Hay días en los que no quieres andarte con rodeos y ver algo práctico y comercial, pero otros en los que sólo quieres romanticismo, misterio y drama. Ayer fue uno de esos días y los desfiles no me defraudaron.

El de Roksanda Ilincic fue uno de mis favoritos. Con el público sentado en un salón palaciego tomando un desayuno de pasteles y champán, todo en el desfile fue decadente y ensoñador. Las flores y candelabros decoraban las habitaciones y las modelos pasaban entre las mesas mostrando unos maravillosos vestidos que podían ser de una reina excéntrica que se hace coser vestidos de cóctel inspirados en cuentos de hadas. Vestidos-flor, mangas extra-farol, miriñaques, lazos oversized, capas hechas de rosas (esta flor tan difícil de coser es una de las especialidades de Roksanda) y unos lánguidos volantes en la espalda que remataban los delicados vestidos. Todo en brocados, gasas, con tonos azules, blancos rotos, combinación de gris y oro y un rojo entre coral y tomate. Todo en ello rezumaba Alta Costura, y aunque a pesar de su apariencia clásica los diseños se las arreglaban para seguir teniendo algo de vanguardista. Hay que quedarse con el nombre de esta diseñadora.
Para seguir con desfiles evocadores y decadentes, no puedo olvidarme de la espectacular colección del dúo Basso and Brooke. Se basaba en los años 20 y en los viajeros que en esa época tenían varios meses para recorrer exóticos lugares acarreando baúles de ropa exquisita.



Desde el momento en el que empezó el desfile, la periodista italiana que tenía al lado y yo no podíamos dejar de abrir la boca como dos tontas: kimonos de telas con estampados pintados a mano, joyería dorada de aspecto oriental, chaquetas de lentejuelas gigantes, orquídeas, vestidos con pliegues y pliegues de telas preciosas, sombreros que eran un cruce entre una emperatriz china y una flapper...estos dos diseñadores han dejado de lado sus primeros diseños irreverentes y debo reconocer que me han sorprendido.

Y para terminar, Gareth Pugh, que parece uno de los nuevos valores en la pasarela londinense y que hace tan bien lo que ya se ha convertido en una seña de indentidad de la ciudad: los diseños inquietantes y perturbadores. Sus modelos llevaban una opresiva máscara de latex, mucho más agobiante que los famosos burkas de David Delfin...