He tenido un fin de semana de lo más ajetreado. Fiesta el viernes, el sábado y comida el domingo. Lo que ha sido muy cansado pero muy conveniente para analizar el por qué de que unas fiestas sean mejores que otras.

El viernes era el cumpleaños de una amiga. Una casa con decoración impecable y mínimal, gente joven y "trendy", cócteles de vodka y con versaciones insulsas sobre Angelina Jolie. En la nevera, como la casa es de una chica que trabaja en moda y la comparte con su amigo gay, no había comida. Literalmente, y no exagero, había botellas de Evian y frambuesas. Un rollo.En cambio el sábado fui a la fiesta de cumpleaños de un hombre de 75 años. La celebraba en el jardín de su casa, una construcción antigua, algo excéntrica, en la que había pasado toda su vida. Los invitados eran o muy jóvenes o muy viejos. La casa estaba llena de comida deliciosa, con ensaladas hechas de las hierbas que plantaban en su jardín, quiches, quesos, tartas e interminable champán. La casa llena de cuadros y fotografías. Y las conversaciones, lo mejor. Los viejos eran un continuo fluir de copas de champán e historias. Pasado de actor, de boxeador, de mecenas de poetas, de casanova (se escuchó que uno de ellos se había acostado con casi 2000 personas de los dos géneros)...todas contadas con impecable "inglés de la reina". Uno de los invitados había sido el primer corresponsal inglés en Asia que entrevistó a Mao Tse tung y el personaje detrás del protagonista de la novela de Graham Green "El americano tranquilo". Nada que ver con las historietas del viernes sobre lo que se gana en los trabajos, o el famoseo.
Igual soy un poco polvorienta pero me pareció la fiesta de lo más glamourosa. En las fiestas tiene que haber historias, personalidad, mezcla de gente y de estilos, no sólo cócteles y decorado.