concretar cuando alguien tiene el adn de la victoria. Petrovic, el genio de Sibenik, demostró ser un ganador cada vez que perdía. En fútbol, si ganas eres un ganador, si pierdes un perdedor. Puede que el Madrid gane este año pero es cierto que difícilmente será capaz de dar una lección de mentalidad como el año pasado. Sobrevivieron a un presidente, a los titulares vergonzantes, a que se hablara de fútbol lo justito y a que tuvieran enfrente al mejor equipo del siglo, el Barça de Guardiola.
Lucharon hasta el final, las distracciones de Guti no fueron excusa, tampoco las lesiones de la columna vertebral, Diarra y Van Nistelrooy, ni la salida de Robinho que dejó al equipo menguado y sin desequilibrio. Ni Schuster, ni Juande tiraron de tópicos ni de excusas, en el Madrid no sirven. El público exigió al equipo como si fuera bueno, y los jugadores dieron el paso al frente, como siempre; no es el espíritu Raúl, es el gen ganador. El estado de ánimo del capitán influye en el día a día, capaz de marcar el ritmo con su estado de ánimo pero la entidad proyecta mentalidad, responsabilidad y compromiso. Quien no está en la línea, va fuera tarde o temprano, pero no se le utiliza como excusa. La lectura del año pasado fue que el Madrid era peor, bastante peor que el Barça, todos los sabían y a pesar de eso compitieron. De ahí nace que al Madrid nunca hay que enterrarlo.
En la orilla del Manzanares todo es diferente. Cualquier detalle se aprovecha como excusa. Suena extraño que tras una derrota la culpa sea de los Gil, también de Cerezo. El año pasado el Madrid no ganó la liga y nadie se acordó de Calderón cuando había motivos más que fundados. Antes era el entrenador, Aguirre, más tarde fue de Abel, que era un clon de Aguirre en la toma de decisiones. Ahora es Quique, un entrenador táctico, metódico, casual. No encuentran el camino, la senda de la victoria. Los jugadores huyen aunque se hable de operación limpieza. Extraño quitar para no suplir, perder jugadores cuando la mitad se la lleva Hacienda. El mercado invernal es de retales, cuando se adapten los que lleguen habrá pasado este y otro año; si no fíjense en Banega. Salvio, buen jugador, tardará tiempo en aterrizar, como el Kun y tantos otros.
No entro en las culpas y los males de la propiedad pero los colchoneros no deberían perder la perspectiva: plantilla corta, sin Sinama y Maxi aún más. Muchos tampoco es sinónimo de suficientes. Reducida en número, escasa en virtudes y desempeño. Más preocupante lo segundo que lo primero. No hay actitud, tampoco liderazgo. Tres competiciones, una de ellas la Europa League con una ronda más y el castigo de jugar de jueves, lo cual castiga y mucho. En Liga el descenso sigue cerca, esto avanza y siguen ahí, tras dos partidos buenos; llega un mes para olvidar. Mirar a Quique, a la propiedad es equivocarse. Cuando te levantas toca levantarse, competir en inferioridad, mantener la concentración es vital para ser grande, lo demuestras cuando pierdes. El vestuario del Atlético proyecta inmadurez, escaso carácter. La falta de líderes es un hecho palpable, el compromiso salta por los aires en cada balón parado. Marcas al hombre o en zona, siempre tres o cuatro del equipo contrario libres de marca, da lo mismo que sea en el primer o segundo de partido. Concentración escasa que sirve para tirar un partido en un detalle; cuando un equipo se distrae en la cancha, es un equipo perdedor, un equipo que olvida cuál es la tarea. Esto significa un equipo sin dinámica ni compromiso, sin responsabilidad. Los futbolistas, los que se llevan los elogios en la victoria, son los que deben sacar al Atlético de donde le han metido. Ellos y no otros. Cerezo y Gil no juegan, ellos serán culpables pero que sean una cortina de humo sobre lo que pasa en el terreno de juego sólo hace mal, mucho mal, a todos los que tienen el sentimiento colchonero.