Ahora que ya no somos vecinas te escribo una carta. Sabía que vivíamos cerca porque había visto a tu marido, por los cotilleos de los camareros del restaurante de la esquina y por los papparazzi que esperaban a la entrada de tu casa pero nunca nos cruzamos.
De todas maneras, sabía de ti por las revistas: de tu yoga, de tus aceites esenciales, tus tratamientos de belleza orientales y de tu despensa llena de productos orgánicos. Eso si leí poco sobre tus pelis. A pesar de todo, me fascinabas; antes las actrices de Hollywood eran dudosas, glamourosas, llevaban tacones de diez centímetros y se rodeaban de un aire de peligro, como Ava Gardner. Ahora no importa que sean como tú abstemias, vegetarianas, libres de escándalos.

He de reconocer que no estás sola. El barrio estaba lleno de rubias rubísimas, con niños niñísimos en
cochecitos de diseño, la esterilla de yoga en la
funda de Nuala, y bolsas de papel reciclado con hojas de té verde y alimentos ecológicos. Sus vaqueros,
sus UGG, gafas de sol para mantener el anonimato y maridos sanísimos que van en bicicleta y no beben cerveza en lata.
Yo lo intenté durante un tiempo. Vi tu sonrisa beatífica de las fotos y quise encontrar la perfección y la felicidad. Quería ser cómo tú aplicada, serena y virtuosa: comer a bocaditos potingues macrobióticos, ser la que más se dobla en clase de yoga, beber té de arbustos africanos. Pero siempre terminaba cayendo. Esas patatas fritas, la raya del eyeliner más larga de lo normal, esas borracheras y los rebusques en los saldos del H&M. Decididamente ya me he convencido de que no sirvo para eso.

Ahora que me he mudado a un barrio
más chungo noto la diferencia. Sí, hay kebabs en lugar de dim sum, el vestuario de rigor es el chándal y me han ofrecido cosas por la calle que no sabía ni que existían. Pero por lo menos hay niños que comen golosinas con colorantes y no se llaman “Melocotón” o “Sacha”, los domingos puedo ir a por el periódico con el pelo revuelto y nadie me mira raro si bebo una cocacola de las rojas. Creo que ahora estoy más tranquila.
(Un pequeño homenaje al blog
Letters to Marc Jacobs que tristemente cerró el mes pasado)